Secuestros, cocaína y refugiados en el mercado mediterráneo

Migrants lift up children on an overcrowded raft, before lifeguards from the Spanish NGO Proactiva Open Arms rescue all 112 on aboard, including two pregnant women and five children, as it drifts out of control in the central Mediterranean Sea, some 36 nautical miles off the Libyan coast January 2, 2017. REUTERS/Yannis Behrakis - RTX2X8IA

Image: REUTERS/Yannis Behrakis

Lino González Veiguela
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Fragilidad, violencia y conflicto

“Desde el 11-S, el número de secuestros se ha multiplicado exponencialmente al mismo ritmo al que lo han hecho las sumas exigidas como rescate. En 2004, 2 millones de dólares eran suficientes para liberar a un rehén occidental en Irak. En la actualidad, pueden llegar a pagarse más de 10 millones de dólares para ese mismo fin”, escribe la experta en terrorismo Loretta Napoleoni en las primeras páginas de Traficantes de personas. En estos últimos tres lustros cientos de millones de euros se han transferido a las arcas de grupos de secuestradores. Algunos sin reivindicaciones políticas o religiosas –los piratas somalíes, por ejemplo– y otros con actividad salafista yihadista que han encontrado en el negocio de los secuestros un buen modo de financiar sus luchas militares.

Economista de formación, Loretta Napoleoni lleva escribiendo algo más de una década sobre las finanzas de los grupos terroristas internacionales, en especial los relacionados con las órbitas de Al Queda y Estado Islámico, al que dedicó su anterior libro publicado en 2014, El fénix islamista. En este último libro, Napoleoni se centra en el estudio de la financiación de los grupos terroristas, insurgentes y delincuenciales relacionadas con el tráfico de migrantes y los secuestros (principalmente de occidentales). En algunos casos, este negocio ha sustituido a otras actividades delictivas tradicionales –como el contrabando de tabaco en el Sahel– con menores réditos económicos: “Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) se creó, en parte, con los ingresos del contrabando y, en parte también, con el dinero del rescate del primer gran secuestro de extranjeros en la región”. En 2003, una facción escindida del GIA argelino secuestró a 32 extranjeros por los que obtuvieron unos 5,5 millones de dólares.

El cuadro de tráficos ilegales en el Sahel se completa con el tráfico de cocaína procedente de los países bodega de la costa occidental africana y con otro gran negocio que se ha ido consolidando en los últimos lustros: el tráfico de migrantes que recorren las rutas controladas por organizaciones como AQMI.

Napoleoni abre su libro con el ejemplo de AQMI y el Sahel para describir las dinámicas esenciales que, con variaciones, se han desarrollado en otras partes del planeta: principalmente, aunque no sólo, en la ya mencionada Somalia, regiones tribales de Pakistán y algunos países de Oriente Medio, como Irak y Siria.

Por lo que respecta a la industria de los secuestros, Napoleoni coincide con otros analistas del fenómeno al afirmar que la intromisión de los Estados en los procesos negociadores ha distorsionado al alza un mercado que, contra lo que pudiera pensarse, responde a ciertas reglas fijadas por la interacción económica de compañías de seguros internacionales, negociadores profesionales y grupos de secuestradores. La autora presenta las historias de numerosos secuestrados en África y Oriente Medio, incluidas las de varios secuestrados españoles –periodistas y cooperantes– para ilustrar, en la medida de los posible, el funcionamiento de ese complejo mercado: “Nadie tiene una imagen completa y clara de lo que son realmente los secuestros, ni siquiera los gobiernos occidentales ni los negociadores, porque nadie dispone de toda la información, de todas las piezas del rompecabezas”, le confiesa un negociador profesional. Algo que hay que tener en cuenta cuando se leen algunas de las cifras manejadas por Napoleoni en su libro: muchas no dejan de ser simples estimaciones. Como reconoce la propia autora, es difícil recopilar evidencias incuestionables en un negocio “de mentiras, espías y encubrimientos”. Teniendo esto en cuenta, puede sorprender al lector lo categórica que se muestra la autora en varias partes del libro al criticar la inexperiencia y los errores cometidos por jóvenes periodistas y cooperantes que han sido secuestrados en países como Siria. En otras partes del libro reconoce que incluso periodistas experimentados y con conocimiento de la región también han sido secuestrados.

