El Mundial de 2026 fue escenario de varias decisiones arbitrales muy debatidas, basadas en inteligencia artificial, tecnología de automatización y el VAR.
Esto mostró cómo la tecnología de IA puede perfeccionar la detección sin corregir las reglas, las instituciones ni las estructuras de poder en las que opera.
En cambio, acelera sus defectos y pone de relieve por qué la fórmula «humano en el circuito» es una respuesta incompleta en materia de gobernanza que debe abordarse.
Toronto, 2 de julio, minuto 103.
El croata Joško Gvardiol introduce a trompicones el balón en la portería de Portugal para empatar una eliminatoria del Mundial. Entonces, el árbitro Espen Eskås se acerca a unapantalla junto al terreno de juego, donde el partido no se decide con una repetición, sino con una forma de onda: un «gráfico de latido» de un sensor dentro del balón, que registra un pico cuando este roza la cabeza —quizá solo el pelo— de Igor Matanović. Ninguna cámara captó el contacto. El sensor sí.
Ese contacto fantasma dejó en fuera de juego a un compañero. El gol fue anulado, Croacia quedó eliminada, la FIFA declaró que el contacto estaba«probado», y los aficionados lanzaron botellas.
ConEspaña ya coronada campeona del Mundial, la paradoja del torneo queda clara: cuanto más mide el fútbol con exactitud sus jugadas polémicas, más evidente resulta que la justicia no puede diseñarse solo mediante la detección. Un sistema puede acertar al milímetro y, aun así, dejar a todo un estadio convencido de que se cometió una injusticia.
Esta lección va mucho más allá del deporte. A partir de agosto de 2026, laLey de IAde la UE impondrá obligaciones esenciales a los sistemas de inteligencia artificial (IA) de alto riesgo utilizados en la contratación, el crédito, las prestaciones sociales y la seguridad fronteriza, mientras los gobiernos automatizan decisiones trascendentales. El Mundial acaba de poner a prueba, ante la mayor audiencia del mundo, lo que estos sistemas pueden y no pueden ofrecer.
Lo que las máquinas hacen y lo que no hacen en realidad
No todo lo que se denomina «VAR» —siglas de árbitro asistente de vídeo— es inteligencia artificial.
Latecnología semiautomatizada para detectar el fuera de juegodel Mundial rastreó las extremidades de los jugadores mediante cámaras y visión artificial, contrastándolas con escaneos 3D de los 1.248 jugadores, y señaló los fueras de juego claros directamente a los árbitros sobre el terreno. Mientras tanto, el balón adidas Trionda utilizado en los partidos llevaba un sensor inercial que registraba su movimiento 500 veces por segundo.
Estos son sistemas automatizados. El VAR no lo es: consiste en personas que revisan vídeos conforme al protocolo de laInternational Football Association Board (IFAB), y solo pueden intervenir ante un «error claro y manifiesto»; las decisiones finales corresponden al árbitro.
Con cámaras corporales y anuncios en los estadios en los 104 partidos, la arquitectura se parecía a lo que aspira a lograr la regulación de la IA: medición automatizada, supervisión humana, umbrales definidos y explicaciones públicas.
La decisión sobre Croacia fue casi con toda seguridad acertada, pero provocó un rechazo furioso. La precisión de la medición plantea si el sensor detectó un contacto real; la validez interpretativa, si un roce imperceptible debería tener consecuencias decisivas para el partido. La justicia procesal plantea si se trata igual a los casos similares.
La «legitimidad institucional» (un concepto que heestudiado en profundidaden mi investigación doctoral sobre IA y derecho en África) plantea si el organismo que dirige el sistema se ha ganado que se acaten sus decisiones. La confianza pública es el saldo de esos cuatro factores. El sensor respondió de forma excelente a la primera pregunta y dejó intactas las demás.
La interpretación de «humano en el circuito» nunca desaparece
Días después del partido entre Croacia y Portugal, Egipto ganaba a Argentina en octavos de final cuando el gol de contraataque de Mostafa Zico fueanulado por una falta en la jugada previa, lejos de la portería. Ningún sensor lo decidió. Un árbitro asistente de vídeo juzgó que el contacto era una infracción, y el árbitro principal estuvo de acuerdo ante el monitor.
Los exárbitros de élite discreparon, y la federación egipciapresentó una queja formal. Los seres humanos decidieron de antemano qué conductas constituyen una infracción, cuándo se justifica intervenir y quién recibe las explicaciones.
