Abres Instagram. Aparece una influencer en un lugar remoto de Indonesia. En una semana (o menos), el apartado de imágenes para explorar muestra infinidad de fotografías tomadas en el mismo lugar, con idéntico encuadre. ¿Qué ha pasado? ¿De pronto han huido todos a ese lugar que hasta hace unos días no sabías que existía? ¿Habrán salido corriendo a hacerse la misma foto o hay algo que todo el mundo sabe menos tú?

Ya no solo hay países de moda. Hay lugares de moda y, sobre todo, fotos de moda. Para bien o para mal, Instagram, la red social más estética, está cambiando la forma de relacionarnos con los lugares, la manera de diseñar espacios. También nos está condicionando al elegir lugares, tanto destinos turísticos como bares en los que tomar el smoothie más bonito o el aguacate más fotogénico.

Se cocina bonito para la foto. Se compran vestidos bonitos para la foto. A poder ser largos, vaporosos, floreados, que combinen con el paisaje, con las fotos de otros y, sobre todo, con las sandalias más incómodas para viajar con mochila. Hay quienes cobran a otros por pisar esa baldosa o por subir a ese columpio: todo por la foto.

Las instalaciones pop-up decoradas con alimentos gigantes hinchables y en tonos pastel han comenzado a proliferar con la única finalidad de que los visitantes se hagan selfis. Incluso se puede viajar a través de seres inanimados para conseguir la ansiada foto. Ya ni siquiera es necesario estar en el lugar de la imagen.

Como profesor de antropología en la Universidad Miguel Hernández de Elche y experto en turismo, Antonio Miguel Nogués acude a Debord, a Bourdieu y a Veblen para explicar el porqué de estos comportamientos.

Ya se les había buscado explicación antes de Instagram. No obstante, las redes sociales han fomentado y han llevado más lejos ciertos fenómenos. «Lo cierto es que creo que todo lo que ocurre es una extensión de la premisa de Debord sobre la sociedad del espectáculo: una sociedad en la que las relaciones sociales están medidas por imágenes», explica Nogués a Yorokobu.

El peregrino que vuela

En el aeropuerto de Alicante se repite una estampa curiosa. En la cola para embarcar hacia Santiago de Compostela, suele haber una persona, dos o tres, que visten el uniforme del peregrino. Es decir: botas y pantalones de senderismo, polar, mochila (a veces cubierta por una capa impermeable), una concha que cuelga y alguna cruz de Santiago. Para caminar mucho, pensaría cualquiera. No: para subir a un avión que aterrizá en una hora y media.

¿Qué contarán esos conocidos de sus experiencias en este nuevo Camino de Santiago por aire? Se harán la foto en el Obradoiro y contarán lo que quieran.

Según Nogués, «la verdad ha pasado de ser necesaria a ser contingente». Lo que quiere decir con esto es que ya no es necesario hacer el Camino de Santiago para creer o hacer creer que se ha hecho el recorrido a pie. Ya no importa tanto si se camina o se llega volando si es posible compartir en redes sociales un selfi con aspecto de peregrino al llegar a Santiago.

A veces, ni eso: «Lo importante no es que necesariamente tenga que haber estado allí en persona para que tu viaje sea verdad, sino que es suficiente que muestres en tu vida virtual que tu avatar sí está».

A propósito de esta sustitución, han aparecido en los últimos años agencias de viaje que permiten enviar peluches como sustitutos de personas que no se pueden desplazar. En Japón, donde no es extraño que seres inanimados remplacen a personas para evadir la soledad, existe Unagi, una agencia que permite enviar peluches de viaje y seguir sus aventuras mediante foto o vídeo.

Sonoe, la responsable de Unagi, explicó a Yorokobu en otro reportaje que, tras hacer una anguila de peluche, sus amigos tomaron por costumbre llevarla de viaje por el mundo. «Mientras yo estoy en Tokio, mi anguila está de viaje. Así descubro el mundo a través de ella», dijo.

Lo que ocurre hoy, con la influencia de Instagram y otras redes sociales, es que la temporalidad del viaje ha cambiado. Antes se contaba en pasado, al regresar, que es como se sigue contando en la vida real. La excepción era la correspondencia, pero igualmente tardaba en llegar: pronto se convertía en pasado.

En el mundo virtual, en cambio, el viaje se cuenta en presente, en la mayoría de los casos. La proliferación de herramientas como las historias de Instagram y Facebook, que permiten la retransmisión en directo y que desaparecen en 24 horas, han impulsado definitivamente esa inmediatez de la narración del periplo y han permitido que cada vez sea más fácil desplazarse junto a otras personas sin levantarse del sofá.

Esto, a ojos de Nogués, hace que el viaje no acabe nunca. «Siempre es presente porque, de hecho, [Instagram] nunca se ha regido por leyes espacio-temporales de la movilidad geográfica», matiza. Todo esto estaría repercutiendo en «una ganancia de varios tipos de los capitales de Bourdieu». Es decir, el capital social y simbólico (o el prestigio) que se obtiene mediante likes y corazones en las redes sociales y que, como añade Nogués, tan bien ha mostrado la serie Black Mirror.

