Por qué necesitamos el poder de la cultura para apartar a nuestro planeta del abismo

culture music cellist Yo-yo Ma plays with Mexican music students before his presentation near the Americas International Bridge to highlight what unites American and Mexican cultures, in Nuevo Laredo, Mexico April 13, 2019. REUTERS/Daniel Becerril - RC14EED2BB50
Crossing borders: Cellist Yo-Yo Ma, the author of this article, plays with Mexican music studentsImage: REUTERS/Daniel Becerril
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  • Davos 2020 pide una economía de los grupos de interés.

  • La cultura puede consolidar la idea de que todos somos partes interesadas en un futuro común.

  • Las fracturas políticas amenazan la democracia liberal y sus instituciones.

A menudo les digo a los músicos más jóvenes que, cuando actúan, deben pensar en el oyente como la persona más importante de la sala. Este consejo puede contradecir lo que se enseña a los estudiantes: que los valores más preciados son la perfección técnica y la autenticidad estilística. A menudo ignoramos la magia de la interpretación, que solo se produce cuando existe una profunda unidad entre el compositor, el intérprete y el espectador. Son esos momentos de unidad los que recordamos, y son los recuerdos compartidos como estos los que se convierten en los pilares de la cultura.

He estado reflexionando sobre los valores que promueve la cultura mientras miramos hacia la reunión anual del Foro Económico Mundial. Es alentador constatar que, en el 50.º aniversario del Foro su ADN esencial —la idea de una economía de los grupos de interés— ha evolucionado y se ha profundizado para animarnos a escuchar las necesidades de todos. Y no podría llegar en un momento más importante.

Hoy vemos cómo se socavan los valores de confianza, verdad y servicio, valores fundamentales para el buen funcionamiento de una sociedad próspera. Las fracturas políticas se amplían y se vuelven más peligrosas en todo el mundo, amenazando la democracia liberal y sus instituciones. Y el cambio tecnológico se acelera, afectando e interrumpiendo todas nuestras vidas.

El Foro Económico Mundial acierta al pedir a los líderes de las empresas, los gobiernos y la sociedad civil que se reúnan, generen conciencia y actúen colectivamente. Y la decisión de inaugurar esta reunión con la Novena Sinfonía de Beethoven nos recuerda la urgencia y el poder de la Oda a la alegría, y que somos una sola familia humana.

'Lo que falta es difícil de describir'

Pero no creo que esto sea suficiente. Siento que falta algo.

Lo que falta es difícil de describir. Difícil de medir. Es algo mucho más grande y mucho más pequeño. Es algo que intentamos describir como «valores compartidos», aunque estas palabras puedan parecer vacías hoy. O podríamos llamarlo «cultura». Permítanme explicarlo.

La empresa se basa en la creación de valor. Pero la cultura se ocupa de la creación de valores, comenzando siempre por la confianza, la verdad y el servicio. Sin estos valores, todo lo que hemos pensado, inventado y construido, desde la filosofía y el arte hasta la ciencia y los Estados-nación, no existiría y no puede perdurar. Esta creación comienza escuchando, observando, tocando y saboreando. Luego, sosteniendo, intentando y experimentando. Preguntándose. Amando. Recordando. Compartiendo. La cultura es un proceso orgánico que nos une con los filamentos flexibles y duraderos que nos permiten coexistir y cocrear.

Es un proceso que permite —y de hecho exige— la contradicción. Para el escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald, el signo de una mente brillante es la capacidad de sostener simultáneamente dos ideas opuestas. Para mí, esto ha sido durante mucho tiempo el sello distintivo de la música de J.S. Bach: su esfuerzo constante por encontrar el equilibrio entre lo objetivo y lo empático es lo que nos da el consuelo de ambos cuando lo necesitamos. Cada vez que leemos a Fitzgerald, escuchamos a Bach, compartimos una comida o damos un paso más en un experimento científico, ampliamos nuestra mente para abarcar más de los demás; nos damos cuenta de que la fuerza cultural es lo que completa el círculo económico y político.

