El futuro de los empleos nunca ha sido tan incierto. Según McKinsey Global Institute, la mitad de todos los trabajos podrían automatizarse para el año 2055. Las interrupciones en toda la industria están ocurriendo más rápido que nunca. La inteligencia artificial y la robótica amenazan la subsistencia de profesionales, incluso creativos y altamente educados. Los planes de estudios escolares son incapaces de mantenerse al día con la rápida evolución de las habilidades laborales.

Además de aumentar la incertidumbre respecto del futuro de los puestos de trabajo, vivimos en un mundo geopolítico fracturado: la desconfianza global hacia los líderes de la industria, los funcionarios electos, las elecciones y todo el sistema político está en su punto más alto. Los jóvenes, principalmente, se sienten frustrados con sus líderes políticos, debido a la aparente corrupción, la falta de sinceridad y de responsabilidad.

No debe sorprender entonces que la depresión esté aumentando entre los jóvenes, desde China e India hasta los Estados Unidos y el Reino Unido. En la cima de la incertidumbre y de un mundo fracturado, ¿cómo evitamos desarrollar toda una generación de jóvenes pesimistas y desempleados?

La brecha de las habilidades interpersonales

El proyecto el Foro Económico Mundial denominado Closing the Skills Gap (cierre de la brecha de habilidades) —un debate actual entre los líderes del sector público, el sector privado y la sociedad civil— busca resolver la desconexión entre los sistemas educativos y las habilidades esenciales necesarias para el futuro. Obviamente, hablar de una brecha de habilidades no es nuevo. Sin embargo, cada vez más, la conversación está cambiando a un reconocimiento de que no es posible resolver la brecha de habilidades únicamente mediante habilidades técnicas y vocacionales. No es simplemente una cuestión de ofrecer clases de programación para niños o de proporcionar programas de recapacitación para desempleados. Las habilidades interpersonales son fundamentales para cerrar la brecha.

Considere algunos ejemplos. El proyecto Oxygen de Google estudió las cualidades de sus mejores empleados y descubrió que siete habilidades interpersonales tenían una clasificación más alta que la experiencia técnica:

• Ser un buen entrenador.

• Empoderar al equipo y no "microgestionar".

• Expresar interés por el éxito del equipo y por el bienestar personal.

• Ser productivo y estar orientado a los resultados.

• Ser un buen comunicador y escuchar al equipo.

• Ayudar a los empleados en el desarrollo de sus carreras.

• Tener una visión y estrategia clara para el equipo.

El Centro para la Educación Global de la Sociedad de Asia coincide, y cita siete habilidades interpersonales que son fundamentales para que los jóvenes se conviertan en adultos adaptables:

• Pensamiento crítico y resolución de problemas.

• Colaboración y liderazgo por influencia.

• Agilidad y adaptabilidad.

• Iniciativa y capacidad empresarial.

• Buenas habilidades de comunicación oral y escrita.

• Acceso y análisis de la información.

• Curiosidad e imaginación.

En mi propia organización, JA (Junior Achievement) Worldwide, trabajamos con Accenture para identificar las habilidades interpersonales que enseñan nuestros programas en las tres áreas de concentración: preparación laboral, educación financiera y capacidad empresarial.

Estas son habilidades dispares y complejas que pueden parecer difíciles de enseñar. ¿Qué conecta a todas ellas?

Cambio de mentalidad de la juventud hacia el optimismo

Inculcar habilidades interpersonales en los jóvenes implica en definitiva un cambio de mentalidad, de un "no puedo" a un "yo puedo"; de "estas son mis habilidades limitadas" a "seguiré aprendiendo y creciendo durante toda mi carrera".

Este cambio está relacionado con una serie de conceptos, desde la "mentalidad de crecimiento" de Carol Dweck, la "agalla" de Angela Duckworth, una serie de investigadores que estudian la "resiliencia" en los jóvenes y el enfoque de mi propia organización en la "autoeficacia" (la creencia de que finalmente tendrá éxito, a pesar de los contratiempos y decepciones en el camino).

