Cómo los movimientos populistas capitalizan nuestro deseo de tomar represalias

People de demonstrate against Turkish President Tayyip Erdogan outside at the European headquarters of the United Nations where the Cyprus conference takes place in Geneva, Switzerland, January 12, 2017. REUTERS/Pierre Albouy - RTX2YMG3

Image: REUTERS/Pierre Albouy

Molly Crockett
Assistant Professor of Psychology, Yale University
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La Dra. Molly Crockett, neurocientífica y psicóloga de la Universidad de Oxford, explica por qué muchas veces castigamos a otros incluso si eso implica un daño a nosotros mismos, cómo los movimientos populistas capitalizan nuestro deseo de tomar represalias y qué pueden hacer los líderes responsables para detener el círculo vicioso de la represalia.

Usted investiga la neurociencia y la psicología de la represalia. ¿Qué ha descubierto?

La principal conclusión de esta investigación es que las emociones sociales como el enojo, la envidia y el rencor son grandes motivadoras. Muchas veces, estas emociones vencen el interés económico propio y activan los centros cerebrales asociados con la recompensa, los mismos que juegan un papel en la adicción. Estas emociones pueden dar lugar a una conducta conocida como “castigo costoso”, en la que las personas asumen un costo personal con tal de castigar a otra persona por ser injusta.

Una hipótesis es que este impulso destructivo de castigar podría verse exacerbado cuando las personas están bajo estrés crónico (por ejemplo, durante una recesión económica).

¿Cómo descubrió este impulso?

El concepto del castigo costoso se demostró en un experimento llamado “el juego del ultimátum”. En este juego, uno de los participantes (el “oferente”) recibe algo de dinero y puede decidir cómo dividirlo con el otro participante (el “receptor”). El receptor puede aceptar la oferta y llevarse su parte del dinero o bien rechazarla, en cuyo caso ninguno de los participantes recibe nada.

La investigación muestra que la mayoría de los receptores rechazan las ofertas que consideran injustas (por lo general, menos del 30 % del total). Cuando este experimento se realizó por primera vez, a principios de la década del 80, los resultados sorprendieron a algunos economistas, ya que contradicen los modelos clásicos de “interés propio racional”. Tras décadas de investigación, este ha demostrado ser uno de los hallazgos más sólidos de la ciencia conductual: las personas no les preocupa únicamente su propio interés material. Les preocupa también la justicia, la autonomía y la identidad, y no les gusta que les falten el respeto. Para las personas resulta mucho más gratificante destruir la riqueza de un participante poderoso que aceptar una pequeña oferta que perciben como un insulto.

Usted ha estudiado la neurociencia detrás de este experimento. ¿Cómo toma nuestro cerebro la decisión de optar por el castigo costoso?

Cuando las personas rechazan ofertas injustas, se activa una zona del cerebro llamada cuerpo estriado dorsal. El cuerpo estriado dorsal es el centro del “sistema de recompensas” del cerebro. Se activa cuando recibimos algún tipo de recompensa, como dinero, comida o una imagen agradable. También está estrechamente relacionado con las adicciones. Por ejemplo, una dosis inicial de cocaína produce una respuesta en el cuerpo estriado. A medida que la persona se hace adicta, cualquier señal asociada con tomar cocaína también activa el cuerpo estriado. El hecho de que la misma zona del cerebro se active durante el castigo costoso sugiere que el castigo y la represalia podrían tener cualidades adictivas.

De acuerdo con nuestros experimentos, las personas también tienen mayores probabilidades de rechazar las ofertas injustas si sus cerebros tienen bajas reservas de serotonina, un neurotransmisor relacionado con el autocontrol. Cuando los niveles de serotonina son bajos, las personas se enfocan más en las recompensas inmediatas y se tornan más impulsivas y agresivas.

¿Qué podemos hacer para controlar esta conducta destructiva?

