Las industrias culturales y creativas ya representan alrededor del 3,1 % del PIB mundial y casi 50 millones de empleos. En África, la cultura podría aportar 20.000 millones de dólares y crear 20 millones de empleos.
La mascarada Ijele nigeriana requiere seis meses de trabajo de 100 personas y actúa durante una sola tarde; sin embargo, gran parte de la actividad económica que genera nunca llega a las hojas de cálculo de las cuentas nacionales.
El patrimonio vivo impulsa una economía real, pero solo quienes lo crean pueden mantenerlo vivo. Ahora mismo, casi ninguno cobra por ello.
Cuando la Ijele entra en la plaza de Onitsha, una bulliciosa ciudad del estado de Anambra, en el sudeste de Nigeria, todas las demás mascaradas guardan silencio. Mide aproximadamente cuatro metros de altura. Una pitón, eke, se enrosca alrededor de su parte central y separa el nivel superior, mkpu ijele, del inferior, akpakwuru, y su cuerpo está repleto de pequeñas figuras: guerreros, ancianos y algún que otro animal. Aparece durante la estación seca para evocar la fertilidad y una buena cosecha, y domina la arena como el reconocido «rey de las mascaradas».
Según la UNESCO, la Ijele requiere seis meses de trabajo de cien personas y actúa durante una sola tarde. Después, se desmonta. Nada en ella está hecho para durar. Y, sin embargo, ha sobrevivido a imperios.
En 2009, la UNESCO inscribió la Ijele en su lista del patrimonio cultural inmaterial y señaló el verdadero riesgo: no la pérdida de un objeto, sino la desaparición de las personas que transmiten los conocimientos. Esa paradoja es la clave. La Ijele sobrevive precisamente porque reside en la destreza, no en la piedra, y en un linaje de creadores que se remonta a Umudiana, en Umueri, donde se representó por primera vez para las localidades vecinas. La Ijele cobra vida gracias a un sistema de talladores, tejedores y percusionistas, y a los aprendizajes que los vinculan; desaparece en cuanto deja de practicarse ese sistema.
Esto importa ahora porque su peso económico ya no es marginal. Las industrias culturales y creativas ya representan alrededor del 3,1 % del PIB mundial y casi 50 millones de empleos. En África, la tendencia es aún más pronunciada: la UNESCO y Afreximbank calculan que las industrias creativas del continente podrían crear más de 20 millones de empleos y aportar 20.000 millones de dólares al PIB, y que su sector cinematográfico por sí solo ya emplea a unos cinco millones de personas. La audiencia de Afrobeats creció un 550 % en seis años. Sin embargo, el patrimonio vivo es la mitad infravalorada de esta misma economía.

Lo que la Ijele de Nigeria puede enseñarnos sobre la preservación de la cultura
Una sola salida de la Ijele muestra hasta qué punto están entrelazadas la cultura y la economía. El traje no se compra ni puede comprarse. Se encarga: es un proyecto financiado por la comunidad que da trabajo a maestros talladores de madera y tejedores de caña para construir la estructura, a artistas textiles y bordadores durante meses de labores con cuentas y brocado, y a herreros para fabricar los espejos y las campanas fijados en el nivel superior. Se paga a percusionistas y músicos Akunechenyi —que interpretan la música sagrada homónima de la Ijele— por actuar. Cuando la Ijele baila, los patrocinadores suelen arrojar dinero a sus acompañantes, fondos que a menudo se reúnen para proyectos comunitarios. La salida atrae multitudes a localidades anfitrionas como Onitsha y Aguleri, y genera alojamiento y comercio; quienes investigan el estado de Anambra ya describen este turismo impulsado por las mascaradas como un motor de desarrollo por derecho propio. Gran parte de esta actividad nunca llega a las hojas de cálculo de las cuentas nacionales y se pasa por alto con demasiada frecuencia en las estrategias de la economía creativa. Y, sobre todo, lo que no se mide rara vez se financia.
Aquí es donde entran los artistas contemporáneos: no como salvadores, sino como canales. Hervé Youmbi, por ejemplo, crea máscaras en su serie Visages de Masques con el consentimiento de los líderes de la sociedad Ku'ngang, en los Grassfields de Nigeria. Las máscaras se bailan en rituales y luego pasan a colecciones de museos; en el proceso, reciben apoyo los talladores, ensartadores de cuentas y especialistas rituales con quienes trabaja. Su obra ha sido adquirida por instituciones como el Museo de Arte de Nueva Orleans, cuya exposición de 2025, New African Masquerades, presentó su obra junto a la del sierraleonés Sheku Fofanah y el burkinés David Sanou, creadores de mascaradas cuyos trajes también pasan de las representaciones comunitarias a las galerías. El artista Refik Anadol ha establecido una colaboración similar con el pueblo Yawanawá de Brasil. Continentes distintos, el mismo principio: el valor cultural puede generar ingresos para quienes mantienen vivas las tradiciones.
Yo mismo trabajo dentro de una de estas tradiciones, como pintor que documenta mascaradas igbo sobre lienzo. Me ha enseñado lo que puede contener una pintura que una fotografía no puede. También me ha enseñado los límites de lo que puede hacer un solo artista. Documentar no es transmitir: un lienzo puede registrar una tradición, pero solo las personas pueden llevarla adelante.
La objeción evidente es válida. Una galería puede despojar una práctica sagrada de su contexto y convertir un rito vivo en un bien decorativo; además, figurar en una lista de la UNESCO no garantiza el sustento. La Ijele lleva diecisiete años con el reconocimiento de salvaguardia, pero el título por sí solo no ha pagado a las cien personas cuyo trabajo la hizo posible. Si el arte contemporáneo quiere ayudar en vez de extraer valor, no puede limitarse a precios de subasta en Londres mientras el aprendizaje en Anambra se extingue silenciosamente. El modelo de Youmbi es aleccionador precisamente porque parte del consentimiento y hace llegar el dinero a quienes crean las obras. Esa es la diferencia entre salvaguardar y convertir en recuerdo turístico.

3 lecciones para la economía cultural
Entonces, ¿qué haría falta para financiar el sistema en lugar de limitarse a admirar el espectáculo? Tres medidas concretas y verificables.
1. Normas para los encargos: se podría exigir a los festivales, museos y oficinas de turismo que recurren al patrimonio vivo que encarguen obras directamente a quienes son reconocidos como transmisores de la tradición, y que paguen por su destreza en vez de adquirir únicamente el objeto terminado.
2. Becas para aprendizajes vinculadas a prácticas incluidas en listas nacionales o reconocidas por la UNESCO, para financiar la formación de la próxima generación de talladores, tejedores y percusionistas con el mismo empeño que un programa de competencias digitales.
3. Incentivos fiscales para patrocinadores del sector privado y de la diáspora que ya apoyan eventos culturales, con el fin de convertir la generosidad informal en una fuente de ingresos fiable. La tradición del Premio Crystal del Foro, que honra a artistas constructores como Diébédo Francis Kéré, demuestra que existe interés; lo que falta es la infraestructura.
El momento es propicio. El comité de salvaguardia de la UNESCO volverá a reunirse en diciembre, y las estrategias para la economía creativa están en marcha en todo el continente. La Ijele misma ofrece el argumento final. Su traje siempre ha incorporado novedades: cose aviones y policías junto a pitones ancestrales, y demuestra que aquí tradición e innovación nunca fueron opuestas. Una cultura que se adapta es una cultura que da empleo, y lo más innovador que puede hacer cualquier patrimonio es seguir vivo.


