Esta es una versión editada de una entrevista con Gillian Tett para el pódcast Book Club.
La periodista del Financial Times y autora Gillian Tett habla de su nuevo libro, Anthro-Vision: cómo la antropología puede explicar los negocios y la vida.
Sostiene que recurrir a conceptos de la antropología, junto con los de otras ciencias, puede ayudar a abordar los mayores problemas a los que se enfrenta el mundo actual.
Nuestros esfuerzos por abordar el cambio climático y las pandemias, y por utilizar la inteligencia artificial de manera ética, podrían beneficiarse de una perspectiva antropológica.
En 2005, Gillian Tett escribió un memorando a sus colegas del Financial Times en el que argumentaba que el periódico debía dedicar más tiempo a cubrir las partes sumergidas del «iceberg financiero», como el crédito y los derivados.
«Los mayores riesgos del mundo no suelen ocultarse mediante una trama pérfida al estilo de James Bond», afirma hoy la editora general para Estados Unidos del FT, quien predijo la crisis financiera de 2007-8.
«En 2005-6, los banqueros no tramaban un plan descabellado para esconder en algún túnel oscuro lo que hacían con la innovación financiera. En realidad, la mayoría de los problemas estaban a plena vista, pero se ignoraban debido a los patrones culturales».
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En su nuevo libro, Anthro-Vision, Tett explica cómo un doctorado en antropología la ayudó a predecir el desplome financiero: se dio cuenta de que los banqueros, aislados en compartimentos estancos, tenían una visión de túnel que les impedía ver el contexto más amplio y las consecuencias en el mundo real de los productos que vendían.
Desde la COVID-19 hasta la crisis climática y la inteligencia artificial, Tett explica al pódcast Book Club cómo adoptar una perspectiva empática y cercana, como la de un gusano, sobre los riesgos que enfrenta hoy el mundo puede ayudar a explicarlos y, potencialmente, resolverlos.
¿Cuál es el argumento «empresarial» a favor de la antropología?
Gillian Tett: Todos estamos moldeados por los supuestos culturales que heredamos de nuestro entorno. La cultura no existe en compartimentos: es un espectro de diferencias. Una de las cosas más importantes que debemos hacer en un mundo globalizado y polarizado es reconocer que los supuestos culturales que heredamos son muy poderosos, pero distintos. Y a todos nos beneficia intentar sumergirnos en la vida y la mente de otras personas, y también cambiar la perspectiva para mirarnos a nosotros mismos con mucha más claridad.
Hay un proverbio maravilloso que dice: «El pez no puede ver el agua». No podemos ver nuestros propios supuestos y prejuicios culturales a menos que salgamos de nuestra pecera, preguntemos a otros peces qué piensan de nosotros y luego volvamos a mirarnos. Cuando consideramos ese contexto cultural más amplio, empezamos a entender por qué las herramientas meramente cuantitativas para orientarnos en el mundo, como los balances corporativos, los modelos económicos o los grandes conjuntos de datos, sencillamente no bastan para captar la complejidad de nuestras experiencias culturales actuales.

En el libro, usted defiende un enfoque más integrado e interdisciplinario para resolver problemas...
Gillian: La COVID-19 ha dejado muy claro que no se puede vencer una pandemia solo con la ciencia médica, los macrodatos o la informática. Hay que combinarlos con las ciencias sociales para entender las culturas y los patrones de comportamiento que determinan cómo actúa la gente o por qué no lo hace. Y eso se aplica a todos los problemas que enfrentamos hoy, como el cambio climático, la desigualdad de ingresos y tanto las posibilidades como los peligros de los macrodatos y la inteligencia artificial. En el libro, mi petición es que empecemos a combinar estas distintas disciplinas.
La buena noticia es que hay pruebas de que esto está ocurriendo. Durante la epidemia de ébola en África Occidental, en 2014, tras varios meses de intentos fallidos por combatirla únicamente mediante la ciencia médica, la Organización Mundial de la Salud y otras entidades cambiaron de política y adoptaron más ampliamente las ciencias del comportamiento. Eso fue lo que permitió controlar la epidemia de ébola. Con la COVID-19 se ha dado un proceso de aprendizaje parecido —por desgracia, lento—. En lo que respecta a la campaña de vacunación, se reconoce más la necesidad de combinar estas disciplinas. Ahora tenemos que aplicar esos mismos principios a la lucha contra el cambio climático, a la tecnología y a la IA. Hay algunos avances, pero siguen siendo muy desiguales.
