Cien millones. Ese es el número de mujeres en América Latina que en la actualidad están activas en la fuerza laboral formal; más de la mitad de las mujeres en edad laboral. Estas son las mujeres que alguna vez dependieron de hombres y que ahora por fin tienen la oportunidad de tener mayor control sobre su propio destino económico y el de sus hijos. Este es uno de los cambios sociales más drástico en la historia de la región; una revolución del poder femenino. Este número continuará aumentando a medida que se transforman las economías y continúa el empoderamiento de la mujer.

El nuevo milenio anunció este punto de inflexión en América Latina y el Caribe. Entre 2000 y 2010, la participación de la mujer en el mercado laboral creció en un 15 por ciento, y tuvo un rol vital en el crecimiento del ingreso per cápita y en la reducción de la pobreza en la región. En la mayoría de los países de la región, la participación de las mujeres en la fuerza laboral ahora se encuentra por encima del 50 por ciento, algo inimaginable en un pasado no tan distante.

El crecimiento en el ingreso femenino en América Latina disminuyó la pobreza extrema en un 30 por ciento. Las pruebas demuestran que las mujeres invierten un mayor porcentaje de sus ingresos en educación, salud y nutrición adecuada para sus hogares, lo que reduce significativamente la herencia de la pobreza.

También creó desigualdades significativas entre las mujeres según el ingreso. La participación en la fuerza laboral de las mujeres que tienen los mayores ingresos es casi el doble de aquella de las mujeres más pobres. Las mujeres pobres tienen una tasa del desempleo que es cinco veces mayor que la de las mujeres con mayores ingresos, lo que representa una amenaza de «feminización» de la pobreza.

La verdad es que los datos enmascaran las profundas desigualdades que sufren las mujeres pobres, muchas de las cuales son indígenas, y acarrean responsabilidades desproporcionadas para el bienestar de sus familias. En su mayoría, quedan excluidas de la economía formal y trabajan en empleos de menor calidad y sin redes de contención. Muchas venden sus mercancías en mercados urbanos tradicionales y trabajan en el servicio doméstico, por ejemplo.

A escala global, las mujeres trabajan dos tercios de las horas laborales mundiales, pero ganan solo el 10 por ciento del ingreso mundial y tienen menos del 1 por ciento de la riqueza global. En América Latina la situación es más extrema, dado que la región es la más desigual en términos de ingresos.

¿Cómo fomentamos una mayor participación de todas las mujeres en la fuerza laboral, lo que tendría un impacto positivo en las economías de la región? ¿Cómo obtenemos más y mejores trabajos para las mujeres? ¿Cómo superamos la infravaloración del trabajo de las mujeres?

En primer lugar, debemos ayudar a las mujeres ahora y no esperar a que cambien las políticas. Una forma de hacer esto es apoyar a las mujeres que están en el sector informal. Pro Mujer ha observado que darle crédito a las mujeres, formación financiera, capacitación comercial y empoderamiento, y atención médica (tanto reproductiva como preventiva) es un buen enfoque. Descubrimos que las mujeres que se benefician de este enfoque con múltiples capas pueden prosperar, y en una sola generación, sacar a sus familias de la pobreza y de un estado constante de emergencia para pasar a una forma de vida estable, exitosa y saludable. Pro Mujer tiene un equipo de 2000 empleados de campo en México, Nicaragua, Peru, Bolivia y Argentina, la mayoría de ellos mujeres, 70 por ciento son mujeres, y muchas de las cuales son exclientes de Pro Mujer que transformaron sus vidas.

Los gobiernos también deben establecer políticas que garanticen la igualdad y la inclusión económica para las mujeres; deben crear protección para los pobres, eliminar la discriminación salarial en contra de las mujeres y fomentar la educación para las familias con menores ingresos. Deben convertir el sector informal en formal, a través de políticas que fomenten los empleos para todos.

Las mujeres y su talento pueden impulsar el bienestar de las economías. La igualdad de género en América Latina no es únicamente un derecho humano; es una buena práctica económica.

Autor: Rosario Perez, Presidente y Directora Ejecutiva, Pro Mujer

REUTERS/ Mariana Bazo