En la UE queremos hacer crecer nuestra economía del conocimiento. Para ello, debemos hacernos dos preguntas muy importantes: ¿Cómo será la economía del conocimiento del futuro? y ¿Para qué deberíamos utilizar todo este conocimiento?
La respuesta a la primera pregunta es evidente. Una economía del conocimiento sana depende de la cantidad, la calidad y la accesibilidad de los datos.
En el siglo XXI, podemos estar seguros de que eso significa cantidad de datos a escala internacional, a través de las instituciones de investigación internacionales. Podemos estar seguros de que la calidad de los datos será validada por científicos de todo el planeta gracias a las comunicaciones globales, y de que la accesibilidad a los datos será cada vez más universal, cada vez más abierta y requerirá nuevos modelos de negocio.
Por tanto, cualquier economía europea del conocimiento del futuro debe adaptarse con rapidez y abrirse al mundo.
La respuesta a la segunda pregunta no puede darla Europa en solitario, pero, por nuestra parte, la estamos respondiendo basándonos en los valores europeos.
Sí, debemos utilizar este conocimiento para crear nuevos productos y empresas —para generar empleo y crecimiento económico—, pero debemos hacerlo de forma que también genere prosperidad y bienestar. Podemos hacerlo de una manera que aporte precisamente las soluciones que necesitamos para afrontar retos globales como la seguridad alimentaria, el agua potable segura, la energía limpia y la salud pública.
Por eso, mis tres prioridades son “Innovación abierta”, “Ciencia abierta” y “Abiertos al mundo”.
Mi misión es apoyar e invertir en una economía europea del conocimiento que pueda aprovechar la transformación global de la investigación —que brinde nuevas oportunidades a los ciudadanos europeos— y que utilice el avance del esfuerzo científico para contribuir a la prosperidad mundial.
A medida que Europa mira hacia el futuro y desarrolla una economía del conocimiento lucrativa y orientada a valores, uno de nuestros socios más interesantes está claramente en China.
La economía mundial del conocimiento está llamada a crecer y a experimentar una fuerte atracción hacia el Este. Sin duda, China está innovando. Sin duda, el potencial chino en ciencia y tecnología es enorme. El auge económico de China ha sido uno de los logros más destacados de la historia reciente: ha reducido la pobreza, ha invertido en educación, ha creado una amplia clase media, ha impulsado la innovación y el espíritu emprendedor, y ha construido instalaciones científicas y una infraestructura de investigación de categoría mundial.
La OCDE prevé que, para 2030, “China e India proporcionarán más del 60 % de la fuerza laboral del G20 con una cualificación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas”, mientras que McKinsey señala que China sigue prosperando “en sectores en los que la innovación consiste en satisfacer necesidades de los consumidores no atendidas o en impulsar la eficiencia en la fabricación.” Lenovo es ahora el fabricante de ordenadores más importante del mundo. Una normativa más favorable a la innovación respalda nuevos modelos de negocio y startups en China, y la inversión pública y privada china en I+D supera ya los 200.000 millones de dólares anuales.
Así pues, China avanza a gran velocidad, a su manera distintiva y en rápida evolución. China es un socio esencial en la investigación y la cooperación internacionales, y la cooperación con China es hoy más importante que nunca, porque los retos a los que nos enfrentamos son numerosos y de alcance mundial.
Nuestros recursos y nuestras respuestas se verán sometidos a una presión creciente en los próximos años. Cada vez hay más demanda de agua potable segura, de alimentos, de atención sanitaria y de energía —las cuatro prioridades temáticas de mi mandato. La influencia de la humanidad sobre el sistema climático es evidente y creciente. Nos enfrentamos a graves inundaciones, escasez prolongada de agua, episodios extremos de calor, terremotos y, al mismo tiempo, nuestra población mundial sigue aumentando. A medida que crecen nuestras economías, también crece la brecha entre ricos y pobres.
Estos retos exigirán esfuerzos globales en investigación, ciencia e innovación para servir a nuestro planeta y a su población, que no deja de crecer.
Como responsables políticos europeos y chinos, disponemos de un grupo cada vez mayor de ciudadanos formados y de una necesidad cada vez mayor de resolver problemas globales comunes. La solución lógica es, por tanto, unir nuestros recursos y trabajar juntos dondequiera y cuando sea posible.
Según mi entendimiento, el progreso a largo plazo de la cooperación en investigación entre la UE y China dependerá de mantener abiertas la financiación y los datos mutuamente: es decir, de una mayor apertura, compromiso e inversión de recursos por ambas partes.
Dicho esto, no debemos olvidar que compartir conocimiento —que enviar investigadores al extranjero para conocer otras sociedades— va más allá de resolver problemas globales o impulsar la economía. Cada vez es otra oportunidad para que un ser humano abra los ojos a otro: para que un investigador de Occidente o de Oriente enriquezca la vida y la comprensión de otro. Porque allí donde hay ciencia, allí donde hay conocimiento, habrá diplomacia. De continente a continente. De igual a igual.
En palabras de Su Excelencia Xi Jinping, presidente de la República Popular China, dirigidas a los estudiantes del Colegio de Europa el año pasado: “Promover el entendimiento mutuo y el conocimiento entre los pueblos de China, Europa y otras partes del mundo, y, con vuestra energía juvenil y vuestro esfuerzo, hacer de nuestro planeta un lugar mejor para vivir.”
La Annual Meeting of the New Champions 2015 se celebra en Dalian, China, del 9 al 11 de septiembre
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Autor: Carlos Moedas, comisario de Investigación, Ciencia e Innovación
Imagen: Un visitante se hace un selfi con el robot Xiaodu de Baidu en la Baidu World Conference 2015, en Pekín (China), el 8 de septiembre de 2015. REUTERS/Kim Kyung-Hoon

