Sistemas financieros y monetarios

A la hora de "salvar la globalización", los líderes mundiales no dan en el clavo

Wallace S. Cheng
Head of Impact, Innovation and Development, Globethics Foundation
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Sistemas financieros y monetarios

Karl Marx dijo una vez: “Los filósofos se han limitado, cada uno a su manera, a interpretar el mundo. Pero lo que necesitamos no es interpretarlo, sino cambiarlo.” Ahora que el mundo cuestiona más que nunca la liberalización y la globalización, los líderes del G20 harían bien en interpretar y cambiar la situación.

Esta no es tarea fácil para el G20. A pesar de su enorme éxito en la creación de un grupo de trabajo para el comercio y la inversión, así como la definición de principios orientadores para la creación de políticas de inversión, los líderes del G20 no abordaron satisfactoriamente el surgimiento de voces anti globalización. Este artículo discute cuatro puntos en los que se equivocaron y cómo pueden cambiar la situación en 2017.

El proteccionismo no siempre es malo

La primera equivocación de los líderes del G20 cuando se reunieron en China fue reafirmar su “oposición al proteccionismo sobre el comercio y la inversión en todas sus formas”. Esta declaración no solo es legalmente incorrecta, sino que está fuera del alcance del mandato político de los líderes.

De acuerdo con el "libro de reglas" actual de la Organización Internacional de Comercio, ciertas medidas comerciales proteccionistas son perfectamente legítimas. Esto incluye los derechos compensatorios y anti-dumping, las medidas de salvaguardia y otros instrumentos de restricción tendientes a proteger los intereses de la población. La única salvedad es que estas medidas se deben aplicar de una manera consistente con las condiciones y metodologías acordadas por todos los miembros.

Oponerse a todas las formas de protección genera desconfianza innecesaria en el público y es políticamente riesgoso. Algunas medidas proteccionistas están diseñadas para funcionar como válvulas de seguridad y son indispensables para garantizar que las naciones tengan el derecho a restringir el comercio y la inversión en condiciones específicas y claramente definidas sin sacrificar los beneficios de la liberalización progresiva del comercio y la inversión. Más que condenarse, las medidas proteccionistas de este tipo deberían garantizarse.

En los 2017, los líderes del G20 podrían adoptar un enfoque legalmente preciso y políticamente matizado. Por ejemplo, podrían invitar a los miembros a no usar medidas ilegales tendientes a restringir el comercio y la inversión. También podrían reiterar que las medidas proteccionistas legales que se implementen se apliquen estrictamente de acuerdo con las leyes y normas económicas internacionales.

Dejar de insistir en los beneficios de la globalización

El segundo asunto sobre el que hablaron los líderes del G20 durante su reunión en China fue la importancia de comunicar “los beneficios del comercio y los mercados abiertos al público en general de manera más efectiva”.

¿Es esto lo que se necesita en este momento, más sermones de los evangelistas del comercio? Yo diría que, hasta el momento, los beneficios del comercio se han elogiado en exceso. Las personas no son idiotas; conocen bien los beneficios de la globalización, el comercio y los mercados abiertos. Ven la evidencia en sus teléfonos, sus electrodomésticos y la ropa que visten.

Lo que no han hecho los líderes y legisladores es comunicar con sinceridad los inevitables efectos secundarios. Por culpa de ello, quienes salen perdiendo se ven sorprendidos cuando estas consecuencias negativas comienzan a afectarlos. Cuando se quejan, se los desestima en lugar de mostrarles la comprensión y la empatía que merecen.

Espero que, en 2017, los líderes del G20 hablen con franqueza sobre estas consecuencias negativas y dejen en claro que no han abandonado a las personas que fueron relegadas por la globalización.

Compartir los costos y los beneficios

El último tema del que hablaron los líderes del G20 en China fue la necesidad de adoptar “medidas adecuadas a nivel nacional para garantizar la correcta distribución de los beneficios”. De hecho, el problema no es solo que los beneficios no están bien distribuidos, sino que las consecuencias negativas tampoco lo están. Toda política que se implemente fracasará a menos que reconozca esta diferencia sutil pero crucial.

A nivel nacional, esto exige políticas de redistribución vertical. Las autoridades gubernamentales deben usar los ingresos fiscales de aquellos beneficiados por la globalización para apoyar a la parte menos competitiva de la población que fracase o gane menos en mercados más abiertos mediante capacitación focalizada y redes de contención social. Se podría usar un enfoque similar para crear nuevas oportunidades laborales. Por ejemplo, las autoridades podrían usar los ingresos fiscales para aumentar la inversión pública en infraestructura, mejorar la calidad de la educación accesible y disminuir los costos administrativos y logísticos de los microemprendimientos y las pequeñas empresas.

