¿Cuáles son los verdaderos debates en torno a la inmigración en un mundo cada vez más globalizado?

A Kurdish refugee boy from the Syrian town of Kobani holds onto a fence that surrounds a refugee camp in the border town of Suruc, Sanliurfa province November 3, 2014. REUTERS/Yannis Behrakis (TURKEY - Tags: TPX IMAGES OF THE DAY CONFLICT POLITICS CIVIL UNREST) - GM1EAB31GX301
Professor Yuval Harari: "Whether we like it or not our lives are intertwined with the lives of people on the other side of the planet."Image: REUTERS/Yannis Behrakis
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Este extracto pertenece al nuevo libro de Yuval Harari, «21 lecciones para el siglo XXI». El libro fue elegido como libro de noviembre del Club del Libro del Foro Económico Mundial. Cada mes se seleccionará un nuevo libro y se debatirá en el grupo. El autor se unirá al grupo el último día del mes para responder algunas preguntas de nuestro público.

Inmigración

A medida que cada vez más personas cruzan cada vez más fronteras en busca de empleo, seguridad y un futuro mejor, la necesidad de afrontar, asimilar o expulsar a los desconocidos pone a prueba sistemas políticos e identidades colectivas moldeados en épocas menos fluidas. En ningún lugar es el problema más acuciante que en Europa. La Unión Europea se construyó sobre la promesa de trascender las diferencias culturales entre franceses, alemanes, españoles y griegos. Podría derrumbarse por su incapacidad para contener las diferencias culturales entre los europeos y los migrantes de África y Oriente Medio. Irónicamente, fue precisamente el éxito de Europa al construir un sistema multicultural próspero lo que atrajo a tantos migrantes en primer lugar. Los sirios quieren emigrar a Alemania en lugar de a Arabia Saudí, Irán, Rusia o Japón, no porque Alemania esté más cerca o sea más rica que los demás destinos posibles, sino porque tiene un historial mucho mejor de acogida e integración de inmigrantes.

La creciente ola de refugiados e inmigrantes provoca reacciones encontradas entre los europeos y suscita acalorados debates sobre la identidad y el futuro de Europa. Algunos europeos exigen que Europa cierre sus puertas: ¿están traicionando sus ideales multiculturales y tolerantes o simplemente toman medidas sensatas para evitar una catástrofe? Otros piden que se abran aún más las puertas: ¿son fieles a los valores fundamentales europeos o son culpables de imponer al proyecto europeo expectativas imposibles? Este debate sobre la inmigración suele degenerar en una discusión a gritos en la que ninguna de las partes escucha a la otra. Para aclarar la cuestión, quizá sería útil considerar la inmigración como un acuerdo con tres condiciones o cláusulas básicas:

Cláusula 1: El país de acogida permite la entrada de los inmigrantes.

Cláusula 2: A cambio, los inmigrantes deben adoptar al menos las normas y los valores fundamentales del país de acogida, aunque eso implique renunciar a algunas de sus normas y valores tradicionales.

Cláusula 3: Si los inmigrantes se asimilan lo suficiente, con el tiempo se convierten en miembros plenos e iguales del país de acogida. «Ellos» se convierten en «nosotros».

Estas tres cláusulas dan lugar a tres debates distintos sobre el significado exacto de cada una. Un cuarto debate se refiere al cumplimiento de las cláusulas. Cuando la gente discute sobre inmigración, suele confundir los cuatro debates, de modo que nadie entiende de qué trata realmente la discusión. Por eso, lo mejor es examinar cada debate por separado.

Debate 1:La primera cláusula del acuerdo migratorio dice simplemente que el país de acogida permite la entrada de inmigrantes. Pero ¿debe entenderse como un deber o como un favor? ¿Está obligado el país de acogida a abrir sus puertas a todo el mundo, o tiene derecho a elegir e incluso a detener por completo la inmigración? Quienes están a favor de la inmigración parecen creer que los países tienen el deber moral de aceptar no solo a los refugiados, sino también a personas de países azotados por la pobreza que buscan empleo y un futuro mejor. Sobre todo en un mundo globalizado, todos los seres humanos tienen obligaciones morales hacia los demás, y quienes eluden esas obligaciones son egoístas o incluso racistas.

Además, muchos partidarios de la inmigración destacan que es imposible detenerla por completo y que, por muchos muros y vallas que construyamos, las personas desesperadas siempre encontrarán la manera de cruzar. Por tanto, es mejor legalizar la inmigración y afrontarla abiertamente que crear un vasto mundo clandestino de trata de personas, trabajadores ilegales y niños indocumentados.