Actualmente llevo recorridos dos tercios de mi propio experimento cultural: el Proyecto Bach. Desde Beirut hasta Bombay, de Medellín a Yakarta, desde las fronteras entre Estados Unidos y México hasta la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, interpreto las suites para chelo de Bach en una sola sesión, una invitación a la comunidad para encontrarse, escuchar y, con suerte, hallar esa unidad trascendente que se convierte en un pilar para una sociedad más fuerte.

El «efecto de borde»

Pero es más que una gira de conciertos. En cada comunidad, escucho a las personas hablar sobre lo que más les preocupa y les hago una pregunta sencilla: ¿cómo contribuye la cultura a que su comunidad sea más fuerte y resiliente? Nuestras comunidades enfrentan desafíos que van desde desastres naturales y migraciones forzadas hasta disturbios civiles y violencia, pasando por la degradación ambiental y la exclusión económica. Pero una cosa es constante. En cada comunidad, he conocido a líderes culturales sólidos, visionarios que a menudo se sitúan en los márgenes de los sectores y crean los pilares culturales que necesitamos para afrontar estos desafíos y garantizar un futuro mejor.

Como Denica Flesch, una joven que conocí en Yakarta, economista de formación que trabajó en el Banco Mundial y que además es Global Shaper del Word Economic Forum. Denica ha combinado su profundo conocimiento de la economía con una comprensión de la capacidad de la cultura para generar confianza para fundar SukhhaCitta, una empresa social que conecta a artesanos textiles de aldeas rurales de Indonesia con un mercado global. Denica ha impulsado un nuevo estándar de transparencia: #MadeRight, una promesa de que cualquier tejido vendido por SukkhaCitta es elaborado por artesanos que perciben un salario digno, es ambientalmente sostenible y respalda una práctica cultural tradicional.

Su trabajo une dos sectores aparentemente no relacionados: la manufactura y la cultura. Se hace eco del tipo de intercambio que celebraba Fitzgerald, que escuchamos en Bach y que los ecologistas comprenden desde hace tiempo como el «efecto de borde»: allí donde se encuentran dos ecosistemas, donde hay menor densidad de vida, es donde existen más formas de vida nuevas. El trabajo de Denica es un «efecto de borde cultural», que crea nuevas conexiones entre personas e ideas. Y es el tipo de trabajo que veo una y otra vez, el «capitalismo cultural de riesgo», un trabajo definido por la confianza, la verdad y el servicio.

Avanzar juntos hacia los objetivos planetarios

La cultura crea confianza, busca la verdad y nos pide siempre trabajar al servicio de los demás. Nos completa. Con estos valores como nuestra estrella guía, creo que podemos empezar a conectar la realidad hiperlocal sobre el terreno con los objetivos planetarios más abstractos, en un arco ininterrumpido, como una corriente eléctrica. Quizá cuando hablamos de «valores compartidos» intentamos describir ese arco, esa poderosa conexión; tal vez cuando sentimos la ausencia de valores compartidos, estamos percibiendo brechas y fisuras a lo largo de ese arco.

La cultura y los actos culturales pueden llenar esas brechas y sanar esas fisuras, haciendo de todos nosotros partes interesadas en nuestro futuro.

Por eso creo que la cultura debe trabajar junto con la política y la economía para ayudarnos a reconocer nuestros valores como valores compartidos y nuestros propios objetivos como metas comunes. Ese es el poder de la cultura: convierte al «otro» en «nosotros», conectando nuestras verdades más personales con los mayores objetivos planetarios.

En Indonesia aprendí que el lema nacional es Bhinneka tunggal ika: unidad en la diversidad; en Estados Unidos, E pluribus unum: de muchos, uno; India: solo la verdad triunfa; Kenia: todos a una. No está mal para las naciones. Pero quizá necesitemos una aspiración que no sea nacional, que sea a la vez mucho más grande —algo que alcance el tamaño de nuestro planeta— y mucho más íntima. Que cada uno trabaje para construir confianza, buscar la verdad y actuar al servicio de los demás, en nuestras relaciones más personales y por nuestro planeta entero. Porque, como muchos han dicho, no hay «Planeta B».

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