Primero la foto

Claudia Rodríguez, autora del blog de viajes Soloida, tiene más de 20.000 seguidores en Instagram y cuenta con una comunidad tan activa como amplia. Gracias a la calidad de sus fotos (siempre acompañadas de textos que invitan a interactuar), la rapidez con la que se mantiene en contacto con sus seguidores mediante comentarios y mensajes y la forma poco edulcorada en la que cuenta sus viajes a través de sus stories, Instagram le ha aportado más cosas buenas que malas como viajera. Esta red social le ha permitido descubrir destinos que nunca antes se habría planteado visitar.

No obstante, una vez llega a determinados lugares, también presencia la emulación que Nogués considera el motor de una sociedad ociosa y el trasfondo del selfi. Sí que he visto el cambio en lugares y en el comportamiento de los viajeros con respecto a la época pre-Instagram. Acabo de pasar casi dos meses en Bali y lo he notado más que nunca», cuenta Rodríguez.

En Bali ha visto instalaciones en las que es necesario pagar solo por hacerse una foto: 10 euros por subir a un columpio, por ejemplo. «He visto a muchísima gente mucho más interesada en perseguir la foto que en disfrutar. De hecho, sé que hay tours en Bali exclusivamente diseñados para hacer tomas vistas en Instagram», recuerda.

Nogués ha observado algo parecido recientemente: «Hace un par de meses volví a París y me dediqué a observar los selfis que se hacía la gente frente a cualquier cosa: desde la Gioconda hasta, por supuesto, la Torre Eiffel o Notre Dame. Lo más interesante era que, aunque fueran dos o más personas, el personal se hacía un selfi con el móvil además de tomarse una foto con la réflex. Hacerse un selfi delante de la Gioconda es en sí un logro (capital social) que me coloca en el espacio social que comparto con los otros que me interesan».

El algoritmo de Instagram promueve el selfi por encima de la foto de paisaje. Esas imágenes en las que aparecen estilismos siempre pensados para la foto tienen una razón de ser muy alejada de la mera obsesión narcisista que se suele atribuir a los selfis. Aunque la autora de Soloida no vive de Instagram, su gran repercusión le permite percibir lo que en una cuenta de 100 seguidores pasa desapercibido:

«El ratio de likes de una foto es superior si apareces tú». Claudia cree que esto tiene que ver con la comunidad que cada uno crea. Por su relativa proximidad, la presencia de la persona seguida en la foto causaría mayor simpatía. También considera que las imágenes en las que aparecen personas permiten a otros usuarios imaginarse en aquellos lugares que les gustaría visitar en el futuro, lo que aumentaría dicho ratio.

Quizá siguiendo este mismo razonamiento, Instagram da más visibilidad a las imágenes en las que aparecen personas. Una visibilidad que, más allá del capital social y simbólico del que hablaba Bourdieu y al que alude Nogués, es crucial para aquellos usuarios que sí viven de su marca personal en esta red.

Nogués considera que «el turismo es la creación más sofisticada del sistema capitalista». Para él, el turismo ya no solo «consume territorios físicos», sino también virtuales. «Cualquier avispado comerciante no tiene más que mostrar lo bonitas que son las fotos que te podrías hacer», añade. En este sentido, Rodríguez prefiere ser optimista y cree que «la batalla siempre la ganará la calidad», puesto que aquellos lugares que no cuiden otros aspectos, por más instagrameables que sean, no prosperarán.

La foto a la que hace referencia el primer párrafo de este artículo es exactamente esta: una persona (o dos), posan en el templo de Lempuyang, en Bali, y se reflejan en el agua. Es una de las fotos más recurrentes en el explorador para aquellos que siguen varias cuentas de viajeros y puede que se haya convertido en el lugar instagrameable por excelencia en 2018.

Claudia Rodríguez no conocía este detalle, pero poco después de dar estas declaraciones compartió esa misma foto. Era ella, en ese lugar, y ese mismo reflejo. Acompañó la foto de una reflexión sobre la instagramización del mundo a raíz de esta conversación y las reacciones llegaron de forma masiva. Sus seguidores, muchos de ellos viajeros, coincidían con su reflexión: Instagram mola (a pesar de…). Pero a menudo se mostraron preocupados por la emulación, una constante en algunas cuentas, que a menudo lleva a decepciones al llegar a los lugares más instagrameables.

«Lo realmente interesante sería indagar si esa ganancia de capital social que se adquiere en Instagram tiene una repercusión en la vida terrenal. E incluso podríamos preguntarnos si a los instagrammers les preocupa que haya una equivalencia», dice Nogués.

En base a sus lecturas sobre el tema, y por los comentarios que recibe de sus alumnos más jóvenes, Nogués considera que la correspondencia entre el mundo virtual y el terrenal, en lo relativo a la manera en la que son vistos y entablan relaciones, no les preocupa tanto. «Entre otras cosas porque lo que hace internet en general y las redes sociales en particular es precisamente romper la necesidad de que haya una correspondencia entre viaje y territorialidad, o entre relación social y territorialidad», aclara Nogués.

Instagram está cambiando nuestra relación con los lugares y el concepto de belleza al definir lo que es instagrameable frente a lo que no lo es. De sus usuarios depende ahora quedarse en la mera estética, falsa y vacía, o dar más importancia a la apariencia sin dejar que el continente eclipse el contenido. Si el mundo se convierte en un decorado homogéneo para hacerse fotos o no, es algo que no dependerá solo de Instagram.