Todos estos cambios de mentalidad están basados en el optimismo y el movimiento de la psicología positiva. Martin Seligman, cuya investigación revolucionaria a fines del siglo XX demostró que se puede enseñar el optimismo, descubrió una correlación directa entre el optimismo y la resiliencia. Patrick Steinfort descubrió que el optimismo y las agallas juntos pronosticaban mejores rendimientos deportivos. Y Albert Bandura descubrió que convertir los pensamientos negativos en pensamientos positivos es uno de los aspectos decisivos del desarrollo de la autoeficacia. El optimismo individual —la inclinación a esperar resultados personales positivos— es clave.

La naturaleza humana nos impulsa a ser optimistas individuales y pesimistas sociales, es decir, optimistas acerca de nuestro futuro personal, pero pesimistas sobre el futuro del país o del mundo. Pero imagine, en cambio, un mundo en el que los jóvenes sean pesimistas individuales, y crean que su propio futuro será sombrío. Imagine un mundo en el que el optimismo de la juventud empiece a esfumarse a medida que se enfrenta con la realidad del alto desempleo juvenil y un mundo geopolítico fracturado.

Ese mundo está llegando antes de lo que pensamos. Los mileniales del mundo occidental ya creen que serán menos felices y tendrán menos éxito financiero que sus padres. Debemos intervenir a tiempo, y enseñar el optimismo a los jóvenes antes de que el pesimismo individual se haya afianzado.

Enseñanza del optimismo

Afortunadamente, un movimiento dentro de los campos de la educación y la psicología positiva reconoce los beneficios del aprendizaje del optimismo durante los primeros años de la educación.

En el Centro para el Rediseño Curricular (Center for Curriculum Redesign, CCR) —una organización sin fines de lucro que estudia lo que los estudiantes deben aprender para el siglo XXI— Charles Fadel afirma que las escuelas de todo el mundo han modificado sus planes de estudios, pero "nunca se han rediseñado completamente para la educación integral" de conocimiento, habilidades, actitudes y metaaprendizaje: las cuatro dimensiones de la educación definidas por el CCR". Esa última categoría, el metaaprendizaje, se refiere a cómo los jóvenes reflexionan y se adaptan. Ese es el marco para aprender el optimismo.

Alejandro Adler, un investigador de la Universidad de Pensilvania, escribió su disertación sobre cómo enseñar el bienestar a gran escala en Bután, México y Perú. Descubrió que la enseñanza de habilidades para la vida (como la conciencia plena, el pensamiento creativo y la empatía) a los estudiantes de los grados 7 a 12 tuvo un efecto profundamente positivo en la capacidad de los estudiantes para aprender.

En El optimismo académico de las escuelas: una fuerza para el logro estudiantil, Wayne Hoy, John Tarter y Anita Woolfolk Hoy analizan cómo enseñar optimismo académico en las escuelas. Según Wayne Hoy, "El optimismo es el tema primordial que une la eficacia, la confianza y el énfasis académico porque cada uno de estos elementos contiene un sentido de lo posible".

En la Red Internacional de Educación Positiva (International Positive Education Network, IPEN), los académicos reúnen a escuelas, organizaciones sin fines de lucro, corporaciones, agencias gubernamentales y padres para promover la educación positiva, la colaboración, las nuevas prácticas educativas y las nuevas políticas gubernamentales.

Ya sea a través de las escuelas locales, ONG que trabajan junto con las escuelas o la interacción de los padres en el hogar, fomentar el optimismo en los jóvenes y desarrollar las habilidades sociales y ambientales es de fundamental importancia, incluso a expensas de las habilidades académicas básicas. Algunas escuelas han encontrado esta solución intermedia o han desviado fondos a programas de aprendizaje social y ambiental, pero tenemos un largo camino por recorrer para llevar las habilidades interpersonales al centro del plan de estudios moderno. Necesitamos el optimismo juvenil para brindar esperanza para un futuro mejor.