"While Black" (siendo negro): frase corta que indica la caracterización racial tan frecuente en los Estados Unidos que los afroamericanos la han experimentado de manera casi generalizada. Los verbos que acompañan a la frase representan las actividades más mundanas de la vida cotidiana, pero cuando se juntan, estas dos palabras denotan una caracterización racial que provoca enfrentamientos potencialmente mortales con la policía: "driving while Black" (conducir siendo negro), "jogging while Black" (correr siendo negro), o incluso "barbecuing while Black" (hacer una barbacoa siendo negro). El uso omnipresente del teléfono móvil y las redes sociales han expuesto más ampliamente el fenómeno, pero no es nada nuevo. Ni siquiera para mí.

Durante el verano de 1967, tenía 14 años en mi ciudad natal de Belleville (Nueva Jersey) y quería jugar al fútbol en mi primer año de secundaria y hacer las cosas normales que hacen los chicos en esa incómoda transición de la adolescencia a la edad adulta. Gran parte de mi educación fuera del colegio se debió al tiempo que pasé en Newark, donde exploré la vida de los negros de una manera que no era posible en el suburbio predominantemente blanco de Belleville. Ya fuera por ir con mi familia a la Iglesia Clinton Memorial, a cenar en los jardines de familiares, o a pasar por la barbería de Coleman para escuchar las coloridas historias de los clientes, Newark parecía un lugar de posibilidades y promesas. Pronto me daría cuenta de lo optimista que era esa percepción.

Los disturbios civiles habían estallado en Newark en respuesta a la detención y la paliza de la policía a un taxista negro por una infracción de tráfico leve. Fue lo que Martin Luther King Jr. había reconocido cuando llamó a las revueltas el "lenguaje de los ignorados", resultado de la tensión y la opresión racial no resueltas de la ciudad, que ponían de relieve las condiciones que provocaron más de 150 levantamientos similares en todo el país durante ese "Largo y caluroso verano".

La noche siguiente, mientras caminaba por Belleville, un coche de policía se detuvo delante a mí y me bloqueó el paso cuando cruzaba una calle del barrio. El oficial me ordenó que me detuviera, y cuando lo hice, me puso boca abajo de un empujón sobre el capó de su coche, mientras me retenía allí y me pedía que le diera las cerillas. Confundido, le expliqué que no fumaba, porque jugaba al fútbol. Aumentó la presión sobre mis brazos y me acusó de venir a Belleville desde Newark para provocar incendios.

Suponía que yo era un alborotador. Un delincuente. Un pirómano. Pero cuando escuchó y reconoció mi apellido me dejó ir, sin disculpas ni explicación. En ese momento me di cuenta de que la raza me definiría ante los demás, independientemente de dónde viviera, qué hiciera o qué tipo de notas sacara. También llegué a comprender la inquietante verdad de que yo pude haberme sumado a las estadísticas. ¿Y si el oficial no hubiera reconocido mi apellido? ¿Y si no le importaba que yo fuera o no de Belleville?

Esta es la clase de pensamientos que se te empiezan a pasar por la cabeza cuando tienes hijos y te das cuenta de que tú también tendrás que echarles "el sermón" que te echaron tus padres. El sermón que todos los padres afroamericanos dan a sus hijos. El sermón que intenta evitar desesperadamente que tu propio hijo se convierta en otro nombre en un cartel de un manifestante.

Ver cómo la vida de George Floyd se desvanecía durante esos insoportables 8 minutos y 46 segundos, observar cómo otros actos de brutalidad policial se desarrollan ante nuestros ojos, leer noticias sobre otros actos violentos e intimidaciones contra personas negras en todos los ámbitos de la vida... Todo eso es suficiente para preguntarnos si las cosas han cambiado mucho en las cinco últimas décadas.

La esperanza de un cambio duradero

A pesar de todo, me encuentro en un estado de optimismo cauteloso. Esto se siente como algo nuevo, una instantánea en el tiempo que recordaremos como el momento en que la gente se hartó y la sociedad se levantó para exclamar al unísono: "ya basta".

Un par de cosas me dan la esperanza de un cambio duradero. La primera es la diversidad del grupo de manifestantes. Cuando uno ve grandes multitudes de caras en su mayoría blancas en estados como Utah y en países como Alemania, no es difícil ver que esto es algo nuevo. Participan personas de todas las edades, razas, orígenes y estatus socioeconómicos.

El otro acontecimiento positivo es la forma en que las encuestas han reflejado sistemáticamente cambios drásticos en la actitud pública. Un sondeo indicaba que la postura favorable hacia el movimiento Black Lives Matter había aumentado drásticamente en los EE. UU. durante las dos primeras semanas de protesta, al duplicarse prácticamente dicha postura favorable. Otra encuesta reciente mostraba que el 76 % de los estadounidenses ahora ven el racismo y la discriminación como un "gran problema". Esta cifra es 26 puntos más elevada de la que se registró hace tan solo cinco años.