Quienes se oponen a la inmigración responden que, si se emplea suficiente fuerza, es posible detenerla por completo y que, salvo quizá en el caso de refugiados que huyen de una persecución brutal en un país vecino, nunca existe la obligación de abrir las puertas. Turquía puede tener el deber moral de permitir que refugiados sirios desesperados crucen su frontera. Pero si luego estos refugiados intentan trasladarse a Suecia, los suecos no están obligados a aceptarlos. En cuanto a los migrantes que buscan empleo y prestaciones sociales, depende totalmente del país de acogida si los quiere recibir o no, y en qué condiciones.

Quienes se oponen a la inmigración subrayan que uno de los derechos más básicos de toda colectividad humana es defenderse de una invasión, ya sea en forma de ejércitos o de migrantes. Los suecos han trabajado muy duro y han hecho numerosos sacrificios para construir una democracia liberal próspera, y si los sirios no han logrado hacer lo mismo, no es culpa de los suecos. Si los votantes suecos no quieren recibir más inmigrantes sirios —por el motivo que sea—, tienen derecho a negarles la entrada. Y si aceptan a algunos inmigrantes, debe quedar absolutamente claro que se trata de un favor que Suecia concede, no de una obligación que cumple. Esto significa que los inmigrantes a quienes se permite entrar en Suecia deberían sentirse sumamente agradecidos por todo lo que reciban, en vez de llegar con una lista de exigencias como si fueran los dueños del lugar.

Además, sostienen quienes se oponen a la inmigración, un país puede adoptar la política migratoria que quiera y evaluar a los inmigrantes no solo por sus antecedentes penales o sus aptitudes profesionales, sino incluso por cuestiones como la religión. Si un país como Israel quiere permitir la entrada únicamente a judíos, y un país como Polonia acepta acoger a refugiados de Oriente Medio con la condición de que sean cristianos, puede parecer desagradable, pero está perfectamente dentro de los derechos de los votantes israelíes o polacos.

Lo que complica las cosas es que, en muchos casos, la gente quiere quedarse con lo mejor de ambos mundos. Numerosos países hacen la vista gorda ante la inmigración ilegal o incluso aceptan trabajadores extranjeros temporalmente porque quieren beneficiarse de su energía, talento y mano de obra barata. Sin embargo, luego se niegan a regularizar la situación de estas personas y afirman que no quieren inmigración. A largo plazo, esto podría crear sociedades jerárquicas en las que una clase alta de ciudadanos de pleno derecho explota a una clase baja de extranjeros sin poder, como ocurre hoy en Qatar y en varios otros Estados del Golfo.

Mientras este debate no se resuelva, resulta sumamente difícil responder a todas las preguntas posteriores sobre la inmigración. Como quienes están a favor de la inmigración creen que las personas tienen derecho a emigrar a otro país si así lo desean y que los países de acogida tienen el deber de recibirlas, reaccionan con indignación moral cuando se vulnera el derecho de las personas a emigrar y cuando los países incumplen su deber de acogerlas. Quienes se oponen a la inmigración se quedan atónitos ante esas opiniones. Consideran que la inmigración es un privilegio y la acogida, un favor. ¿Por qué acusar a alguien de racista o fascista solo porque niega la entrada a su propio país?

Por supuesto, aunque permitir la entrada de inmigrantes sea un favor y no un deber, una vez que estos se establecen, el país de acogida va adquiriendo gradualmente numerosas obligaciones hacia ellos y sus descendientes. Así pues, hoy no se puede justificar el antisemitismo en Estados Unidos argumentando: «Le hicimos un favor a tu bisabuela al dejarla entrar en este país en 1910, así que ahora podemos tratarte como nos dé la gana».

Debate 2:La segunda cláusula del acuerdo migratorio dice que, si se les permite entrar, los inmigrantes tienen la obligación de asimilarse a la cultura local. Pero ¿hasta dónde debe llegar esa asimilación? Si los inmigrantes se trasladan de una sociedad patriarcal a una liberal, ¿deben hacerse feministas? Si proceden de una sociedad profundamente religiosa, ¿tienen que adoptar una visión secular del mundo? ¿Deberían abandonar sus códigos tradicionales de vestimenta y sus tabúes alimentarios? Quienes se oponen a la inmigración suelen poner el listón muy alto, mientras que quienes la apoyan lo ponen mucho más bajo.