La consecuencia más aparente de la implicación de los servicios de inteligencia y las diplomacias de los países ha sido el aumento del precio exigido por los secuestradores a cambio de la liberación de rehenes. En este sentido, la intromisión política ha llegado a provocar, además, distorsiones rocambolescas, según le confiesa a Napoleoni un negociador profesional: “si los rehenes en cuestión son de varios países cuyos gobiernos pagan rescate, este aumenta su cuantía porque las autoridades de los diferentes Estados compiten entre sí por sacar a los suyos de allí antes que los otros. Los captores lo saben y enfrentan a unos negociadores con otros”. Napoleoni afirma que sin la intervención de los Estados, los secuestradores no podrían pedir las cifras tan elevadas que exigen por los rescates, puesto que ni las familias ni las organizaciones para las que trabajan los secuestrados estarían en condiciones de pagarlas. En otras palabras: el incentivo económico para secuestrar a una persona se reduciría, así como los beneficios de las organizaciones que financian, gracias a los mismos, sus acciones armadas.

Los Estados que se niegan a pagar rescates de civiles, como Reino Unido o Estados Unidos –que sí ha llegado a negociar rescates de militares– generan, según explica Napoleoni, otro tipo de distorsiones. La principal es que, al secuestrar nacionales de esos países, organizaciones como Daesh obtienen una ventaja política y una ventaja negociadora frente a los Estados que sí pagan: pueden presionar a los negociadores de los países pagadores usando los ajusticiamientos de ingleses y estadounidenses como advertencia. En otras palabras: su argumento para no pagar –evitar financiar a esos grupos– no se consigue del todo, porque alzan el precio de otros rescates.

Napoleoni se ocupa en las últimas páginas del libro del éxodo masivo en curso de refugiados y migrantes hacia Europa y de los altos rendimientos económicos que ha generado para los traficantes de personas. “Con unos ingresos netos de 100 millones de dólares mensuales en verano de 2015, los mercaderes de personas entregaban decenas de miles de ellas cada semana en las costas europeas. Es un negocio rentable, porque la demanda supera con mucho a la oferta y el coste de llegar a Europa no deja de crecer. Diez años atrás, una persona podía pagar unos 7.000 dólares a un traficante para que la llevara del África occidental hasta Italia. En el verano de 2015, con esa suma ya no se pagaba más que la corta travesía que lleva de Siria a Turquía y de Turquía a Grecia”. Muchas de estas redes de traficantes, afirma Napoleoni, usan los territorios controlados por Daesh porque, aunque tienen que pagarles derecho de paso, suelen ser más seguros que otros territorios controlados por ejércitos regulares o por grupos armados irregulares.

El éxodo de refugiados y migrantes no sólo está beneficiando económicamente a los traficantes de personas de la otra orilla del Mediterráneo. Napoleoni comenta varios casos de organizaciones y empresarios europeos dedicados al negocio del asilo que están logrando grandes beneficios gracias al dinero público dedicado a estos fines, sin ofrecer a cambio la calidad en las prestaciones a los refugiados que según sus acuerdos con las administraciones deberían estar dispensando. Un ejemplo de empresa que están obteniendo unos ingresos reseñables sería “ORS Service AG, una compañía suiza que generó 99 millones de dólares de ingresos en 2014 con el negocio de la atención a los refugiados en Suiza, Austria y Alemania”. Napoleoni afirma también que le ha sido imposible recabar información sobre las ganancias de otras empresas similares durante el ejercicio 2015 porque estas “se han vuelto muy reservadas con sus cuentas”.

La autora se muestra preocupada por las consecuencias a corto y medio plazo de la mala gestión política de esta crisis tanto para los europeos como para los propios migrantes. Frente a la posible oportunidad –nacida de la tragedia– que podría suponer la renovación demográfica de un continente envejecido, Europa está optando por abordar la situación desde los posicionamientos más perturbadores, en opinión de Napoleoni. Pone como ejemplo el acuerdo alcanzado por la Unión Europa con Turquía para la contención de migrantes en los campos de refugiados. Napoleoni parece tener claro que, aparte de las consideraciones éticas que le merecen un acuerdo semejante, estamos ante una bomba del tiempo humanitaria y geopolítica: “Los migrantes quedarán bloqueados dentro de Turquía y confinados en campamentos de refugiados donde se criará la próxima generación de secuestradores, yihadistas y delincuentes. El Califato hallará en esas agitadas aguas un abundante caladero de futuros guerreros”.

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