En los últimos años, la neurociencia ha surgido como una nueva forma de filosofía con implicaciones que van más allá del cuidado de la salud. En momentos de políticas turbulentas y divisorias, el estudio del funcionamiento del cerebro abre el camino para un nuevo conocimiento de nosotros mismos y de nuestras sociedades.

Las herramientas de la neurociencia, y en especial las imágenes por resonancia magnética funcional (IRMf), han proporcionado conocimientos sin precedentes sobre el funcionamiento del cerebro humano en tiempo real. Los temas y debates anteriormente reservados a la filosofía, ahora se pueden trazar en términos neuroquímicos y neuroanatómicos. Estamos comenzando a comprender algunas facetas de la emoción humana, la toma de decisiones, la moral, el trauma y el impulso por el poder político a nivel celular, observando cambios en la neuroquímica, itinerarios neurológicos y transformaciones neuroanatómicas en el cerebro.

Qué papel tienen el miedo, las emociones y las ideologías políticas en nuestro cerebro

La neurociencia ha ofrecido algunas afirmaciones basadas en evidencia, que pueden ser incómodas porque desafían nuestras nociones de moral o desacreditan el mito sobre nuestro cerebro ‘racional’.

De forma crítica, la neurociencia nos ha iluminado sobre el carácter físico de las emociones humanas. El miedo, una emoción que hemos heredado de nuestros antepasados, no es un sentido abstracto o intangible de miedo inminente: en términos neuroquímicos se expresa en nuestra amígdala, la estructura con forma de almendra en el lóbulo temporal medio, anterior al hipocampo. Se ha demostrado que la amígdala es fundamental en la adquisición, el almacenamiento y la expresión de respuestas al miedo condicionadas. Algunas regiones de la amígdala experimentan plasticidad, cambios en respuesta al estímulo emocional, activando otras reacciones, como las respuestas endocrinas.

De manera similar, el modo en que el cerebro produce el razonamiento moral y después lo traslada al contexto social ahora se puede estudiar, en cierta medida, en términos neurocientíficos. Por ejemplo, el rol de la serotonina en el comportamiento prosocial y el juicio moral ahora está bien documentado, con una fuerte correlación demostrable entre los niveles de serotonina en el cerebro y comportamiento social moral.

Los neurocientíficos también han observado de qué manera están representadas las ideologías políticas en el cerebro; la investigación preliminar indica que un aumento del volumen de materia gris en la corteza cingulada anterior se puede relacionar con inclinaciones hacia el liberalismo, mientras que un aumento del volumen de materia gris en la amígdala (que es parte del sistema límbico y por lo tanto, involucra las emociones) parece estar asociado con valores conservadores. Estos hallazgos preliminares, por supuesto, no tienen la intención de ser reduccionistas, deterministas, encasillar políticamente a un grupo o al otro ni tampoco son inalterables. En cambio, pueden ayudar a explicar la profunda y persistente división que vemos en las políticas partidarias en todo el mundo. Sería muy útil observar si estos hallazgos preliminares son anteriores a la afiliación política o suceden como resultado de la exposición repetida a debates emocionales y partidistas inspirados políticamente.

Más recientemente, el análisis político también se ha volcado a la neurociencia. Por ejemplo, en el ciclo de la elección 2016 en EE.UU., algunos han relacionado el llamado de algunos candidatos a la denominada herencia genética en nuestros cerebros, y a nuestras principales necesidades de pertenecer a grupos, mientras que otros han explorado los conocimientos de la neurociencia en el rol que ocupan las emociones en la toma de decisiones. De manera similar, las actitudes alrededor del “Brexit” también se analizaron con referencias a la neurociencia.

Políticas divisivas: ¿qué nos dice la neurociencia?