Quienes están a favor de la inmigración sostienen que la propia Europa es extremadamente diversa y que sus poblaciones nativas abarcan un amplio espectro de opiniones, hábitos y valores. Eso es precisamente lo que hace que Europa sea dinámica y fuerte. ¿Por qué habría que obligar a los inmigrantes a adherirse a una identidad europea imaginaria que pocos europeos cumplen en realidad? ¿Se quiere obligar a los inmigrantes musulmanes en el Reino Unido a hacerse cristianos, cuando muchos ciudadanos británicos apenas van a la iglesia? ¿Se quiere exigir a los inmigrantes del Punyab que renuncien al curry y al masala a favor del pescado con patatas fritas y el pudin de Yorkshire? Si Europa tiene valores fundamentales auténticos, son los valores liberales de tolerancia y libertad, que implican que los europeos también deben mostrar tolerancia hacia los inmigrantes y permitirles tanta libertad como sea posible para seguir sus propias tradiciones, siempre que estas no perjudiquen las libertades y los derechos de otras personas.

Quienes se oponen a la inmigración están de acuerdo en que la tolerancia y la libertad son los valores europeos más importantes, y acusan a muchos grupos de inmigrantes —en especial a los procedentes de países musulmanes— de intolerancia, misoginia, homofobia y antisemitismo. Precisamente porque Europa aprecia la tolerancia, no puede permitir la entrada de demasiadas personas intolerantes. Una sociedad tolerante puede convivir con pequeñas minorías antiliberales, pero si el número de extremistas de ese tipo supera cierto umbral, la naturaleza misma de la sociedad cambia. Si Europa permite la entrada de demasiados inmigrantes de Oriente Medio, acabará pareciéndose a Oriente Medio.

Otros detractores de la inmigración van mucho más lejos. Señalan que una comunidad nacional es mucho más que un conjunto de personas que se toleran entre sí. Por eso, no basta con que los inmigrantes se adhieran a los estándares europeos de tolerancia. También deben adoptar muchas de las características propias de las culturas británica, alemana o sueca, sean cuales sean. Al permitirles la entrada, la cultura local asume un gran riesgo y un coste enorme. No hay motivo para que además se destruya a sí misma. Ofrece la igualdad plena con el tiempo, así que exige una asimilación plena. Si a los inmigrantes les molestan ciertos rasgos peculiares de la cultura británica, alemana o sueca, pueden irse a otro lugar.

Los dos puntos clave de este debate son el desacuerdo sobre la intolerancia de los inmigrantes y el desacuerdo sobre la identidad europea. Si los inmigrantes son realmente culpables de una intolerancia incurable, muchos europeos liberales que hoy apoyan la inmigración acabarán oponiéndose a ella con vehemencia. Por el contrario, si la mayoría de los inmigrantes demuestra ser liberal y abierta de miras en su actitud hacia la religión, el género y la política, eso desarmará algunos de los argumentos más eficaces contra la inmigración.

Sin embargo, seguirá sin resolverse la cuestión de las identidades nacionales propias de Europa. La tolerancia es un valor universal. ¿Existen normas y valores franceses propios que deba aceptar cualquier persona que emigre a Francia, y normas y valores daneses propios que deban adoptar los inmigrantes en Dinamarca? Mientras los europeos estén profundamente divididos sobre esta cuestión, difícilmente podrán tener una política migratoria clara. Por el contrario, una vez que sepan quiénes son, los 500 millones de europeos no deberían tener dificultad para acoger a unos pocos millones de refugiados… o rechazarlos.

Debate 3: La tercera cláusula del acuerdo migratorio dice que, si los inmigrantes hacen un esfuerzo sincero por asimilarse —y, en particular, por adoptar el valor de la tolerancia—, el país de acogida tiene el deber de tratarlos como ciudadanos de primera clase. Pero ¿cuánto tiempo debe pasar exactamente para que los inmigrantes se conviertan en miembros plenos de la sociedad? ¿Deberían sentirse agraviados los inmigrantes de primera generación procedentes de Argelia si, tras veinte años en el país, todavía no se los considera plenamente franceses? ¿Y qué hay de los inmigrantes de tercera generación cuyos abuelos llegaron a Francia en la década de 1970?

Quienes están a favor de la inmigración suelen exigir que se los acepte rápidamente, mientras que quienes se oponen quieren un periodo de prueba mucho más largo. Para los primeros, si los inmigrantes de tercera generación no son considerados ni tratados como ciudadanos iguales, significa que el país de acogida incumple sus obligaciones; y si eso provoca tensiones, hostilidad e incluso violencia, el único culpable es su propio fanatismo. Para los segundos, estas expectativas exageradas son gran parte del problema. Los inmigrantes deberían tener paciencia. Si tus abuelos llegaron aquí hace apenas cuarenta años y ahora provocas disturbios en las calles porque crees que no te tratan como a alguien nativo, entonces no has superado la prueba.

