No debemos subestimar el poder de los productos culturales. Pueden cambiar el mundo

Cultural influence ... people and dogs wearing costumes inspired by Korean series Squid Game
People and dogs wearing costumes inspired by Korean series Squid Game.Image: Reuters/Heo Ran
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  • Los productos culturales ejercen una gran influencia en las relaciones internacionales.

  • También pueden propiciar cambios sociales en muchos ámbitos distintos.

  • En consonancia con esta importancia, los creadores deberían estar más integrados en los foros internacionales.

Los productos culturales, como las películas y las series de televisión, son una opción de ocio habitual en todo el mundo y han estado especialmente presentes en nuestras vidas durante la pandemia. Entonces, ¿por qué, dada la gran influencia que tienen en nuestra vida cotidiana, en los titulares y en las tendencias mundiales, a menudo se los considera mero entretenimiento?

Hace unos años, Nico Daswani planteó una pregunta similar en Agenda, y ahora quiero exponer más argumentos sobre por qué los creadores tienen un gran poder para impulsar el cambio y deberían estar mejor representados en foros internacionales como el Foro Económico Mundial, junto a los directores ejecutivos de las mayores empresas del mundo o, por ejemplo, como presencia permanente en las reuniones del G20. Para ello, quiero abordar estos productos desde dos perspectivas: como herramientas para las relaciones internacionales y como herramientas para el cambio social.

En el ámbito de las relaciones internacionales, estos productos pueden impulsar el turismo, el aprendizaje de idiomas, los productos locales y la imagen de un país en el extranjero. En cuanto al turismo, Braveheart podría haber aumentado en un 300 % las visitas a Escocia durante el año posterior a su estreno, y Diarios de motocicleta y Juego de tronos tuvieron un impacto similar en Sudamérica y en la ciudad de Dubrovnik, Croacia, respectivamente. En cuanto al aprendizaje de idiomas, El juego del calamar provocó un aumento del interés por el coreano, y Outlander por el gaélico escocés, una lengua que hasta hace poco solo hablaba con fluidez el 0,6 % de la población escocesa.

La comedia adolescente A todos los chicos de los que me enamoré provocó un aumento inesperado del interés por la marca japonesa Yakult, y la película Entre copas aumentó las ventas de pinot noir. Estudios muestran que consumir medios de comunicación de un país determinado aumenta el interés por los productos de ese lugar, como ocurrió en el caso de Top Gun y las gafas Ray-Ban diseñadas en Estados Unidos, o de Stranger Things y los Eggos durante la primera temporada. Por último, los productos culturales pueden mejorar mucho la imagen de un país en el extranjero: La investigación muestra, por ejemplo, que mejoró la imagen que Portugal tenía de Brasil después de que se emitieran allí telenovelas brasileñas, y que la pasión de Rusia por las telenovelas brasileñas hizo que algunas palabras del portugués brasileño se incorporaran al idioma. Sin embargo, al hablar del cine y la televisión como herramientas para las relaciones internacionales, es importante distinguir los ejemplos anteriores de las películas de propaganda sesgada, como la promoción genérica de los ejércitos estadounidense o chino en los respectivos éxitos de taquilla de esos países.

Como herramientas para el cambio social, estos productos pueden generar debates en todo el mundo, impulsar llamamientos a la acción en favor de causas más amplias, ampliar la representación en pantalla de minorías desatendidas y también estimular la reflexión y el cambio individuales.

Generar debate es una de las cosas que mejor hacen los productos culturales: Una verdad incómoda concienció sobre el cambio climático, aunque se hizo poco al respecto en los años siguientes; El día de mañana también fue un catalizador del debate y la concienciación sobre los posibles efectos del calentamiento global. Super Size Me provocó pérdidas de beneficios a las cadenas de comida rápida y desató un intenso debate sobre la alimentación saludable. Más recientemente, No mires arriba también abordó los temas de la gobernanza y el cambio climático, con científicos debatiendo sobre la realidad y la ficción, y personas de todo el mundo encontrando paralelismos entre la película y sus propios gobiernos.

Los productos culturales también pueden dar lugar a llamamientos más directos a la acción, como ocurrió con el documental de 2013 Blackfish, que denunció el trato que recibían las orcas en los parques acuáticos de Estados Unidos. Provocó una reacción de rechazo generalizada contra SeaWorld, con las consiguientes pérdidas de beneficios y multas. El documental de Errol Morris de 1988, The Thin Blue Line dio lugar a un nuevo jurado en un caso de asesinato en Texas y a la libertad de un hombre inocente. Por último, el documental Virunga contribuyó a impulsar una campaña de defensa contra las empresas petroleras que pretendían explotar un parque nacional de Uganda.

Las películas y las series de televisión también pueden mejorar la salud mental de niños y adolescentes al aumentar la representación de las mujeres y las minorías, mientras que la representación distorsionada crea estereotipos perjudiciales que repercuten en la vida cotidiana, entre otras cosas, al perpetuar la falta de diversidad entre los creadores. Por último, las películas también pueden catalizar cambios personales: por ejemplo, una de cada nueve mujeres en todo el mundo, y una de cada cuatro en Brasil, ha tenido el valor de dejar una relación abusiva gracias a modelos femeninos positivos en el cine y la televisión.

Dado este claro potencial para generar impacto en tantos ámbitos distintos, es necesario garantizar que más creadores tengan voz fuera de la burbuja de su sector. Son personas que ejercen influencia a escala mundial de formas que muchas otras iniciativas no pueden reproducir. Desde ayudar a preservar una lengua en vías de desaparición hasta garantizar un mejor trato a los animales y ayudar a las mujeres a salir de situaciones de maltrato, la narración visual tiene un poder real.

Al mismo tiempo, varios países están recortando la financiación de las artes, como el Reino Unido, Finlandia y Brasil, lo que va en contra del bien tangible que aportan a la sociedad. Para lograr un mayor impacto e impulsar el cambio social, las artes deben tomarse en serio y contar con financiación adecuada e incentivos en todos los ámbitos: desde la formación de nuevos talentos hasta las organizaciones que apoyan nuevos proyectos (como el World Cinema Fund) y las que garantizan una remuneración adecuada para los artistas (como este proyecto de Irlanda).

También preocupa la escasa presencia de creadores en los foros internacionales, donde a menudo participan entre paneles solo para entretener. Es necesario integrarlos más en estos foros por su capacidad para hacer aportaciones significativas, no solo con ideas sobre la mejor manera de llegar al público (por ejemplo, con cines temporales en zonas remotas del mundo) y concienciar (por ejemplo, vinculando películas con campañas de defensa), sino también con conocimientos temáticos: los cineastas que han pasado años sobre el terreno investigando y filmando temas concretos pueden tener tantos conocimientos prácticos como los responsables de formular políticas. Combinar la experiencia de personas con distintos bagajes puede aportar soluciones innovadoras a los problemas mundiales. Ha llegado el momento de que los foros internacionales reconozcan el potencial de los creadores e incorporen sus diversas experiencias.

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