La respuesta corta es: algunos nuevos conocimientos útiles. Sin lugar a dudas, algunos resultados de la neurociencia pueden ser aproximados en esta etapa, ya que la disciplina y sus herramientas están evolucionando. El cerebro humano, a pesar de los tremendos avances científicos, en gran medida sigue siendo desconocido. Sin embargo, tenemos algunos resultados preliminares a los cuales recurrir. Las políticas divisivas han tomado el centro del escenario y la neurociencia puede arrojar algo de luz sobre cómo esto se expresa en nuestros cerebros.

“Nosotros” versus “Ellos”, fomentar el miedo y el odio hacia los grupos excluidos que se consideran diferentes (por etnias, ideología, religión, etc.) y los ataques atroces y virulentos contra ellos son todos parte de una imagen inquietante de creciente hostilidad racial y étnica. El filósofo Martin Buber identificó dos maneras opuestas de ser en relación a otros: Yo-ello y Yo-tú. Yo-ello significa percibir a los otros como objetos, mientras que Yo-tú se refiere a las percepciones empáticas de otros como sujetos. Los neurocientíficos cognitivos han estudiado esta diferencia con técnicas de imágenes del cerebro y los hallazgos, naturalmente, nos dicen mucho sobre nuestro mundo cada vez más polarizado y las maneras en que nuestros cerebros procesan la diferencia entre nosotros y «otros».

Identificamos a alguien como un forastero dentro de 170 milésimas de segundo
Imagen: REUTERS/Jorge Duenes

La urgencia de aislarnos de los “extraños” o “intrusos” se basa principalmente en el miedo y en predisposiciones ancestrales, que contemplan pertenecer a una tribu, a un grupo o a una familia, como algo fundamental para la supervivencia y la reproducción. El neurocircuito del comportamiento tribal fue estudiado con métodos no invasivos, y reveló que la diferencia entre “nosotros” versus “ellos” ocurre en la corteza prefrontal. Allí, normalmente se distingue a alguien como un “extraño” o parte de “nuestro grupo” dentro de 170 milésimas de segundo desde el momento que lo vemos. Este sesgo instantáneo ocurre inconscientemente y está relacionado con la herencia genética primordial. Otra investigación reveló diferencias de activación distintivas en la corteza prefrontal media de los encuestados cuando se les pedía que hicieran inferencias sobre personas similares o diferentes políticamente. Los resultados mostraron distintas reacciones: cuando se les solicitó que emitieran juicios sobre personas similares, se activaron las áreas en la corteza prefrontal ventromedial y cuando se les solicitó que hicieran inferencias sobre personas diferentes, se activaron las áreas en la corteza prefrontal dorsomedial. Fundamentalmente, juzgamos a las personas de manera diferente según si los conocemos o no.

Sin embargo, si bien la herencia genética para crear esa distinción está ahí, nos enfrentamos a un cuadro más complejo. A diferencia de la época prehistórica, la definición de “nosotros” versus “ellos” en nuestras sociedades modernas es más sutil y variable. Los líderes divisivos desempeñan un rol clave en la manipulación de predisposiciones humanas tan fundamentales y ciertamente, acentúan y desatan nuestros miedos, inclusive muy a menudo hasta en los miembros más educados e ilustres de la sociedad.

Los sentimientos nacionalistas, con frecuencia exacerbados por el populismo, prosperan en la distinción de “nosotros” versus “ellos”, reforzando el sentido de pertenencia y apego que es fundamental para todos los adultos. Las ciencias cognitivas han demostrado que los apegos a grandes grupos son parte del proceso natural de socialización en la vida adulta, ya que pasamos del egocentrismo al sociocentrismo, es decir, somos conscientes de nuestra existencia en ambientes más grandes. Paradójicamente, el nacionalismo, sea cívico, étnico, o una combinación de los dos, puede ser extremadamente unificador entre género, clase o incluso línea política y al mismo tiempo identificar la línea divisoria con la idea de unidad nacional.