La cuestión de fondo de este debate es la brecha entre los plazos personales y los colectivos. Desde el punto de vista de las colectividades humanas, cuarenta años es poco tiempo. Es difícil esperar que una sociedad integre plenamente a grupos extranjeros en unas pocas décadas. Las civilizaciones del pasado que asimilaron a extranjeros y los convirtieron en ciudadanos con los mismos derechos —como la Roma imperial, el califato musulmán, los imperios chinos y Estados Unidos— tardaron siglos, no décadas, en lograr esa transformación.

Desde una perspectiva personal, sin embargo, cuarenta años pueden ser una eternidad. Para una adolescente nacida en Francia veinte años después de que sus abuelos emigraran allí, el viaje de Argel a Marsella es historia antigua. Nació aquí, todos sus amigos nacieron aquí, habla francés y no árabe, y nunca ha estado en Argelia. Francia es el único hogar que ha conocido. ¿Y ahora le dicen que no es su hogar y que debería «volver» a un lugar donde nunca ha vivido?

Es como tomar una semilla de eucalipto de Australia y plantarla en Francia. Desde una perspectiva ecológica, los eucaliptos son una especie invasora, y harán falta generaciones para que los botánicos los reclasifiquen como plantas europeas autóctonas. Sin embargo, desde el punto de vista del árbol individual, es francés. Si no lo riegas con agua francesa, se marchitará. Si intentas arrancarlo, descubrirás que ha echado raíces profundas en el suelo francés, igual que los robles y pinos locales.

Debate 4:Además de todos estos desacuerdos sobre la definición exacta del acuerdo migratorio, la pregunta fundamental es si el acuerdo funciona realmente. ¿Cumplen ambas partes sus obligaciones?

Quienes se oponen a la inmigración suelen afirmar que los inmigrantes no cumplen la cláusula n.º 2. No hacen un esfuerzo sincero por asimilarse y demasiados se aferran a visiones del mundo intolerantes y fanáticas. Por tanto, el país de acogida no tiene motivo para cumplir la cláusula n.º 3 (tratarlos como ciudadanos de primera clase) y tiene todos los motivos para reconsiderar la cláusula n.º 1 (permitirles la entrada). Si las personas de una cultura determinada han demostrado sistemáticamente que no están dispuestas a cumplir el acuerdo migratorio, ¿por qué permitir que entren más y crear un problema aún mayor?

Quienes están a favor de la inmigración responden que es el país de acogida el que incumple su parte del acuerdo. Pese a los esfuerzos sinceros de la gran mayoría de los inmigrantes por asimilarse, quienes los reciben se lo ponen difícil y, peor aún, los inmigrantes que sí logran asimilarse siguen siendo tratados como ciudadanos de segunda clase incluso en la segunda y tercera generación. Por supuesto, es posible que ninguna de las partes cumpla sus compromisos y que así alimenten las sospechas y los resentimientos mutuos, en un círculo cada vez más vicioso.

Este cuarto debate no puede resolverse antes de aclarar la definición exacta de las tres cláusulas. Mientras no sepamos si acoger es un deber o un favor, qué grado de asimilación se exige a los inmigrantes y con qué rapidez deben los países de acogida tratarlos como ciudadanos iguales, no podemos juzgar si las dos partes cumplen sus obligaciones. También existe un problema de evaluación. Al valorar el acuerdo migratorio, ambas partes dan mucho más peso a las infracciones que al cumplimiento. Si un millón de inmigrantes son ciudadanos respetuosos de la ley, pero cien se unen a grupos terroristas y atacan al país de acogida, ¿significa que, en conjunto, los inmigrantes cumplen las condiciones del acuerdo o que las infringen? Si un inmigrante de tercera generación recorre mil veces la calle sin que nadie lo moleste, pero de vez en cuando algún racista le grita insultos, ¿significa que la población nativa acepta o rechaza a los inmigrantes?

Sin embargo, bajo todos estos debates subyace una pregunta mucho más fundamental, relacionada con nuestra comprensión de la cultura humana. ¿Abordamos el debate sobre la inmigración suponiendo que todas las culturas son intrínsecamente iguales, o creemos que algunas pueden ser superiores a otras? Cuando los alemanes debaten sobre la acogida de un millón de refugiados sirios, ¿pueden justificar alguna vez la idea de que la cultura alemana es de algún modo mejor que la siria?

