• Actualmente más del 10 % de la población de EE. UU. tiene más de 70 años, en comparación con poco más del 2,5 % en 1920, durante la gripe española.
  • Este cambio repercute considerablemente sobre cómo se propaga la COVID-19, cuántas personas morirán y cómo deberíamos responder a esta y futuras pandemias, escribe el profesor de Economía Andrew Scott.
  • Aprender de las pandemias anteriores es importante, pero ahora es necesario contar con un enfoque único y a medida.

La lucha global contra la COVID-19 ha provocado un aumento de interés en la pandemia de gripe de 1918-20 que provocó la muerte de más de 50 millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, aunque podemos aprender lecciones del pasado, debemos reconocer qué es diferente esta vez y adaptar nuestra respuesta en consecuencia.

Por encima de todo, la sociedad está envejeciendo. En 2018, por primera vez en la historia, el mundo tenía más personas mayores de 65 años que menores de cinco años. Mientras que un poco más del 2,5 % de la población de EE. UU. Tenía más de 70 años en 1920, esa proporción ahora supera el 10 %. Este cambio repercute considerablemente sobre cómo se propaga el coronavirus, cuántas personas morirán y cómo debemos responder a esta y a futuras pandemias.

¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial en relación con el brote de coronavirus?

Una nueva cepa de coronavirus, COVID-19, se está extendiendo por todo el mundo y está causando muertes y graves problemas en la economía mundial.

Para responder a esta crisis se requiere una colaboración global entre gobiernos, organizaciones internacionales y empresas, que ocupa un lugar central en la misión del Foro Económico Mundial como organización internacional para la cooperación público-privada.

El Foro Económico Mundial, en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha creado la Plataforma de Acción contra el COVID. Esta plataforma tiene por objeto catalizar el apoyo del sector privado a la respuesta sanitaria pública mundial al COVID-19, y hacerlo con la magnitud y rapidez necesarias para proteger la vida de los ciudadanos y sus medios de vida, con el fin de encontrar maneras de contribuir a poner fin a esta emergencia mundial lo antes posible.

El Foro, como organización, ya ha apoyado anteriormente iniciativas para la contención de epidemias. En 2017, durante nuestra Reunión Anual, se puso en marcha la Coalición para la Innovación en Preparación para Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), que reúne a expertos del ámbito gubernamental, empresarial, sanitario y académico así como de la sociedad civil, con el fin de acelerar el desarrollo de vacunas. Actualmente, la CEPI está colaborando en la carrera por obtener una vacuna contra esta cepa de coronavirus.

Considere la cantidad de muertes por COVID-19 que se esperan en los Estados Unidos. Un reciente estudio de alto perfil concluyó que, si no se producen cambios de política en los Estados Unidos, el coronavirus provocaría 2,2 millones de muertes. Sin embargo, si la población actual de EE. UU. fuera del mismo tamaño, pero con la estructura de edad (más joven) de 1920, ese número se reduciría hasta 740 000. Esta diferencia resalta los mayores beneficios potenciales de las medidas de distanciamiento social para combatir la COVID-19, lo que justifica aún más el enfoque, incluso si provoca grandes pérdidas económicas.

Cuando el gobierno de los EE. UU. evalúa las medidas de seguridad ambiental o del transporte público, utiliza el concepto del valor de una vida estadística (VVE) para medir la rentabilidad. Considerando este enfoque, Michael Greenstone y Vishan Nigam, de la Universidad de Chicago, calculan que las medidas de distanciamiento social que salvan la vida de 1,7 millones de estadounidenses valen 7,9 billones de dólares, o el 37 % del PIB de los EE. UU. (lo cual superaría incluso las caídas en la economía de la Gran Depresión).

Para el 2050, más del 17% de la población de EE.UU. tendrá más de 70 años.
Para el 2050, más del 17% de la población de EE.UU. tendrá más de 70 años.
Imagen: ONU

Estas cifras reflejan el envejecimiento de la sociedad estadounidense. Usando la distribución por edades de 1920, las ganancias del distanciamiento social serían menos de la mitad; entonces, cualquier confinamiento sería de menos de la mitad del tiempo. Incluso el uso de la estructura de edad de la población de EE. UU. desde 1970 arrojaría ganancias de tan solo 5,7 billones de dólares. En consecuencia, desde el punto de vista económico, el envejecimiento de la sociedad en los 50 últimos años garantiza un período de distanciamiento social un 40 % más largo.

