Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto inculcó en Esparta lo que hizo que la guerra fuera fuera inevitable.”

- Tucídides

A lo largo de la historia, imperios y grandes potencias han guerreado entre sí tratando de lograr la hegemonía sobre sus rivales y vecinos, a la vez que forjando un sistema internacional de acuerdo con sus propios valores e intereses. Sin embargo, hoy nos parece inconcebible una confrontación bélica entre Estados Unidos y China. La sensación generalizada es que “esta vez es diferente”. Ya no rigen las viejas reglas porque vivimos en un mundo mucho más desarrollado e interdependiente, con pocas similitudes a un pasado belicoso. El “nuevo normal” es que una potencia dominante y otra en ascenso deben cooperar, pues ello redundará en beneficio de ambas. ¡No repetiremos los errores de nuestros padres y abuelos!

¿Realmente es así? En el caso de las crisis financieras, hemos comprobado recientemente que sigue vigente la famosa frase de Templeton: “Las cuatro palabras más caras en el idioma inglés son ‘this time is different’.” De hecho, este fue el punto de partida de la recomendable obra titulada Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera, de Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff (Fondo de Cultura Económica, 2011).

Graham Allison, profesor de la Harvard Kennedy School, propone un ejercicio similar, aunque de menor enjundia, aplicado a las relaciones entre las grandes potencias. Considera que sigue siendo relevante el análisis de las analogías y los antecedentes históricos de enfrentamiento entre la principal potencia del momento (hegemon) y una potencia emergente con capacidad de reemplazarla. De hecho, ha dedicado a ello buena parte de los 22 años en que dirigió el Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales. Fruto de sus investigaciones es la afirmación de que, en los últimos cinco siglos, de los 16 casos en que han coincidido un hegemon decadente y una potencia emergente, 12 han acabado en un conflicto armado. Ha denominado esta dinámica como la “trampa de Tucídides”, que resume como “una tensión estructural letal que se produce cuando una potencia nueva reta a otra establecida”.

Tucídides, padre de los principios esenciales del realismo, describió en su Historia de la Guerra del Peloponeso la competición entre un hegemon establecido (Esparta) y una potencia ascendente (Atenas). Según Allison, la relación se fue viciando principalmente por tres variables: los intereses, el miedo y el honor: “A medida que aumentaba el riesgo, la asertividad ateniense se convertía en arrogancia; la inseguridad espartana se convirtió en paranoia.” La situación política doméstica, dos modelos antitéticos y una rígida estrategia de alianzas propiciaron que la violencia fuera vista progresivamente como la menos mala de las opciones posibles para defender el statu quo en el caso de Esparta y las reivindicaciones de mayor reconocimiento por parte de Atenas. El resultado de esta competición estratégica fue la Guerra del Peloponeso, que se alargó durante casi tres décadas y marcó el punto final del apogeo de la Grecia clásica. Esa es la visión que nos traslada Allison, aunque ya ha sido criticado por diversos historiadores.

El libro comienza con la respuesta del canciller alemán Theobald von Bethmann-Hollweg a la pregunta sobre cómo fue que las elecciones que tomaron él y sus colegas europeos desembocaron en la Primera Guerra Mundial: “¡Ah, si al menos lo hubiéramos sabido!”. En 1914, el mundo había visto como, durante cuatro décadas, se habían incrementado los flujos internacionales de bienes, capitales y personas, impulsados por la tecnología (vapor, telégrafo, teléfono) y la reducción del coste del transporte (canales de Suez y Panamá). Esta oleada de globalización y, por tanto, de interdependencia no evitó que la rivalidad entre las potencias emergentes y las potencias dominantes generara una “dinámica fatal en que acontecimientos que, en otro caso, habrían resultado insignificantes o, al menos, manejables pudieron desatar una cascada de acciones y reacciones, y desembocar en un resultado que nadie deseaba”. Esos errores de cálculo también estuvieron a punto de desencadenar un conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética en varias ocasiones durante la Guerra Fría, ya sea por el incidente protagonizado por un avión espía estadounidense, a raíz de errores de radares soviéticos y, especialmente, durante la crisis de los misiles en Cuba. La destrucción mutua asegurada que habría ocasionado el arsenal nuclear de ambos facilitó que no prendiera la chispa.

En Destined for War, también se repasan transiciones pacíficas, como la que protagonizaron Portugal y España en el siglo xv, gestionada a través del Tratado de Tordesillas, o la emergencia de los Estados Unidos como potencia dominante en el hemisferio occidental en la década de 1890. La ausencia de conflictos bélicos entre las potencias en estos casos no excluye una actitud agresiva por parte de la potencia emergente. Allison analiza la figura de Theodore Roosevelt y su beligerancia en la “esfera de influencia” estadounidense: el hemisferio occidental. Concretamente, Estados Unidos forzó la retirada española de Cuba, redibujó la frontera con Canadá, amenazó al Reino Unido y Alemania para que abandonaran Venezuela o México, y facilitó la división de Colombia para construir y obtener la concesión del canal de Panamá. Según Allison, las fuerzas militares estadounidenses intervinieron en América Latina en 21 ocasiones en los treinta años que transcurrieron desde el corolario de Theodore Roosevelt a la doctrina Monroe hasta la política del buen vecino de Franklin D. Roosevelt.