Del racismo al culturismo

Hace un siglo, los europeos daban por sentado que algunas razas —sobre todo la blanca— eran intrínsecamente superiores a otras. Después de 1945, esas ideas se volvieron cada vez más inaceptables. El racismo se consideraba no solo moralmente abyecto, sino también científicamente infundado. Los biólogos, y en particular los genetistas, han aportado sólidas pruebas científicas de que las diferencias biológicas entre europeos, africanos, chinos y nativos americanos son insignificantes.

Al mismo tiempo, sin embargo, antropólogos, sociólogos, historiadores, economistas conductuales e incluso neurocientíficos han acumulado abundantes datos que demuestran la existencia de diferencias significativas entre las culturas humanas. De hecho, si todas las culturas humanas fueran esencialmente iguales, ¿para qué necesitaríamos antropólogos e historiadores? ¿Por qué invertir recursos en estudiar diferencias triviales? Como mínimo, deberíamos dejar de financiar todas esas costosas expediciones de campo al Pacífico Sur y al desierto del Kalahari, y conformarnos con estudiar a la gente de Oxford o Boston. Si las diferencias culturales son insignificantes, todo lo que descubramos sobre los estudiantes de Harvard también debería ser válido para los cazadores-recolectores del Kalahari.

Al reflexionar, la mayoría de la gente admite que existen al menos algunas diferencias significativas entre las culturas humanas, en aspectos que van desde las costumbres sexuales hasta los hábitos políticos. ¿Cómo debemos tratar esas diferencias? Los relativistas culturales sostienen que la diferencia no implica jerarquía y que nunca deberíamos preferir una cultura a otra. Los seres humanos pueden pensar y comportarse de distintas maneras, pero deberíamos celebrar esta diversidad y otorgar el mismo valor a todas las creencias y prácticas. Por desgracia, estas actitudes tan abiertas no resisten la prueba de la realidad. La diversidad humana puede ser enorme en lo que respecta a la gastronomía y la poesía, pero pocos considerarían la quema de brujas, el infanticidio o la esclavitud fascinantes peculiaridades humanas que habría que proteger frente a las incursiones del capitalismo global y el colonialismo de la coca.

O pensemos en cómo se relacionan las distintas culturas con los desconocidos, los inmigrantes y los refugiados. No todas las culturas se caracterizan por el mismo grado de aceptación. La cultura alemana de principios del siglo XXI es más tolerante con los desconocidos y más acogedora con los inmigrantes que la cultura saudí. A un musulmán le resulta mucho más fácil emigrar a Alemania que a un cristiano emigrar a Arabia Saudí. De hecho, incluso a un refugiado musulmán de Siria probablemente le resulte más fácil emigrar a Alemania que a Arabia Saudí, y desde 2011 Alemania ha acogido a muchos más refugiados sirios que Arabia Saudí.¹ Del mismo modo, el conjunto de las pruebas sugiere que la cultura de California a principios del siglo XXI es más favorable a los inmigrantes que la cultura de Japón. Así pues, si crees que es bueno tolerar a los desconocidos y acoger a los inmigrantes, ¿no deberías pensar también que, al menos en este sentido, la cultura alemana es superior a la saudí y la californiana mejor que la japonesa?

Además, aunque dos normas culturales sean igualmente válidas en teoría, en el contexto práctico de la inmigración podría seguir estando justificado considerar mejor la cultura de acogida. Las normas y los valores que son adecuados en un país sencillamente no funcionan bien en circunstancias distintas. Examinemos de cerca un ejemplo concreto. Para no caer en prejuicios arraigados, imaginemos dos países ficticios: Coldia y Warmland. Los dos países tienen muchas diferencias culturales, entre ellas, su actitud hacia las relaciones humanas y los conflictos interpersonales. Desde la infancia, a los coldienses se les enseña que, si tienen un conflicto con alguien en la escuela, en el trabajo o incluso en la familia, lo mejor es reprimirlo. Deben evitar gritar, expresar ira o enfrentarse a la otra persona: los arrebatos de rabia solo empeoran las cosas. Es mejor gestionar los propios sentimientos y dejar que la situación se calme. Mientras tanto, hay que limitar el contacto con la persona en cuestión y, si no se puede evitar, ser breve pero cortés y evitar los temas delicados.

Por el contrario, desde la infancia se enseña a los habitantes de Warmland a exteriorizar los conflictos. Si te encuentras en un conflicto, no dejes que se encone ni reprimas nada. Aprovecha la primera ocasión para expresar abiertamente tus emociones. Está bien enfadarse, gritar y decirle a la otra persona exactamente cómo te sientes. Es la única manera de resolver las cosas juntos, con honestidad y franqueza. Un día de gritos puede resolver un conflicto que, de otro modo, podría enquistarse durante años; y aunque el enfrentamiento directo nunca es agradable, después todos se sentirán mucho mejor.

