Versiones de la Revolución Rusa

A man holds a board with an image of Soviet leader Joseph Stalin as activists and supporters of the Communist Party take part in a demonstration marking the anniversary of the 1917 Bolshevik revolution also known as known as the Great October Socialist Revolution in the Siberian city of Krasnoyarsk, Russia, November 7, 2015. REUTERS/Ilya Naymushin - GF20000049327

Image: REUTERS/Ilya Naymushin - GF20000049327

Lino González Veiguela
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Octubre, de Serguéi Eisenstein

Rodada en 1927 para conmemorar el décimo aniversario de la Revolución de Octubre, esta película muda se basó en el libro de John Reed, Díez días que estremecieron al mundo, centrado en los acontecimientos que tuvieron lugar en San Petersburgo entre abril y octubre de 1917. Como en su anterior film, El acorazado Potempkin, considerada su obra maestra, Eisenstein ofrece una película de propaganda soviética que es, al mismo tiempo, un buen ejemplo de su innovador arte cinematográfico basado sobre todo en el montaje. En la cinta no hay personajes principales. La Revolución es presentada como un logro colectivo del pueblo ruso en su conjunto. Para ofrecer una mayor veracidad al relato, además de contar con actores profesionales, también se usan imágenes originales de Lenin o Trotsky.

La rosa roja. Biografía gráfica sobre Rosa Luxemburgo, de Kate Evans

Rosa Luxemburgo fue una de los intelectuales más destacados dentro de los movimientos de izquierdas del continente europeo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Nacida 1871 en una Polonia controlada por el Imperio ruso, su actividad política más destacada se desarrolló en Alemania, primero en el Partido socialdemócrata y más tarde en la Liga Espartaquista. Participó en la Revolución de 1905 mientras vivía en Varsovia, pero no llegó a participar directamente en la Revolución de 1917 porque se encontraba cumpliendo desde 1916 una pena de prisión de más de dos años. Aunque era profundamente partidaria de la Revolución como objetivo, no tardó en mostrarse crítica con los líderes bolcheviques por su modo de conducirla. La británica Kate Evans ilustra los momentos más destacados de la biografía de una activista que fue asesinada de un tiro en la cabeza en Berlín, en 1919, en el marco de la brutal represión que el entonces gobierno socialdemócrata –el primero de la República de Weimar–, aliado con milicias nacionalistas, desplegó contra los revolucionarios espartaquistas.

Caballería roja, de Isaak Bábel

Isaak Bábel, nacido en Odessa en 1894, se sumó desde el principio con entusiasmo a la corriente revolucionaria que prometía transformar de una vez por todas el viejo Imperio. Por aquel entonces, el joven Babel vivía en San Petersburgo y había publicado ya algunos relatos en una revista dirigida por Máximo Gorki. Su verdadera formación como escritor, sin embargo, se completaría en los años siguientes, cubriendo como periodista los acontecimientos revolucionarios y la guerra civil. Fue de especial importancia la temporada que pasó siguiendo como reportero al Primer Ejército de Caballería del Mariscal Budionni durante la Guerra Polaco-Soviética. Bábel, un intelectual judío miope poco preparado para la vida salvaje del frente, compartió sus días con curtidos jinetes cosacos, conocidos históricamente por su participación en pogromos antisemitas. De aquella experiencia surgirán los relatos de Caballería Roja. La mirada de Babel destaca el sinsentido –y la belleza– de la guerra con un estilo que influenciaría a muchos escritores posteriores y contemporáneos, como Ernest Hemingway. Sin duda es una de las mejores obras literarias del siglo XX ruso. Babel sería purgado por Stalin 20 años después. Apenas escribió nada en sus últimos días, incapaz de sumarse al realismo literario soviético impuesto desde el régimen estalinista.