El fuera de juego se ha convertido en parte en una cuestión de medición, pero las faltas, la intención y la temeridad no pueden reducirse a eso, porque son cuestiones normativas. La tecnología opera dentro de un reglamento y una institución creados por personas.
Todas las decisiones polémicas tuvieron al menos un «humano en el circuito» que recomendó, decidió y sancionó. Sin embargo, la desconfianza persistió, porque el eslogan de siempre no responde a ninguna de las preguntas que determinan la justicia. ¿Qué persona? ¿Nombrada por quién? ¿Sometida a qué presiones? ¿Explicando qué? ¿Con qué posibilidad de revisión?
Comparemos, por ejemplo, dos tarjetas rojas. El inglés Jarell Quansah fue expulsado tras una revisión asistida por el VAR y recibió unasanción de dos partidossin posibilidad de apelación durante el torneo; según trascendió, Inglaterra estaba indignada porque al árbitro le mostraron primero una imagen fija de los tacos sobre la espinilla, en lugar de la secuencia en movimiento.
Días antes, el estadounidense Folarin Balogun había recibido una tarjeta roja y una sanción automática que la FIFAsuspendió después de que el presidente Donald Trump presionara al presidente de la FIFA. Fue una revocación sin razonamiento publicado, que la UEFA dijo que«cruzó una línea roja»y que ahora está siendo examinada porresponsables de ética olímpica.
El mismo reglamento, la misma tecnología, medidas correctivas radicalmente distintas.
Una persona puede corregir a una máquina, pero también puede deferir ante ella, aplicar las reglas de manera inconsistente, ceder a presiones políticas o dar autoridad a un proceso opaco. La representación también es gobernanza. Las imágenes fijas, la cámara lenta y los avatares 3D pulidos transmiten una certeza que quizá no tenga el juicio subyacente.
La lección más profunda es estructural. La tecnología se promociona como el ingrediente que inyectará neutralidad en sistemas defectuosos. Pero la IA no llega antes que las reglas, las instituciones o el poder. Llega después, dentro de estructuras que ya distribuyen de forma desigual la autoridad, los errores y las medidas correctivas. Y puede acelerarlas, con todos sus defectos. El fútbol mejoró su visión; no mejoró su constitución. Ningún sensor falló. El trabajo lo hizo una llamada telefónica.
Este patrón se repite cuando un modelo muy preciso que evalúa el riesgo de fraude de quienes solicitan prestaciones sociales no dice nada sobre si las reglas de elegibilidad son justas, ni sobre si una familia señalada por error puede impugnar la decisión. Un sistema de vigilancia fronteriza de precisión exquisita no determina si la política que aplica es legal o humana.
Gobernar el sistema de toma de decisiones, no el modelo
Nada de esto es un argumento contra la tecnología. Las decisiones semiautomatizadas sobre el fuera de juego eliminaron una categoría de errores claros, y las herramientas de transparencia representan un progreso real. Pero la innovación tecnológica debe ir acompañada de innovación institucional en cinco frentes:
Revisar las reglas antes de automatizarlas, porque la automatización las aplica sin descanso.
Separar la medición del juicio.
Diseñar mecanismos efectivos de impugnación: explicaciones accesibles y medidas correctivas coherentes (no recursos que aparecen o desaparecen según la conveniencia política).
Hacer visible la rendición de cuentas para que la responsabilidad no se diluya entre quien desarrolla el sistema, el funcionario y la institución.
Evaluar la legitimidad, no solo la precisión: la coherencia, la proporcionalidad y el impacto desigual, con el mismo rigor que el rendimiento técnico.
Incluso la final siguió el mismo patrón. El argentino Enzo Fernández fue expulsado en el minuto 93, después de que el VAR revisara y confirmara su segunda tarjeta amarilla conforme a unaregla nueva para 2026, y un torneo que España ganó 1-0 en la prórroga terminó igualmente entretitulares sobre la polémica arbitral.
El camino de este campeón se midió con más precisión que ningún otro en la historia. Que se recuerde o no como justo no depende de toda esa maquinaria. Antes de pedir a la IA que aplique sus reglas con mayor eficiencia, las sociedades deben decidir si esas reglas, las instituciones que las administran y los procesos para impugnarlas merecen ser acelerados.