Esta predisposición para el “favoritismo dentro del grupo” y “devaluación fuera del grupo” es explotada de manera conveniente por los líderes populistas, que convierten “la nación” en un marcador de diferencia entre las personas. La diferencia después se profundiza, y también se refleja en la construcción de nuestra empatía. Los experimentos de IRMf han demostrado que nuestras actitudes hacia aquellos que percibimos como fuera del grupo se ven afectadas por las denominadas “neuronas espejo” (normalmente responsables del mimetismo y la empatía), que están “desconectadas”, llevándonos a resistir las conexiones emocionales.

En formatos extremos, esas divisiones pueden llevar a cambios más profundos en el estado emocional y cognitivo de una persona. La adherencia a ideologías extremistas ha desconcertado a los neurocientíficos por mucho tiempo, como también la pregunta de las transformaciones neurológicas y neuroanatómicas detrás del “lavado de cerebro”. Algunas de las pistas iniciales apuntan a que los extremistas están conectados a una mayor ansiedad, pero esta no es una premisa completamente explicativa. La distinción entre “nosotros” versus “ellos” tiene un papel importante y crea solidaridades profundas entre los miembros del mismo grupo. Los estudios en neurobiología evolutiva suponen que estas pertenencias están tan arraigadas que los individuos podrían sacrificarse para ayudar a garantizar el bienestar del grupo. Resta evaluar muchas teorías en los próximos años, pero sin duda el papel del entorno (que incluye alienación, indignidad, fatalismo, humillación, ignorancia, rechazo del otro, manipulación, etc.) sigue siendo primordial para moldear las nociones del yo y los otros.

Esta también se vio en la investigación sobre cómo funciona el prejuicio racial en el cerebro, que es altamente maleable. En los años 90, una ola de estudios neurológicos sobre las percepciones de raza comenzó en los EE. UU. Estos estudios, impensable hasta ese momento, nos ayudan a comprender y abordar los problemas de prejuicios y actitudes negativas. La amígdala, el pequeño grupo de núcleos fundamentales para el aprendizaje emocional, es el área del cerebro sobre la que se ha informado con mayor frecuencia en los estudios de las actitudes hacia la raza. Esta es la misma estructura subcortical que reacciona a la rápida valoración inconsciente de las amenazas.

En los EE. UU., y en otros lugares, muchos han sostenido que la discriminación basada en la raza disminuyó por las leyes sociales igualitarias. Sin embargo, esta suposición contradice la abundante evidencia que demuestra que el prejuicio continúa.

La discriminación todavía existe, pero nuestros cerebros no nos condenan a estar sesgados
Imagen: REUTERS/Brian Snyder

Más imágenes del cerebro mostraron cómo las actitudes negativas se desarrollan en los mecanismos neuronales inconscientes del cerebro, aunque esas actitudes negativas no son fijas. De manera interesante, un estudio demostró que la activación de la amígdala para los rostros negros fue mayor que para los rostros blancos cuando los rostros se presentaron a los participantes por solo 30 milisegundos, lo que sugiere respuestas emocionales automáticas. Sin embargo, cuando se presentaron los mismos rostros durante más tiempo (525 milisegundos) la diferencia de la actividad no estaba en la amígdala sino en áreas de la corteza prefrontal y cingulada anterior, áreas también asociadas con la inhibición y el control.

La activación en estas áreas muestra mayores intentos de procesar la información de manera reflexiva, controlar los prejuicios no deseados y enfrentarlos con normas y creencias igualitarias. La rápida activación del prejuicio negativo en la condición de los 30 milisegundos, en contraposición a la de 525 milisegundos, indicó el hecho de que las respuestas con prejuicios con frecuencia ocurrirán cuando no haya sobrecarga cognitiva o cuando los procesos reflexivos no estén bien desarrollados.

Nuestros cerebros primordiales no nos tienen que frenar

Si bien el cerebro humano presenta predisposiciones primordiales, que se mantienen a través de milenios de evolución, también es increíblemente maleable y plástico. En lugar de imaginarnos un cuadro desalentador, debemos pensar en la neurociencia como una disciplina que nos puede ayudar a superar los obstáculos en nuestras sociedades.

