La esclavitud está prohibida en todos los países del mundo. Todos la aborrecen. Y, sin embargo, hoy hay más esclavos que cuando la esclavitud era legal.

¿Por qué? Porque hoy, los millones de hombres, mujeres y niños explotados, abusados y privados de derechos humanos básicos y de la propia dignidad no son más que esclavos sin cadenas. Son las víctimas silenciosas de una economía tóxica impulsada por la sed global de bienes y servicios baratos.

Actualmente, más de 40 millones de personas viven esclavizadas. De ellas, 70 % son víctimas del trabajo forzado, trabajan en fábricas donde no les pagan, arriesgan sus vidas en barcos pesqueros o son niños que mueren en minas dilapidadas y ocultas tan profundo en las cadenas de suministro de las empresas multinacionales que es casi imposible rastrearlas. Sin embargo, allí están: trabajan en condiciones de servidumbre por deudas o sin un sueldo, todo en un intento desesperado de pagar a sus amos por el privilegio de darles trabajo.

Ellos son los olvidados de hoy, a quienes nadie ve, oye ni protege. Desprovistos de su humanidad, se han convertido en bienes de cambio, encerrados en un ciclo de explotación y privación alimentado por la demanda de ropa barata, teléfonos accesibles y alimentos producidos en masa.

Es difícil negar la responsabilidad moral que las empresas tienen de ponerse al frente de este vergonzoso crimen internacional. Pero, en caso de que el argumento moral no les baste, los miembros de los directorios, accionistas e inversionistas harían bien en saber que combatir la esclavitud también ofrece beneficios económicos importantes.

La esclavitud es un crimen multifacético. Florece en los ambientes de corrupción e impunidad, en las zonas de pobreza y vulnerabilidad, en los lugares donde las niñas no van a la escuela y en donde los niños no tienen futuro y corren el riesgo de caer en manos de grupos radicalizados. Al combatir la esclavitud, también se combate todo eso.

Y el cambio ya ha comenzado

Comencemos por el escrutinio por parte de los medios. Basta con ver lo que ocurrió luego del colapso de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh en 2013, en el que 1134 trabajadores perdieron la vida y 2500 resultaron heridos. De repente, la esclavitud estaba en los titulares de los diarios y algunas de las empresas más grandes del mundo respondieron y se comprometieron a trabajar juntas para mejorar las condiciones laborales y supervisar el avance. A las empresas les importa la percepción de los clientes, y el mayor escrutinio por parte de los medios ha generado más consciencia entre el público (aunque esto no se traduce necesariamente en un cambio en los hábitos de consumo).

El segundo factor que claramente marca un avance es la introducción de nuevas leyes. La Ley de esclavitud moderna de 2015 del Reino Unido desarrolló un estándar que las empresas deben cumplir. La ley exige a las empresas con ingresos superiores a 36 millones de libras esterlinas que publiquen una declaración sobre las medidas que toman para combatir la esclavitud en la cadena de suministro (si es que toman alguna). Es un comienzo, pero queda mucho por hacer. Hay evidencia reciente que sugiere que muchas empresas (de hecho, más de un tercio de ellas) ignoran esta legislación sin sanción alguna.

En febrero de 2017, el Parlamento francés adoptó una ley similar. La legislación sobre el Deber de vigilancia no se enfoca en el nivel de ingresos de las empresas sino en su tamaño. Solo 150 empresas se verán afectadas por las nuevas reglas, que establecen nuevos requisitos de publicación de informes.

El gobierno neerlandés debate actualmente leyes que exigirían a las empresas informar públicamente si hay trabajo infantil en sus cadenas de suministro y los pasos tomados para erradicarlo. No cumplir con las disposiciones tendría consecuencias considerables.

Más recientemente, en Australia, se realizó una consulta para promulgar una ley contra la esclavitud. En agosto de 2017, se publicó un informe que apoya la idea de promulgar una ley que fuerce a las empresas con ingresos de más de 100 millones de dólares a publicar anualmente un informe sobre la esclavitud moderna. Las recomendaciones apuntan a crear una ley que vaya más allá de la legislación actual del Reino Unido y, en particular, establezca qué información deben contener los informes y las consecuencias por el incumplimiento.