El problema no es solo la creciente población de ancianos, sino también el hecho de que las personas viven más tiempo. Eso hace que sea más valioso salvar vidas a todas las edades, porque más personas tienen más años por delante. El VVE para un estadounidense de 60 a 69 años ha aumentado en 2 millones de dólares en comparación con las tasas de mortalidad de 1933, y en más de 1,25 millones de dólares en comparación con 1970. Incluso los octogenarios han experimentado un aumento de la esperanza de vida durante este período valorado en más de 300 000 dólares en comparación con 1933, y en más de 150 000 dólares desde 1970. Estas ganancias de longevidad aumentan todavía más los beneficios del distanciamiento social y la aceptabilidad de las pérdidas económicas asociadas.

Además, está previsto que estas ganancias aumenten todavía más en las próximas décadas. En 2050, más del 17 % de la población de EE. UU. tendrá más de 70 años , lo que aumentará el valor económico del distanciamiento social a 9,5 billones de dólares, o el 44 % del PIB estadounidense actual.

El envejecimiento de la población también repercute considerablemente sobre quién cosecha los beneficios del distanciamiento social. Según la estructura de edades de 1920 de los EE. UU., tan solo el 22 % de las ganancias llegarían a los mayores de 70 años. Sin embargo, hoy esa participación es un poco más de un tercio y aumentará hasta casi la mitad de aquí a 2050. Con los despidos en el mercado laboral que afectan desproporcionadamente a los jóvenes, la COVID-19 está empezando a alimentar un debate político que enfrenta a las generaciones entre sí.

Pero los intentos de provocar conflictos intergeneracionales son exagerados por varias razones. Para empezar, los jóvenes y los mayores forman parte de las mismas familias y, a menudo, de los mismos hogares. Muchos de los países más afectados por la pandemia, como Italia, se han visto afectados precisamente por sus elevados niveles de mezcla intergeneracional.

Además, los jóvenes acaban envejeciendo. De hecho, las posibilidades de que eso ocurra ahora son mucho mayores que nunca. En 1920, un joven de 20 años en los EE. UU. tenía solo un 50 % de posibilidades de vivir hasta los 70, en comparación con un 80 % de posibilidades en la actualidad. Por tanto, los jóvenes de hoy deberían estar mucho más interesados que sus predecesores hace un siglo en cómo la sociedad cuida la salud de los mayores durante una pandemia que ocurre una vez cada 50 años.

Eso no quiere decir que los responsables políticos deban ignorar los problemas intergeneracionales. Es esencial garantizar un apoyo específico para los jóvenes, tanto ahora como después de la pandemia, especialmente en el caso de los graduados universitarios que acceden al mercado laboral. Una forma de hacerlo es dando prioridad a los trabajadores más jóvenes a medida que el distanciamiento social se relaje gradualmente. Dado que más de diez millones de trabajadores estadounidenses superan los 65 años de edad, este planteamiento gradual minimizaría los costes económicos y de salud pública de dicha política.

A medida que las sociedades sigan envejeciendo en las próximas décadas, también tendremos que invertir en el futuro de forma diferente. En primer lugar, debemos fortalecer nuestra capacidad médica para combatir las pandemias aumentando el suministro de camas de cuidados intensivos, respiradores y otros artículos y equipos básicos. A medida que aumentan los costes de las pandemias, también lo debería hacer la inversión en mitigación médica.

En segundo lugar, los responsables políticos deben centrarse más en mejorar la forma en la que envejecen las poblaciones de sus países. Si bien la tasa de mortalidad de la COVID-19 aumenta con la edad, lo importante no es solo la edad cronológica, sino también el estado de salud subyacente. Las enfermedades del corazón, el cáncer, la obesidad y la diabetes aumentan el riesgo de mortalidad, y su incidencia tiende a aumentar con la edad.

Centrarse en los estudios y las medidas de salud pública que reducen la tasa de envejecimiento biológico es primordial para que la sociedad aproveche plenamente uno de los mayores avances del siglo pasado: el aumento de la esperanza de vida con buena salud. Dichos esfuerzos también serán cruciales para minimizar los costes de futuras pandemias que se produzcan en el transcurso de estas largas vidas.