Diarios de la Revolución de 1917, de Marina Tsvietáieva

Días malditos. Un diario de la Revolución, de Iván Bunin

La poeta Marina Tsvietáieva, figura esencial de la poesía rusa, llevó un diario durante aquellos días caóticos de la revolución. Asistimos a sus viajes, a sus dificultades para sobrevivir, y leemos descripciones de la vida cotidiana complicada por la carestía y la violencia arbitraria en las calles. Tsvietáieva, casada con un poeta colega de generación que militó en el bando blanco, se exiliaría de Rusia tras la Revolución, pero terminaría regresando para estar más cerca de su hijo, enviado al gulag. Su hija también pasaría más de tres lustros en los campos de trabajo. Por su parte, el escritor Ivan Bunin se muestra mucho más agresivo contra los bolcheviques en sus diarios que Tsvietáieva. La mayoría de las páginas están dedicadas a resaltar el “Terror Rojo” que se fue extendiendo por el viejo Imperio zarista entre Moscú y Odessa, ciudad a la que muchos miembros de la burguesía, entre ellos el propio escritor, habían viajado con la esperanza de abandonar el país en uno de los barcos que zarpaban llenos de refugiados. Escritor famoso en los años previos a la Revolución, heredero del estilo de Antón Chéjov, Bunin se exilió en 1909 en París, para no regresar jamás a su país. Sería el primero escritor ruso en recibir un Premio Nobel en 1933. Murió a finales de 1953, así que tuvo la suerte de sobrevivir durante unos pocos meses a Stalin.

Rojos, de Warren Beatty

John Reed, autor del ya mencionado libro de crónica periodística sobre la Revolución Rusa Diez días que estremecieron al mundo, tuvo una vida intensa. Además de estar implicado en algunas de las luchas obreras más destacadas de su tiempo en Estados Unidos, informó sobre la revolución mexicana y fue corresponsal en el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial. La película de Warren Beatty, de más de tres horas de duración, se ocupa sobre todo de su compromiso político en EE UU y de sus dos estancias en Rusia, país en el que falleció a causa del tifus a la edad de 37 años. Algunos de los personajes que aparecen en la película y que tuvieron relación estrecha con Reed, como Emma Goldman o Eugene O’Oneil, fueron figuras políticas e intelectuales esenciales en el desarrollo de los movimientos políticos y sociales de izquierdas en Estados Unidos durante el primer tercio del siglo XX. Reed es el único estadounidense enterrado en el mausoleo de las murallas del Kremlin.

El meñique de Buda, de Viktor Pelevin

El joven Pytotr Voyd vive en un tiempo propio, a caballo entre el Moscú postcomunista que naufraga en el torbellino controlado por la mafia del recién descubierto capitalismo y la Rusia revolucionaria atravesada por las columnas del comandante rojo Chapáyev. El escritor ruso Viktor Pelevin, uno de los más originales de las letras rusas tras el derrumbe de la Unión Soviética, ofrece en El meñique de Buda una novela peculiar que, además de oscilar entre tiempos y lugares, utiliza con desenvoltura referencias de cultura pop que describen bastante ajustadamente (o casi) la delirante realidad rusa de la década de los noventa, cuando muchos rusos sentían que vivían en un país a la deriva. No es casual que lector descubra que el joven Pytotr Voyd está ingresado en un psiquiátrico y que las escenas de la revolución que le acosan son sólo reales en su mente. Las calles de Moscú en los 90 no resultaban mucho más acogedoras. Las obras postmodernas de Pelevin supusieron un cambio de rumbo en la literatura rusa y tuvieron cientos de miles de lectores, especialmente entre los miembros de las generaciones más jóvenes quienes, a diferencia de sus mayores, no tenían experiencia de la pasada historia rusa como tragedia: su realidad se limitaba a un presente caracterizado únicamente por la farsa.