Para que el momento sea realmente transformador, este movimiento popular masivo debe transformarse en el tipo de organización que se vio durante el movimiento por los derechos civiles, cuando los objetivos a largo plazo y las estrategias legislativas se combinaron con el valiente activismo del colectivo Freedom Riders. Si esta generación puede ejercer una presión constante sobre las instituciones, necesaria para reformar amplios sectores de la sociedad —el sistema de justicia penal, la vivienda, la educación y la economía— realmente podríamos ver un cambio que perdurase.

Estamos empezando a recordar la efectividad de las marchas por los derechos civiles de los años 1960, con manifestaciones grandes y sostenidas que motivaban a las personas, una vez más, a replantearse sus arraigadas opiniones y convencían a los legisladores para que promulgasen políticas que reflejaran la voluntad popular. Solo en las últimas semanas, la amplia coalición de personas que están defendiendo la igualdad y la justicia ha generado algunos resultados impresionantes, algunos de los cuales nunca creí posibles.

Eliminar el nombre y la imagen de Aunt Jemima (la tía Jemima) —una de al menos nueve de estas acciones corporativas recientes— puede parecer simbólico en gran medida. Sin embargo, los estereotipos racistas son algo más que simbólicos; en este caso, son reliquias hirientes de una época en la que las personas negras fueron relegadas a la servidumbre.

Y no persisten símbolos más odiosos que aquellos que veneran a la Confederación. En 2016 había aproximadamente 1 500 celebraciones públicas de la Confederación (monumentos, nombres de escuelas públicas, días festivos estatales y otros) en 31 estados, algo que resulta impactante si se considera que hubo solo 11 estados confederados. Estas también van a desaparecer, y van desde estatuas hasta nombres de bases militares, reconocidas como celebraciones de la supremacía blanca, no como conmemoraciones de la herencia.

Ahora, cada vez que conduzca por Alexandria (Virginia), ya no me enfadaré ni me desanimaré por la estatua de un soldado confederado que destaca en el centro de la ciudad. Ahora está relegada a la historia, como debió haber sido hace mucho tiempo.

Con otros cambios se ha comenzado a abordar el racismo sistémico. Varias compañías han abandonado los esfuerzos para utilizar y desarrollar software de reconocimiento facial, que se ha demostrado que identifica incorrectamente rostros afroamericanos, indígenas americanos y asiáticos con tasas mucho mayores que los rostros caucásicos. Se ha producido un impulso para prohibir el uso de inmovilizaciones peligrosas mediante estrangulamiento en las fuerzas policiales, desde Denver hasta Washington, DC. El Departamento de Policía de Dallas adoptó una norma que exige que los oficiales intervengan si otro oficial emplea la fuerza de manera excesiva. Atletas y entrenadores profesionales enviaron una carta al Congreso para pedir que se ponga fin a las protecciones legales para los oficiales de policía que han violado los derechos civiles de las personas. Grupos de médicos han declarado que el racismo constituye una crisis de salud pública.

A pesar de estos logros, es instructivo recordar que los períodos de progreso racial, como la Reconstrucción o la época posterior al movimiento por los derechos civiles, se han enfrentado a una reacción violenta para preservar el statu quo. Para mantener el impulso, todos aquellos que valoran una sociedad justa deben presionar a las fuerzas que nos harían retroceder y pasar por alto nuestra torturada historia racial. Como personas, como empresas, como instituciones y como país, debemos trabajar codo con codo para sostener el cumplimiento de la promesa de nación como símbolo de libertad y justicia para todos. Como dijo ilustremente Frederick Douglass: "Si no hay lucha, no hay progreso".

A lo largo de mi vida, he elegido la historia como mi arma preferida para luchar por la igualdad y el cambio social. Tuve el gran privilegio de hacerlo con el primer museo nacional dedicado a contar la historia estadounidense desde una lente afroamericana, y ahora tengo el honor de liderar todo el conjunto del Instituto Smithsonian, un archivo masivo de investigación, erudición, colecciones y capital intelectual. Con ese tipo de recursos podemos crear plataformas como el portal "Talking About Race" (Hablar sobre raza), que ayuda a contextualizar lo que significa este momento e inspira el diálogo sobre la raza y su impacto polifacético en la experiencia estadounidense. Esto es esencial si queremos llegar a la meta que nos hemos marcado como sociedad.

En calidad de alguien que ha experimentado las humillaciones del racismo, tanto de manera sutil como manifiesta, veo signos esperanzadores. Se está escuchando a las personas negras como nunca antes se había hecho; nuestras experiencias ya no se pasan por alto de manera casual. Quizás la sociedad finalmente se haya dado cuenta de lo que Ella Baker, icono de los derechos civiles, dijo hace casi 50 años: "Hasta que la muerte del hijo de una madre negra sea tan importante para este país como la muerte del hijo de una madre blanca, los que creemos en la libertad no podemos descansar".

Creo que, quizás por primera vez en mi vida, es posible que las personas que no están dispuestas a descansar superen en número a las que preferirían permanecer dormidas.

Lonnie Bunch es el secretario del Instituto Smithsonian y líder cultural en el Foro Económico Mundial.