A lo largo de mi vida, me han guiado las historias de grandes líderes, como Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela. Las propias vidas de estas figuras extraordinarias son mensajes que siguen inspirando a millones de personas.
Sin embargo, hay una ironía. Las vidas de estas personas nos parecen relatos épicos de grandes luchas. Pero, si prestamos atención a lo que realmente hicieron y dijeron, el mensaje es que el liderazgo no consiste en tomar decisiones épicas, sino en las elecciones que hacemos en nuestra vida cotidiana. Solo en retrospectiva parecen épicas.
Me vino a la mente una historia que quiero compartir. Es una de las muchas historias que Michael Ajeo Paul podría contarles. Michael es educador y empresario de la ciudad de Torit, en Sudán del Sur. El verano pasado, en medio de la guerra civil que sigue desgarrando el país, se enteró por casualidad de que unos soldados ocupaban una escuela de su barrio. Michael se acercó al comandante de las tropas: «Le expliqué que impedir el acceso a las escuelas destruía el futuro de toda la comunidad —cuenta—. Una comunidad en la que algunos de los soldados tenían padres, hermanos, hermanas, sobrinas y sobrinos. Finalmente aceptaron marcharse. Fue una gran victoria».

Valores y visión
La historia de Michael trata del verdadero liderazgo: una actitud que combina capacidad de respuesta y responsabilidad. Michael es un verdadero líder porque respondió tomando una iniciativa que en aquel momento parecía audaz, y actuó con responsabilidad al consultar a las demás personas implicadas antes de emprender una acción concreta. Esto es lo que queremos admirar en los líderes: la capacidad de actuar con eficacia, inspirada en valores y una visión que, a su vez, expresa.
Michael es uno de los jóvenes líderes formados y respaldados por mi fundación, la Iniciativa Whitaker para la Paz y el Desarrollo (WPDI). Se creó para empoderar a mujeres y hombres jóvenes y convertirlos en agentes de cambio positivo en sus países y comunidades. Creo que los jóvenes, a menudo atrapados en ciclos destructivos de violencia, tienen la pasión y la creatividad necesarias para guiar a sus comunidades por un camino distinto, de paz y desarrollo sostenible. Si canalizamos su energía colectiva para hacer el bien, sus chispas encenderán un fuego capaz de disipar hasta la oscuridad más impenetrable.
Cultivar el liderazgo requiere delicadeza y paciencia. Debemos facilitar el desarrollo del talento y ofrecerle un entorno donde pueda crecer. Formamos a jóvenes prometedores en un conjunto integral de competencias que abarca desde la resolución de conflictos hasta la gestión de proyectos. En lugares con poca conexión a Internet, proporcionamos teléfonos y tabletas. En zonas remotas, construimos centros comunitarios donde las personas pueden acceder a computadoras, servicios bibliotecarios y cursos de alfabetización, informática y negocios. Trabajamos en campamentos para personas desplazadas y refugiadas, animando a los jóvenes a renunciar a la violencia y participar en actividades de construcción de la paz, y movilizamos el deporte y el cine para sensibilizarlos sobre la necesidad de la tolerancia y el diálogo.
Con el paso de los años, a medida que estas actividades se afianzan, veo cómo las jóvenes y los jóvenes a quienes orientamos desarrollan actitudes de liderazgo, y cómo sus perspectivas sobre sus vidas y comunidades se vuelven más ricas y lúcidas. Comprenden que tienen algo en juego y un papel que desempeñar para mejorar las cosas.
Pero no podemos pedirles que sean líderes solo en tiempos de conflicto y crisis. También deben poder sobresalir en la labor cotidiana de mantener viva la paz mediante acciones de todos los días.
Por eso quiero que la WPDI sea una incubadora de sus proyectos comunitarios. Nosotros aportamos recursos tangibles e intangibles; ellos aportan las ideas y la energía. Estos proyectos pueden ser exclusivamente educativos: nuestros equipos en México enseñan resolución de conflictos a jóvenes en escuelas y prisiones. Sin embargo, muchos combinan la educación con un componente empresarial. Michael, por ejemplo, está desarrollando una empresa agropecuaria en la que formará e incorporará a jóvenes de las comunidades locales.
En efecto, cuando hablamos con jóvenes de comunidades propensas al conflicto en Sudán del Sur y Uganda, nos dicen que el problema es el aislamiento y la falta de acceso a servicios. Nos cuentan que el potencial de la juventud se pierde en conductas violentas porque no hay empleos ni actividades gratificantes desde el punto de vista social. La mayoría quiere poner en marcha un negocio útil que responda a necesidades específicas (les pedimos que realicen estudios de mercado) y movilice a otros jóvenes para emprender actividades profesionales de las que puedan obtener ingresos.
Michael y todos sus compañeros de México, Sudán del Sur y Uganda me han enseñado mucho sobre el liderazgo. Sus ejemplos me han hecho comprender que muchos más jóvenes de lo que creemos llevan dentro las semillas del liderazgo. Muchos más de lo que creemos pueden sorprendernos.
Para revelar ese potencial, sobre todo, debemos confiar en los jóvenes y en su capacidad para dar forma a su futuro y al nuestro: apoyar el liderazgo cuando lo vemos es lo responsable y lo que demuestra capacidad de respuesta.
Forest Whitaker participa en la Reunión Anual en Davos para recibir el Premio Crystal de 2017 por su liderazgo en la construcción de la paz y la resolución de conflictos.