También se necesita un cambio a nivel internacional. Esto ha sido muy difícil de alcanzar hasta el momento, principalmente porque hay una fuerte polarización entre países ricos y pobres. Cuando los trabajadores de los países desarrollados oyen hablar de liberalización comercial, piensan en la tercerización del trabajo a países como China, México o Vietnam, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. Por su parte, cuando los ciudadanos de un país en desarrollo oyen la expresión, piensan en las multinacionales que parecen sacar más provecho a la situación que ellos mismos. Ambas inquietudes deben abordarse.

2017: ¿hora de un cambio?

En 2017, Alemania asumirá la presidencia del G20. En un video en el que presentaba su visión, la canciller Angela Merkel habló de la necesidad de “forjar un mundo interconectado”, hacer que la globalización beneficie a todos por igual, intensificar la cooperación internacional y oponerse al aislacionismo y a todo retorno al nacionalismo. Lo curioso es que evitó el ambiguo término “proteccionismo”.

Para hacer realidad la visión de Merkel, los líderes del G20 deberían tener en cuenta tres puntos importantes.

1. Sí al comercio, no a la guerra

En primer lugar, aunque los líderes deben dejar de insistir tanto en los beneficios de la globalización —porque, como dijimos, el público ya los conoce—, no deben olvidar el valor estratégico de los tratados de libre comercio para la paz y la prosperidad internacionales.

“Si pudiéramos aumentar el intercambio comercial entre las naciones mediante menores barreras comerciales y arancelarias, así como eliminar los obstáculos internacionales al comercio, sería un gran paso para acabar con la guerra”, escribió el ex Secretario de Estado de EE. UU. Cordell Hull en sus relatos luego de las dos devastadoras guerras mundiales.

El GATT, el predecesor de la Organización Internacional de Comercio, fue ideado por muchos de estos estadistas de épocas de guerra. Su objetivo era garantizar un ambiente de comercio abierto, predecible y no discriminatorio. Sabían muy bien que, cuando los bienes no cruzan la frontera, las tropas lo hacen.

2. El poder de escuchar

En segundo lugar, la liberalización del comercio por sí sola no es suficiente para garantizar la paz internacional y el bienestar económico. Debemos implementar otras políticas nacionales e internacionales si pretendemos cosechar todos los beneficios del comercio y abordar algunos de sus efectos secundarios.

Antes de desarrollar políticas rígidas, los líderes políticos y las personas influyentes deben tomar un enfoque más suave. Podrían comenzar por intentar entender cada uno las dificultades a las que se enfrentan los demás a nivel nacional y apoyar las políticas que puedan paliar estos problemas y ayudar a preservar el libre comercio.

3. Nosotros contra las máquinas

Por último, los líderes del G20 deben prepararse para un nuevo mundo en el que las computadoras y la automatización reemplacen los trabajos tradicionales.

En el terreno del comercio, este cambio de paradigma ya comenzó. De acuerdo con un estudio reciente, aproximadamente 88 % de los puestos de trabajo que se perdieron en los sectores manufactureros en EE. UU. se deben a la automatización y a otros factores nacionales más que al comercio internacional.

Según un grupo de investigadores de Oxford Martin School, esta tendencia continuará durante las próximas dos décadas y 47 % de los puestos de trabajo sucumbirán a la automatización.

Ningún país podrá escapar a este futuro, por lo que depende de todos nosotros trabajar en conjunto. Para hacerlo, podemos compartir buenas prácticas sobre cómo garantizar que nuestros ciudadanos cuenten con destrezas que incluso los robots no tengan, o bien fortalecer las leyes tendientes a proteger el poder de negociación del trabajador. También deberíamos procurar armonizar las políticas impositivas y de empleo entre distintos países.

El momento de actuar

Los argumentos económicos a favor del comercio no dejan lugar a dudas y, sin embargo, el mundo desconfía cada vez más del comercio y la globalización. Que el saldo neto de las ventajas y las desventajas del comercio sea positivo o negativo no depende solo del comercio en sí. El desarrollo sostenible también exige mejorar la educación, la infraestructura y la innovación de cada país, así como entenderse mutuamente y armonizar las políticas laborales, impositivas y de otros factores ajenos al comercio.

Comerciar o no comerciar, esa es la cuestión. En cualquier caso, si queremos asegurarnos de cosechar los beneficios que el comercio tiene para ofrecer, es indispensable que, en 2017, los líderes del G20 no se queden en las palabras sino que empiecen a actuar para forjar un sistema de libre comercio del que nadie quede excluido.

Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no representan necesariamente la opinión de la organización a la que pertenece.

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