Ambos métodos tienen ventajas e inconvenientes, y es difícil afirmar que uno sea siempre mejor que el otro. Pero ¿qué podría ocurrir si un habitante de Warmland emigra a Coldia y consigue trabajo en una empresa coldiense?

Siempre que surge un conflicto con un compañero de trabajo, el Warmlandés golpea la mesa y grita a voz en cuello, esperando que así se centre la atención en el problema y se resuelva rápidamente. Varios años después, queda vacante un cargo directivo. Aunque el Warmlandés reúne todas las cualificaciones necesarias, el jefe prefiere ascender a un empleado Coldiano. Cuando le preguntan al respecto, explica: «Sí, el Warmlandés tiene muchos talentos, pero también tiene un grave problema en sus relaciones con los demás. Tiene mal genio, genera tensiones innecesarias a su alrededor y perturba nuestra cultura corporativa». A otros inmigrantes Warmlandeses en Coldia les ocurre lo mismo. La mayoría permanece en puestos subalternos o no logra encontrar trabajo, porque los directivos presuponen que, por ser Warmlandeses, probablemente tendrán mal genio y serán empleados problemáticos. Como los Warmlandeses nunca llegan a ocupar cargos directivos, les resulta difícil cambiar la cultura corporativa Coldiana.

A los Coldianos que emigran a Warmland les ocurre prácticamente lo mismo. Un Coldiano que empieza a trabajar en una empresa de Warmland pronto adquiere fama de esnob o de persona fría, y hace pocos amigos, si es que hace alguno. La gente piensa que no es sincero o que carece de habilidades básicas para relacionarse. Nunca asciende a cargos directivos y, por tanto, nunca tiene la oportunidad de cambiar la cultura corporativa. Los directivos de Warmland concluyen que la mayoría de los Coldianos son antipáticos o tímidos, y prefieren no contratarlos para puestos que exigen tratar con clientes o colaborar estrechamente con otros empleados.

Ambos casos pueden parecer racistas. Pero, en realidad, no lo son.

Son «culturistas». La gente sigue librando una heroica lucha contra el racismo tradicional sin darse cuenta de que el frente de batalla ha cambiado. El racismo tradicional está en declive, pero el mundo ahora está lleno de «culturistas».

El racismo tradicional se basaba firmemente en teorías biológicas. En las décadas de 1890 y 1930, se creía ampliamente en países como Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos que algún rasgo biológico hereditario hacía que los africanos y los chinos fueran innatamente menos inteligentes, menos emprendedores y menos morales que los europeos. El problema estaba en su sangre. Estas opiniones gozaban tanto de respetabilidad política como de amplio respaldo científico. Hoy, en cambio, aunque muchas personas siguen haciendo afirmaciones racistas de este tipo, estas han perdido todo respaldo científico y casi toda respetabilidad política, salvo cuando se reformulan en términos culturales. Afirmar que las personas negras tienden a cometer delitos porque tienen genes deficientes está descartado; decir que tienden a cometer delitos porque provienen de subculturas disfuncionales está muy en boga.

En Estados Unidos, por ejemplo, algunos partidos y dirigentes apoyan abiertamente políticas discriminatorias y a menudo hacen comentarios denigrantes sobre los afroamericanos, los latinos y los musulmanes, pero rara vez, si acaso, dicen que haya algo malo en su ADN. Se afirma que el problema está en su cultura. Así, cuando el presidente Trump describió Haití, El Salvador y algunas partes de África como «países de mierda», al parecer ofrecía al público una reflexión sobre la cultura de esos lugares, más que sobre su composición genética.ii En otra ocasión, Trump dijo sobre los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos: «Cuando México envía a su gente, no envía a los mejores. Envía a personas que tienen muchos problemas y traen esos problemas consigo. Traen drogas, traen delincuencia. Son violadores y algunos, supongo, son buenas personas». Es una afirmación muy ofensiva, pero su carácter ofensivo es sociológico, no biológico. Trump no insinúa que la sangre mexicana impida ser buena persona; solo que los mexicanos buenos tienden a quedarse al sur del río Grande.iii