Llegados a este punto, la pregunta que cabe hacerse es: ¿Se comportará del mismo modo China? El auge chino es ya una realidad. China lidera en diversos ámbitos: manufactura, exportaciones, títulos de deuda estadounidense, emisión de CO2, mercado de bienes de lujo, etc. De hecho, desde 2014, China es la mayor economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo. Allison considera que, con Xi Jinping, Beijing ha comenzado a comportarse como Washington durante la presidencia de Theodore Roosevelt. El autor declara acabada la era de Deng Xiaoping, marcada por la máxima “Oculta tu brillo, espera tu momento”, para pasar a una China más segura de sí misma, fundamentada en un nacionalismo renovado. La asertividad de Xi, tanto en el plano interior como en el vecindario, constituye una amenaza a la hegemonía estadounidense en el Pacífico bajo la cual Asia oriental ha vivido durante las últimas seis décadas, en que ha experimentado un crecimiento económico espectacular.

Los posibles puntos de fricción son numerosos. El más candente es la disputa del mar de la China Meridional, donde Beijing prosigue con su política unilateral de militarización y construcción de islotes artificiales para ampliar su radio de soberanía, mientras Washington defiende la libertad de navegación. Otros puntos son Taiwán, Corea del Norte o el ciberespacio. Sin embargo, con Trump en la Casa Blanca, el ámbito con mayor potencial de generar una escalada a corto plazo puede ser el comercial.

Destined for War es un ejercicio interesante y de éxito, accesible a todos los públicos. Ha generado mucho debate entre políticos, militares, periodistas y académicos, tanto en Washington como en Beijing e incluso Xi Jinping ha llegado a referirse al concepto de la “trampa de Tucídides”. Su publicación ha coincidido con la llegada a la presidencia de Donald Trump esgrimiendo un discurso antichino y con el encumbramiento de Xi en el XIX Congreso del Partido Comunista Chino como el presidente con más poder tras Mao. Además, la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, publicada recientemente, califica a China y Rusia como “competidores estratégicos” que pretenden “dar forma a un mundo antitético a nuestros intereses y valores”. Es el momento adecuado para repensar la relación entre las dos grandes potencias del planeta.

Sin embargo, es Trump quien está atacando el orden internacional de posguerra,basado en unas instituciones multilaterales lideradas por los Estados Unidos, mientras que China aspira a influir más en ellas o a crear instituciones alternativas, pero no a destruir el statu quo que le ha permitido desarrollarse. Sin duda, Beijing trata de proyectar poder en su vecindario pero la respuesta de sus vecinos ha sido rearmarse y mirar hacia Washington. Ha sido precisamente la Administración Trump la que ha abandonado el “Pivot to Asia”, renunciando estentóreamente al Acuerdo Transpacífico e incrementando las exigencias a sus socios en la zona con una actitud transaccional.

Y la que ha alentado una visión del mundo basada en esferas de influencia (similar a la china) y no un orden internacional basado en normas, como se suele hacer desde Occidente. Cabe esperar que el dominio chino siga extendiéndose por el Pacífico, reduciendo la influencia estadounidense en la zona, pero es mucho más dudoso que China participe en aventuras militares en otros continentes o que tenga una vocación universalista a la hora de difundir sus valores. Pese a la espectacularidad del auge chino, es poco probable que China sea capaz de alcanzar un nivel de poder blando, proyección militar global o red de alianzas similar a la de los Estados Unidos, al menos a medio plazo.

A lo largo del libro, Allison demuestra un conocimiento superficial de China. En este sentido, son más recomendables las obras recientes de Howard W. French, Everything under the Heavens (Scribe, 2017) y de Gideon Rachman, Easternization (Bodley Head, 2016). La selección de casos a los cuales se aplica la “trampa de Tucídides” es discutible, pero mucho más grave es la omisión de los numerosos retos a que se enfrenta China: un sistema político no sometido a la prueba de una recesión, el rápido envejecimiento de la población, numerosos conflictos territoriales, unos niveles de contaminación indescriptibles, el aprovisionamiento energético, la migración de sus élites, dificultades para atajar la sobreproducción falta de transparencia o una corrupción endémica. Ni siquiera sabemos si China será capaz de escapar a “otra trampa”: la de la renta media. Un repaso a la histeria antijaponesa de los Estados Unidos (“Japan-bashing”) en la década de 1980 acaso no arroje luz sobre el auge chino, pero puede invitarnos a mostrarnos cautos al respecto.

La elección de Trump, el proceso del brexit o el auge de la extrema derecha en Europa nos recuerdan que no está escrito en ninguna parte que estemos inmunizados ante los errores que cometieron generaciones anteriores. Estudiar las relaciones entre grandes potencias sigue siendo relevante, pese a los grandes cambios acaecidos durante las últimas décadas, aunque ello no quiere decir que la conflagración sea inevitable. Esperemos que así sea.

Álvaro Imbernón es investigador no residente de ESADEgeo y socio de la consultora de riesgo político Quantio.

Esta reseña forma parte del Informe Económico y Financiero de ESADE 2018