En primer lugar, dado que la circuitería cerebral involucrada en el castigo también está asociada con las adicciones, es muy importante no dejarse llevar por el impulso de tomar represalias. La venganza engendra más venganza. Cuando dos grupos están en conflicto y uno de ellos toma represalias, es más probable que el otro tome represalias. Si esta conducta persiste, puede adquirir un carácter adictivo. Cada vez que nos dejamos llevar por el impulso, tenemos más probabilidades de hacerlo de nuevo la próxima vez.

Además ―aunque esto entra en el terreno de la especulación― ciertos estudios han mostrado que el estrés a largo plazo puede agotar las reservas de serotonina. Entonces, la hipótesis es que el estrés crónico, que es una posible consecuencia de una recesión económica, puede hacer a las personas más propensas a tener estas conductas vengativas.

¿No podría ser que las personas actúen por un sentido de justicia más que por venganza?

El castigo muchas veces se describe en términos moralistas y altruistas: castigar la injusticia, enfrentarse a la desigualdad económica, etc. Sin embargo, en nuestro estudio, las personas castigaban incluso cuando el experimento estaba diseñado de tal manera que el castigo estaba oculto (es decir, el responsable nunca se enteraba de que lo castigaban). En este caso, no había ningún mensaje social detrás del castigo ni ninguna lección para el responsable. Las personas simplemente querían herir a la persona que las había herido, que es un motivo antisocial.

También descubrimos que, en gran medida, las personas desconocen sus motivos para castigar al otro. Cuando se les pregunta por qué lo hacen, es más probable que mencionen argumentos moralistas como hacer justicia que argumentos antisociales como el deseo de venganza. De hecho, el deseo confeso de vengarse no muestra ninguna correlación con la conducta vengativa. Esto parece indicar que las personas castigan por motivos antisociales pero buscan convencerse a sí mismas (y a los demás) de que lo hacen por motivos moralistas.

¿Hay alguna relación entre el impulso individual de castigar y el auge de los movimientos populistas a nivel mundial?

Los mensajes populistas lograron canalizar de manera efectiva los impulsos vengativos y convertirlos en votos. Alrededor del mundo, los movimientos populistas crean destrucción económica y agitación social en defensa de principios morales. Una de las responsabilidades de los líderes es tener cuidado de no permitir que las conductas dañinas y destructivas se justifiquen con excusas morales.

¿Qué más pueden hacer los líderes responsables para detener el círculo vicioso de la represalia?

Los experimentos con el juego del ultimátum demostraron que, si a los receptores se les provee un canal alternativo para expresar su insatisfacción con las ofertas injustas (por ejemplo, enviar un mensaje escrito al oferente), la mayoría envía ese mensaje y acepta la oferta. Envían mensajes que expresan enojo, como “Gracias por nadao ¿Por qué tenías que ser tan avaro?”, pero aceptan la oferta.

Cuando las personas sienten que la conducta destructiva es la única opción que tienen para hacerse oír, adoptan esa opción, incluso si los perjudica financieramente. En cambio, si tienen canales alternativos para expresar su descontento, pueden actuar de una forma consistente con sus intereses económicos a largo plazo y de todas formas sentirse satisfechas.

Eso es fascinante pero, ¿acaso no tenemos más canales que nunca para expresar públicamente nuestro descontento?

Este es un enigma que aún no logramos resolver. Por un lado, los estudios muestran que darles a las personas canales alternativos para expresar su descontento las hace menos propensas a querer castigar al otro. Pero, por otro lado, los estudios sobre la agresión muestran que “descargarse” aumenta las probabilidades de que una persona muestre una conducta agresiva en el futuro. Si expresar furia es reconfortante, los pequeños actos de expresión, como publicar en Facebook o Twitter, podrían aumentar la probabilidad de futuras expresiones de ira, posiblemente a través del voto.

¿Cuál es la siguiente dirección de su investigación?

Me gustaría poner a prueba la hipótesis de que el castigo tiene un carácter adictivo. Si es así, quizás podamos aprender de la investigación sobre las adicciones cómo contrarrestar los impulsos punitivo.

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