¿Cómo podemos aplicar las enseñanzas de la antropología para abordar el cambio climático?
Gillian: En primer lugar, tenemos que entender las experiencias culturales de las personas en relación con el cambio climático. En una conversación entre [actor] Robert Downey Jr. y John Kerry, enviado de Estados Unidos para el clima, en el sitio web World War Zero, Downey Jr. dice que a la mayoría de la gente le disuade hablar del clima porque le parece aterrador y le hace sentir culpable. Tenemos que encontrar la manera de comunicar estos mensajes a los consumidores con verdadera eficacia y ser sensibles a lo que les impide actuar, o a lo que no, igual que intentamos averiguar por qué algunas personas no se vacunan hoy. No podemos dar por sentado que lo que tiene sentido para un responsable de políticas estadounidense o europeo también lo tendrá para los consumidores de otras partes del mundo.
La segunda manera consiste en mirar más allá de los límites de nuestros modelos. Durante muchos años, los economistas trataron el medio ambiente como algo externo a sus modelos económicos sobre el comportamiento de la economía, las llamadas «externalidades». Los departamentos financieros de las empresas y sus directivos consideraban el medio ambiente una nota al pie de lo que hacían en las cuentas corporativas. Daban por sentado que todos esos recursos eran gratuitos y que podían ignorarse. Las herramientas corporativas, como los modelos económicos y los balances de las empresas, son muy útiles, pero siempre están definidas por los límites de lo que se incluye en los modelos; tienen un alcance acotado. Y tenemos que aprender a mirar más allá de esos límites para entender el contexto. El medio ambiente forma parte indiscutiblemente de ese contexto y está obligándonos a replantear de forma más amplia la economía y la contabilidad corporativa.
La tercera manera es sencilla: los seres humanos tendemos a encasillar a los demás y a rechazar a quienes parecen distintos, pero la antropología sostiene que no podemos hacerlo. Todos estamos interconectados en un espectro de diferencias culturales, en una cadena de humanidad, y cuando se rompe el eslabón más débil de esa cadena, a menudo todos sufrimos. Lo vimos con la COVID: vimos los peligros de ignorar lo que ocurría en lugares lejanos o de fingir que no sabíamos ni nos importaba lo que sucedía en Wuhan. El cambio climático volverá a ponerlo de manifiesto. En un mundo tan estrechamente integrado como sistema global, no podemos permitirnos ignorar a quienes parecen distintos de nosotros.
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¿Puede la antropología ayudar a los líderes a superar los sesgos inconscientes en el trabajo?
Gillian: Contar con diversidad de perspectivas en cualquier lugar de trabajo es muy, muy importante: quizá se tarde más en llegar a una respuesta, pero es menos probable que sea realmente disparatada. Una de las razones de la crisis financiera de 2008 fue la falta de suficientes controles y contrapesos en el sistema financiero. La mayoría de las personas que trabajaban en empresas financieras de Occidente compartían mentalidad, formación, intelecto y perspectiva; muchas eran hombres y estaban aquejadas de pensamiento grupal y visión de túnel. Para que los líderes empresariales, a quienes a menudo les falta, tengan sentido común, hace falta una visión compartida que vaya más allá de un solo grupo de personas.
La antropología reconoce el valor de intentar sumergirse en la mente de otras personas y luego cambiar la perspectiva para mirarse a uno mismo con una nueva claridad. Nos ayuda a pensar en todas las cosas que ignoramos en la vida cotidiana: los llamados silencios sociales, las partes de nuestro entorno que tendemos a pasar por alto porque nos resultan tan familiares o porque las hemos etiquetado de aburridas o propias de frikis. Los silencios sociales nunca son irrelevantes; a menudo son cruciales para explicar cómo funciona realmente el mundo y cómo reproducimos en el futuro los patrones que lo rodean. Conocer otras perspectivas ayuda a descubrir esos silencios sociales.
