• Lo peor de la pandemia está por venir y el mundo se encuentra en un momento decisivo.
  • Es nuestro deber acometer correctamente el gran reinicio. Aunque los desafíos son mayores de lo imaginado, nuestra capacidad para reiniciarnos también es mayor de lo que creíamos.

Este artículo acompaña el lanzamiento de COVID-19: The Great Reset, el nuevo libro de Klaus Schwab y Thierry Malleret sobre la crisis COVID y sus repercusiones. Puede pedirlo aquí y puede dejar una reseña aquí.

Lo peor de la pandemia está por venir. Hasta la fecha, solo unos pocos países han logrado una contención efectiva del virus, mientras que en la mayoría de las naciones, la COVID-19 está atacando o resurgiendo con brotes locales de diferente envergadura.

En apenas seis meses, la pandemia de COVID-19 ha sumido al mundo en su totalidad, y a cada uno de nosotros, en los tiempos más desafiantes a los que hayamos tenido que enfrentarnos nunca antes. Son momentos decisivos: tendremos que afrontar sus consecuencias durante años y muchas cosas cambiarán para siempre. Se ha generado una interrupción económica de proporciones descomunales que continuará en el futuro, creando riesgos y volatilidad en múltiples frentes políticos, sociales y geopolíticos, y, además, ha aumentado la preocupación sobre el medio ambiente y la extensión del alcance de la tecnología (pernicioso o no) en nuestras vidas.

Ninguna industria o negocio se librará del impacto de estos cambios. Millones de empresas corren el riesgo de desaparecer y muchas otras se enfrentan a un futuro incierto en el que pocos prosperarán.

Desde el punto de vista individual, para muchos, la vida como siempre la conocieron se está desmoronando a una velocidad alarmante. Aparte de esto, las crisis graves favorecen la introspección y fomentan el potencial para la transformación.

Los desequilibrios del mundo actual, sobre todo las divisiones sociales, la falta de justicia, la ausencia de cooperación, el fracaso de la gobernanza y el liderazgo globales y la degradación crítica de nuestros activos naturales han quedado a la vista como nunca antes, y muchos ahora sienten que puede haber llegado el momento de reinventarse.

Podría surgir un mundo nuevo, cuya silueta nos corresponde volver a imaginar y trazar.

El carácter repentino y agresivo del impacto que está causando la pandemia puede hacer que la escala de este desafío parezca abrumadora. Esta impresión se debe en gran medida al hecho de que en el mundo interdependiente e hiperconectado en el que vivimos, los riesgos se amplifican entre sí, de modo que las incertidumbres o problemas individuales son susceptibles de crear efectos rebote, provocando otros (como el desempleo, que potencialmente alimenta el descontento social y el empobrecimiento que desemboca en migraciones masivas involuntarias).

La característica definitoria del mundo actual es la conectividad sistémica, donde no hay cabida para actuar ni pensar de manera aislada, ya que los riesgos convergen. Todos los problemas a escala macro que afectan de modo directo y diario a nuestras sociedades, la economía global, la geopolítica, el medio ambiente y la tecnología no evolucionan de manera lineal.

Se desarrollan, en cambio, como sistemas adaptativos complejos y, como tales, comparten un atributo fundamental: son susceptibles a que los problemas se sucedan sin control produciendo consecuencias extremas, a menudo inesperadas, para las que no estamos preparados. La COVID-19 ya nos ha servido de anticipo de este fenómeno

En gran medida, acontecimientos tan diferentes como el aumento brusco y exagerado del desempleo (un riesgo económico), la ola mundial de disturbios sociales desatada por las protestas del Black Lives Matter (un problema social) y la creciente fractura entre China y los Estados Unidos (un riesgo geopolítico) no habrían tenido lugar sin la pandemia. Cuanto menos, se recrudecieron por ella.

La concurrencia y la gravedad de estos desequilibrios significan que ahora estamos en una coyuntura crítica donde el potencial de cambio es ilimitado y solo queda restringido por nuestra imaginación, para bien o para mal. Las sociedades podrían mostrar una tendencia hacia prácticas más igualitarias o lo contrario; orientarse hacia una mayor solidaridad o propiciar el individualismo; favorecer intereses minoritarios o atender las necesidades mayoritarias. Las economías, cuando se recuperen, podrían caracterizarse por una mayor inclusión y estar más en sintonía con el bien común mundial, o simplemente podrían seguir con las prácticas de siempre, algo que ahora se revela, en muchos sentidos, como un statu quo insostenible.

¿Habrá suficiente voluntad colectiva dirigida a aprovechar esta oportunidad sin precedentes para reinventar nuestro mundo, en una apuesta por hacerlo mejor y más resiliente, a medida que emerge al otro lado de esta crisis?

Esta es la pregunta fundamental de la que depende el éxito del Gran Reinicio. El ámbito del cambio requerido es inmenso y abarca desde la elaboración de un nuevo contrato social hasta la configuración de una mejor colaboración internacional. Pero aunque inmenso, está lejos de ser insuperable, como lo demuestra el caso de la inversión inteligente en el medio ambiente.

El período inmediato posterior a la crisis ofrece un pequeño margen de actuación para acometer una reconstrucción correcta, sin malgastar los 10 billones de dólares que los gobiernos de todo el mundo están invirtiendo para aliviar los efectos de la pandemia de COVID-19. Un modo de inversión inteligente consiste en integrar la resiliencia climática y ambiental en paquetes de estímulo y programas de recuperación.

En el reciente informe de políticas, con participación del Foro Económico Mundial, se estima que la promoción de una economía positiva para la naturaleza podría representar más de 10 billones de dólares al año, con vistas al 2030, en términos de nuevas oportunidades económicas y reducciones de costos. A corto plazo, la asignación de unos 250 mil millones de dólares en fondos de estímulo podría generar hasta 37 millones de empleos positivos para la naturaleza, de una forma altamente rentable. El reinicio del medio ambiente no debe verse como un coste, sino más bien como una inversión que generará actividad económica y oportunidades de empleo.

Debemos acometer de modo correcto el gran reinicio. Puede que los desafíos que se nos presentan sean más graves de lo que hasta ahora hemos querido pensar, pero también puede que nuestra capacidad de reinicio sea mayor de lo que creíamos.