Breve historia de la Revolución rusa, de Mira Milosevich

Hay numerosos buenos libros de historia sobre la Revolución Rusa en castellano. Desde clásicos de la historiografía como el de E. H. Carr, hasta obras más recientes como las de Orlando Figes o Richard Pipes, dos referencias contemporáneas en el campo de la historia contemporánea rusa. El lector puede optar asimismo por el relato de uno de sus protagonistas: la historia de la Revolución escrita por León Trotski, con una reciente ediciónen castellano. En los últimos meses se han publicado también obras que condensan el relato de la Revolución en muchas menos páginas para aquellos que quieran abordarla con más concisión. Uno de ellos es esta breve historia escrita por Mira Milosevich, profesora de relaciones internacionales la IE University y analista del Real Instituto Elcano y de la Fundación Faes. Milosevich, especializada en la política y la sociedad rusa del siglo XX, analiza las dinámicas que, a su entender, condicionaron el estallido revolucionario, y sigue su evolución desde la creación del “primer Estado socialista comunista bolchevique” hasta el momento presente. “Sólo los hechos posteriores a la Revolución revelaron cuáles habían sido sus verdaderos motivos”, afirma Milosevich. Una afirmación tan cuestionable como estimulante para seguirla en su recorrido por el siglo XX soviético en algo menos de trescientas páginas.

Doctor Zhivago, de David Lean

Superproducción de Hollywood dirigida por el maestro David Lean, la película se basa en la novela del escritor ruso Boris Pasternak, que había recibido el Premio Nobel unos años antes. Al igual que el libro, el film abarca varias décadas de la historia rusa, desde la época zarista hasta los años 30. Aunque la Revolución y la consiguiente guerra civil que arrasó el país durante varios años son los acontecimientos esenciales que marcan las vidas de los protagonistas, el trío amoroso formado por Yuri Zhivago, Lara y Tonia convirtió a la novela y a la película en una obra emblemática sobre el amor en tiempos de cólera. Las circunstancias que rodearon a la publicación de la novela se enmarcan en la lucha por la hegemonía cultural que se libró durante la guerra fría. Pasternak, al igual que su personaje, terminó desencantado del régimen que nació tras la Revolución. Aunque en el caso de Pasternak, que llegó a sentir una fascinación casi mística hacia Stalin, ese proceso de desencanto tardó unos cuantos años más en completarse. Durante sus últimos años de vida, el autor se convirtió en un personaje complejo dentro de la órbita cultural estalinista: tolerado –nunca llegó a padecer la represión intensa de otros compañeros de generación literaria–, pero incómodo para un régimen al que repugnaba su individualismo literario.

Octubre, de China Miéville

El escritor británico China Miéville ofrece un ensayo sobre la Revolución con un punto de vista que, reconoce en el prólogo, no es imparcial: es una historia en la que tiene sus héroes y villanos. No lo oculta, dice, pero espera que el lector, sea del signo que sea, pueda reconocer que ha tratado de ser justo al describir la participación de unos y otros en los acontecimientos históricos que describe. Tras un primer capítulo en el que explica los antecedentes de la revolución de 1917, cada uno de los nueve capítulos siguientes están dedicados a un mes de ese mismo año, comenzando en febrero. En el epílogo, Miéville ofrece unas reflexiones finales sobre las consecuencias de la Revolución de Octubre en Rusia, la “zona cero para cualquier discusión sobre un cambio social radical y esencial”. A un siglo de distancia, sobre las consecuencias de la Revolución Rusa, parafraseando al ex primer ministro chino Zhou Enlai cuando le preguntaron por la Revolución Francesa, podría decirse que aún es demasiado pronto para poder juzgarlas en toda su complejidad.

Lénine, une autre histoire de la révolution russe, de ARTE

Emitido este mismo año, este documental francés del canal ARTE resume en poco más de hora y media el proceso revolucionario ruso de 1917. Usando casi exclusivamente filmaciones y fotografías de época, se detiene en las fechas más importantes de aquellos convulsos meses, prestando especial atención al proceso de enfrentamiento político entre el gobierno provisional de Kerenski y los bolcheviques encabezados por Lenin. Uno de los hilos conductores son los escritos de Nikolái Sujánov, periodista y político menchevique que escribió una crónica a pie de obra del proceso revolucionario y terminaría siendo fusilado por el régimen estalinista en 1940. En el DVD se incluyen entrevistas con varios especialistas franceses en la historia rusa, como la sovietóloga Hélène Carrère d’Encausse.

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