El cuerpo humano —el cuerpo latino, el cuerpo africano, el cuerpo chino— sigue ocupando el centro del debate. El color de la piel importa mucho. Caminar por una calle de Nueva York con mucha melanina en la piel significa que, vayas adonde vayas, la policía podría mirarte con especial suspicacia. Sin embargo, tanto el presidente Trump como el presidente Obama explicarían la importancia del color de la piel en términos culturales e históricos. La policía mira tu color de piel con suspicacia no por razones biológicas, sino por la historia. Es de suponer que el entorno de Obama explicaría los prejuicios policiales como un legado desafortunado de crímenes históricos como la esclavitud, mientras que el entorno de Trump explicaría la criminalidad de las personas negras como un legado desafortunado de errores históricos cometidos por los liberales blancos y las comunidades negras. En cualquier caso, aunque seas en realidad un turista de Delhi que no sabe nada de la historia estadounidense, tendrás que afrontar las consecuencias de esa historia.

El paso de la biología a la cultura no es un mero cambio de jerga sin sentido. Es un cambio profundo, con consecuencias prácticas de gran alcance, algunas buenas y otras malas. Para empezar, la cultura es más moldeable que la biología. Esto significa, por un lado, que los culturistas actuales podrían ser más tolerantes que los racistas tradicionales: si los «otros» adoptan nuestra cultura, los aceptaremos como iguales. Por otro lado, podría dar lugar a presiones mucho mayores para que los «otros» se asimilen y a críticas mucho más duras por no hacerlo.

Difícilmente se puede culpar a una persona de piel oscura por no blanquearse la piel, pero sí se acusa, y se puede acusar, a los africanos o a los musulmanes de no adoptar las normas y los valores de la cultura occidental. Esto no significa que tales acusaciones estén necesariamente justificadas. En muchos casos, hay pocos motivos para adoptar la cultura dominante; en muchos otros, es una misión casi imposible. Los afroamericanos de un barrio marginal azotado por la pobreza que intentan sinceramente encajar en la cultura hegemónica estadounidense pueden encontrarse primero con que la discriminación institucional les cierra el paso, para luego ser acusados de no haberse esforzado lo suficiente y, por tanto, de no tener a nadie más que a ellos mismos a quien culpar de sus problemas.

Una segunda diferencia clave entre hablar de biología y hablar de cultura es que, a diferencia de los prejuicios racistas tradicionales, los argumentos culturistas a veces pueden tener sentido, como en el caso de Warmland y Coldia. Los Warmlandeses y los Coldianos tienen culturas realmente distintas, caracterizadas por estilos diferentes de relacionarse. Como las relaciones interpersonales son cruciales en muchos empleos, ¿es poco ético que una empresa de Warmland penalice a los Coldianos por comportarse de acuerdo con el legado de su cultura?

Antropólogos, sociólogos e historiadores se sienten sumamente incómodos ante esta cuestión. Por un lado, todo parece peligrosamente cercano al racismo. Por otro, el culturismo tiene una base científica mucho más sólida que el racismo, y los académicos de las humanidades y las ciencias sociales, en particular, no pueden negar la existencia ni la importancia de las diferencias culturales.

Por supuesto, aunque aceptemos la validez de algunas afirmaciones culturistas, no tenemos que aceptarlas todas. Muchas adolecen de tres defectos comunes. En primer lugar, los culturistas suelen confundir la superioridad local con la superioridad objetiva. Así, en el contexto local de Warmland, el método warmlandés para resolver conflictos bien puede ser superior al método coldiano; en ese caso, una empresa de Warmland que opere en Warmland tiene buenos motivos para discriminar a los empleados introvertidos (lo que perjudicará desproporcionadamente a los inmigrantes coldianos). Sin embargo, eso no significa que el método warmlandés sea objetivamente superior. Los Warmlandeses quizá podrían aprender una o dos cosas de los Coldianos y, si las circunstancias cambian —por ejemplo, si la empresa de Warmland se globaliza y abre sucursales en muchos países distintos—, la diversidad podría convertirse de repente en una ventaja.

En segundo lugar, cuando se definen claramente un criterio, un momento y un lugar, las afirmaciones culturistas pueden tener solidez empírica. Pero con demasiada frecuencia la gente adopta afirmaciones muy generales que tienen poco sentido. Así, afirmar que «la cultura coldiana tolera menos los arrebatos de ira en público que la cultura warmlandesa» es razonable, pero lo es mucho menos decir que «la cultura musulmana es muy intolerante». Esta última afirmación es demasiado imprecisa. ¿Qué queremos decir con «intolerante»? ¿Intolerante con quién o con qué? Una cultura puede ser intolerante con las minorías religiosas y las opiniones políticas inusuales, y al mismo tiempo muy tolerante con las personas obesas o de edad avanzada. ¿Y qué queremos decir con «cultura musulmana»? ¿Hablamos de la península arábiga en el siglo VII? ¿Del Imperio otomano en el siglo XVI? ¿De Pakistán a comienzos del siglo XXI? Por último, ¿cuál es el parámetro de comparación? Si nos importa la tolerancia hacia las minorías religiosas y comparamos el Imperio otomano del siglo XVI con Europa occidental en el siglo XVI, concluiríamos que la cultura musulmana es extremadamente tolerante. Si comparamos el Afganistán bajo los talibanes con la Dinamarca actual, llegaríamos a una conclusión muy distinta.