Sin embargo, no basta con promulgar más leyes para poner un fin a la esclavitud. El problema con las leyes es que se deben implementar. Por eso, el cambio de mentalidad debe surgir de las propias empresas y debe venir desde arriba. Siempre es más eficiente si viene de los directores ejecutivos, quienes pueden liderar la transparencia y la gestión en la cadena de suministro. Si lo hacen, es probable que todos los niveles de la organización acompañen la iniciativa.

Aquí, algunas empresas multinacionales dan un muy buen ejemplo. En noviembre de 2017, en la conferencia anual Trust Conference de Thomson Reuters Foundation, participaron gigantes corporativos como Apple, Adidas y Walmart, todos los cuales tienen enormes cadenas de suministro de muchos niveles distribuidas a lo largo de muchos países. Apple, por ejemplo creó un código de conducta para proveedores y destinó una cantidad considerable de recursos para evaluar el riesgo de trabajo forzado en todos los niveles de su cadena de suministro. Esto desencadenó cientos de investigaciones detalladas, algunas de las cuales duraron semanas. Apple educa a sus proveedores sobre la responsabilidad empresaria y ha capacitado a 11,5 millones de empleados (en sus idiomas nativos) sobre cuáles son sus derechos, cómo reconocer el abuso de dichos derechos y cómo tomar medidas al respecto.

Por su parte, Adidas, que emplea a 1,3 millones de trabajadores y obtuvo el Premio contra la esclavitud de Reuters Foundation en 2017, ha creado estrictos lineamientos de aprovisionamiento responsable que realizan un seguimiento de los riesgos de trabajo forzado hasta llegar a la materia prima que utilizan en sus cadenas de suministro. Esto es algo increíblemente difícil de hacer. La empresa también ha creado líneas de atención para trabajadores en el Sudeste Asiático que las personas pueden usar para realizar denuncias anónimas.

Sin embargo, el verdadero impacto proviene de la colaboración entre sectores y la experiencia compartida, cuando las empresas, el gobierno y la sociedad civil trabajan en conjunto. Por suerte, ya comenzamos a ver ejemplos en los que diferentes empresas del mismo sector comparten buenas prácticas y colaboran con ONG que son especialistas en la lucha contra la esclavitud.

Por ejemplo, Walmart, una empresa que emplea a 2,3 millones de personas y tiene ingresos por 485 900 millones de dólares, utiliza tal enfoque colaborativo para abordar la pesca ilegal, no informada y no regulada en Tailandia. La empresa trabaja con otros minoristas, proveedores, procesadores y ONG para identificar riesgos de trabajo forzado y capacitar a sus proveedores de mariscos en Tailandia sobre la visibilidad en la cadena de suministro y los sistemas de gestión. También ha creado un grupo de trabajo para desarrollar un código de conducta laboral y realiza tareas periódicas de auditoría y supervisión de embarcaciones. Esto exige una colaboración más estrecha con los expertos locales en la frontera.

Mientras tanto, la Alianza de Empresas Responsables, una coalición de empresas de la industria electrónica, se ha comprometido a defender los derechos de los trabajadores y las comunidades relacionados con sus cadenas de suministro. Por su parte, la Iniciativa por un Algodón Mejor, un programa internacional de sostenibilidad en la industria del algodón, busca unir a todas las partes involucradas, desde los productores hasta las marcas de ropa, para elevar los estándares de la producción del algodón a nivel mundial. El objetivo es mejorar las condiciones de trabajo, tener un menor impacto sobre el medio ambiente y, en términos generales, mejorar la competitividad del sector.

Un ejemplo muy reciente: marcas internacionales como Unilever y Sainsbury se han asociado con empresas financieras para ofrecer incentivos financieros a los productores de té de Malaui que demuestren con datos convincentes que utilizan prácticas agrícolas más transparentes y sostenibles en sus cadenas de suministro.

No hay dudas de que es necesario unir fuerzas para abordar la esclavitud y el trabajo forzado dada la naturaleza vasta, compleja y multinivel de las cadenas de suministro internacionales. Compartir datos y forjar alianzas entre sectores es la única forma de desarrollar buenas prácticas y cerrar las brechas que mantienen con vida el trabajo forzado.

Involucrar a las grandes empresas es un paso necesario para abolir la esclavitud moderna pero, sin el riesgo de un daño a la reputación, mayor legislación y escrutinio constante por parte de los medios, existe el riesgo de que algunas empresas no tengan el coraje o los incentivos para abordar el problema. Por eso, la lucha contra la esclavitud debe ser una prioridad para todos los que estamos involucrados con el Foro Económico Mundial.