¿Hemos aprendido las lecciones de la crisis financiera?
Gillian: Sí, en algunos aspectos concretos: no volverá a producirse otra crisis causada por las hipotecas de alto riesgo y predigo que probablemente tampoco habrá otra crisis provocada por la falta de capital en el sistema bancario regulado. Todo eso resulta muy alentador. Pero creo que todavía debemos ser más imaginativos al pensar en los riesgos futuros y reconocer que las amenazas casi siempre surgen donde hay compartimentos estancos; suelen aparecer cuando los problemas se cuelan por las grietas entre las instituciones existentes. También surgen cuando se ignora la importancia de los patrones culturales, los incentivos, el comportamiento tribal y las dinámicas sociales.
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¿Cuáles cree que son los mayores riesgos potenciales a los que nos enfrentaremos en el futuro?
Gillian: En los últimos años hemos visto surgir en el sector tecnológico un patrón similar de tribalismo intenso, pensamiento grupal y visión de túnel. Eso es preocupante. En los años previos a 2020 vimos una tendencia a ignorar las ciencias sociales en el ámbito de la medicina. Hace un par de años escribí una columna en la que decía que la gente ignoraba lo que ocurría en los rincones más especializados de la medicina y los riesgos de las pandemias, igual que antes de 2007 ignoraba esos rincones de las finanzas. Hoy ignoramos algunas de las grandes cuestiones éticas que plantean la IA y las finanzas.
Francamente, hoy también ignoramos muchos de los problemas relacionados con la IA en general porque, una vez más, el conocimiento técnico está en manos de un pequeño grupo de tecnócratas de élite, a quienes el resto del mundo tiende a ignorar porque sus actividades se consideran aburridas, propias de frikis y tediosas y, por tanto, carentes de interés para los demás.
¿Cómo puede ayudarnos la antropología a reflexionar sobre la IA?
Gillian: Tenemos que entender el contexto en el que se crea y se implementa la IA, así como el contexto de las personas. El tribalismo de quienes programan la IA importa mucho. Hemos visto cómo se incorporan sesgos por la falta de diversidad en los equipos de programación. Pero también debemos reflexionar sobre cómo se implementa y se concibe la IA en el desarrollo de productos, y si quienes la implementan son capaces de entender el contexto social y ético. Alex Karp, director de Palantir, una de las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley, señaló durante la presentación bursátil de salida a bolsa del año pasado que estamos poniendo enormes cantidades de poder en manos de un pequeño grupo de élite informática que trabaja en compartimentos estancos, que quizá no quiera ese nivel de poder y que probablemente no esté preparado para gestionarlo.
La IA es una herramienta increíblemente útil. Pero, básicamente, funciona reuniendo enormes cantidades de datos sobre la actividad humana, buscando correlaciones y extrapolándolas al futuro. Y hacerlo tiene sus límites. Si se buscan datos sobre lo que hacemos y decimos, se tiende a ignorar los silencios sociales, porque por definición lo que no decimos no queda registrado. En segundo lugar, correlación no es causalidad: no se puede entender por qué actúa la gente si se supone que todo puede juzgarse observando solo correlaciones y datos. En tercer lugar, el contexto cambia, lo que significa que lo ocurrido en el pasado reciente no siempre refleja lo que sucederá en el futuro.
La cultura no es un patrón sencillo, nítido y lineal que pueda analizarse con la física newtoniana. Es una entidad increíblemente compleja, contradictoria y desconcertante, que existe en un espectro de diferencias, no en compartimentos, y cambia constantemente de maneras sutiles. Se parece más a un río.
Las plataformas de IA pueden analizar los mercados financieros, examinar datos médicos, diseñar cohetes y jugar al Go, pero ninguna ha inventado un buen chiste. Por definición, los chistes definen o expresan grupos sociales, porque hay que pertenecer a un grupo para compartir los supuestos culturales necesarios para entenderlos. Además, los chistes juegan con las distintas capas de nuestra cultura, incluidos los silencios sociales. Los programas de IA son útiles, pero tienen limitaciones; por eso, para funcionar con la máxima eficacia en el mundo actual, la IA necesita un segundo tipo de inteligencia artificial: la inteligencia antropológica.
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