Un estudio importante en Naturaleza sobre la neurociencia de actitudes raciales también observó que cambiar el contexto de las interacciones interraciales era fundamental para cambiar las respuestas del cerebro. Se pueden trazar algunas conclusiones similares sobre las políticas divisionistas en general. La neurociencia nos alerta de nuestros prejuicios instintivos, ofreciéndonos la oportunidad de corregirlos. Es fundamental no sucumbir a discursos divisionistas y líderes populistas.

Aquí, la neurociencia proporciona mayor orientación, dilucidando cómo escapar de la trampa de políticas divisionistas que en esencia se construyen sobre nuestras predisposiciones innatas. Basándonos en los conocimientos de la neurociencia, previamente describí a la naturaleza humana como emocional, amoral y egoísta. Los seres humanos nacemos como una tabula rasa predispuesta, sin concepciones innatas de lo bueno o lo malo, solo con la predilección heredada para la supervivencia. Además, la neurociencia ha demostrado que la emotividad juega un papel central en la toma de decisiones y que nuestro compás moral es maleable, ampliamente determinado por las circunstancias. Por lo tanto, excepto por un conjunto básico de instintos, estamos de otro modo “escritos” por experiencias y nuestros entornos.

También parte de nuestra herencia genética es lo que llamamos las “Las 5 Neuro-P: poder, provecho, placer, permanencia, y orgullo (power, profit, pleasure, permanency, pride). Estos poderosos motivadores humanos pueden conducirnos a excesos y a buscar la gratificación, inclusive cuando dichas actividades no son morales. Esto también nos da conocimientos sobre la política divisionista y su conexión con el poder político. Los estudios de la neuroquímica del poder descubrieron que el poder, al igual que el placer, se basa en el mismo circuito de recompensa neuronal, produciendo un aumento en el nivel de dopamina y un motor subsecuente para buscar más poder. El poder, en pocas palabras, es adictivo, e incluso mucho más en los regímenes autoritarios donde hay menos mecanismos institucionales para evitar los abusos. Este mecanismo neuronal también está asociado con el comportamiento maníaco, la paranoia y las percepciones exageradas. En la búsqueda por mantener el poder a cualquier costo, los líderes podrían recurrir a cualquier medio, evocar enemigos reales o imaginarios y profundizar las divisiones sin importar las consecuencias.

Es por ello que los buenos gobiernos tienen un rol clave en evitar el efecto malicioso de políticas divisionistas. La educación, las instituciones responsables, el electoralismo responsable y una industria del entretenimiento más sensible contribuyen a abordar este desafío; desempeñan un papel clave para disminuir los prejuicios, aumentando la exposición y la tolerancia y tratando al ‘Otro’ con dignidad para que las sociedades sean pacíficas, tolerantes y progresistas.

También supone críticamente que las personas tolerantes se expresan en voz alta y con frecuencia, para asegurarse de que las ondas de radio y el espacio en las redes no sean reservados para los más divisorios. Este último debe mantenerse para justificar moral y legalmente de ser necesario, por el bien de la paz y la seguridad. Esto debe ocurrir mientras se distingue la sagrada “libertad de expresión” de la peligrosa “expresión del odio”. La responsabilidad de que esto ocurra es colectiva y debe ser tomada en cuenta seriamente y con determinación por los gobiernos y la sociedad civil. Es particularmente importante para poder combatir los miedos de un mundo globalizado, conectado e inseguro.

Los líderes divisionistas remarcan nuestras diferencias pero hablan poco sobre los peligros del aislamiento. Sin embargo es solo a través de la interacción y los mutuos intercambios que podemos crear una cultura saludable y vigorosa. Las sociedades que permanecen aisladas, y no se pueden adaptar, a la larga son más débiles.