Sin embargo, el peor problema de las afirmaciones culturistas es que, pese a su naturaleza estadística, se usan con demasiada frecuencia para prejuzgar a las personas. Cuando un Warmlandés nativo y un inmigrante coldiano solicitan el mismo puesto en una empresa de Warmland, el gerente puede preferir contratar al Warmlandés porque «los Coldianos son fríos y poco sociables». Aunque esto sea cierto desde el punto de vista estadístico, ¿y si este Coldiano en particular es en realidad mucho más cálido y extrovertido que este Warmlandés en particular? Aunque la cultura importa, las personas también están moldeadas por sus genes y por su historia personal única. A menudo, las personas contradicen los estereotipos estadísticos. Tiene sentido que una empresa prefiera empleados sociables a empleados huraños, pero no que prefiera a los Warmlandeses antes que a los Coldianos.

Todo esto, sin embargo, matiza afirmaciones culturistas concretas sin desacreditar el culturismo en su conjunto. A diferencia del racismo, que es un prejuicio acientífico, los argumentos culturistas a veces pueden ser bastante sólidos. Si examinamos las estadísticas y descubrimos que hay pocos Coldianos en puestos directivos de las empresas de Warmland, quizá se deba a un buen criterio, y no a la discriminación racista. ¿Deberían los inmigrantes coldianos resentirse por esta situación y afirmar que Warmland está incumpliendo el acuerdo migratorio? ¿Deberíamos obligar a las empresas de Warmland a contratar a más directivos coldianos mediante leyes de «acción afirmativa», con la esperanza de apaciguar la cultura empresarial de mal genio de Warmland? ¿O quizá la culpa sea de los inmigrantes coldianos, por no asimilarse a la cultura local, y por tanto deberíamos esforzarnos más y con mayor firmeza por inculcar a los niños coldianos las normas y los valores warmlandeses?

Al volver del ámbito de la ficción al de los hechos, vemos que el debate europeo sobre la inmigración dista mucho de ser una batalla nítida entre el bien y el mal. Ambos bandos sostienen opiniones legítimas. Como seres humanos, debemos preocuparnos por el sufrimiento de los extranjeros, pero eso no significa que los países estén obligados a admitir un número ilimitado de inmigrantes. Quienes apoyan la inmigración se equivocan al presentar a todos sus adversarios como racistas inmorales, mientras que quienes se oponen a ella se equivocan al presentar a todos sus adversarios como lunáticos irracionales. El debate sobre la inmigración enfrenta dos opiniones legítimas, y puede y debe resolverse mediante el proceso democrático habitual. Para eso sirve la democracia.

Sea cual sea la conclusión a la que llegue el proceso democrático, hay que tener presentes dos puntos clave. En primer lugar, sería incorrecto que cualquier gobierno impusiera una inmigración a gran escala a una población local que no la desea. La acogida de inmigrantes es un proceso difícil y prolongado, y para integrarlos con éxito es necesario contar con el apoyo y la cooperación de la población local. La única excepción a esta regla es que los países están obligados a abrir sus fronteras a los refugiados que escapan de la muerte en un país vecino, aunque a la población local no le guste.

En segundo lugar, aunque los ciudadanos tienen derecho a oponerse a la inmigración, deberían comprender que siguen teniendo obligaciones hacia los extranjeros. Vivimos en un mundo globalizado y, nos guste o no, nuestras vidas están entrelazadas con las de personas al otro lado del planeta. Cultivan nuestros alimentos, fabrican nuestra ropa, quizá mueran en una guerra librada por el precio que pagamos por el petróleo y quizá sean víctimas de nuestras laxas leyes medioambientales. No deberíamos ignorar nuestras responsabilidades éticas hacia las personas solo porque viven lejos.

Yuval Harari es profesor titular del Departamento de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Adaptado de 21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Harari, publicado por Jonathan Cape, sello de Penguin Random House, división de Penguin Publishing Group, LLC. Copyright © 2018 de Yuval Harari.

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