Nuestra cultura ha cambiado enormemente como resultado del teléfono inteligente. Podemos obtener tranquilidad ante cada duda con solo escribir a nuestros amigos. Podemos sentir que nos aprueban al recibir «me gusta» en una publicación de Instagram o un estado de Facebook. Pero la dependencia excesiva de los dispositivos está provocando un cambio en la forma en que regulamos nuestras emociones. Un efecto secundario de esta comunicación instantánea es una menor capacidad para convivir con la incertidumbre.
Se ha demostrado que la intolerancia a la incertidumbre subyace a diversas dificultades psicológicas. Los psicólogos podrían considerar la dependencia excesiva del teléfono de una persona como una «conducta de búsqueda de seguridad» que reduce la ansiedad en el momento. Sin embargo, con el tiempo, estas conductas en realidad alimentan la ansiedad porque impiden que las personas se den cuenta de que su miedo carece de fundamento una vez que la situación se ha desarrollado realmente, o de que son capaces de afrontarla.
Esto es particularmente problemático para los niños, cuya capacidad para desarrollar resiliencia puede verse afectada por estas conductas. Lamentablemente, algunas aplicaciones, como Messenger o la opción de mensaje «leído» del iPhone, informan al remitente de si la otra persona está conectada o ha leído su mensaje.
Tenemos que reeducarnos, y también a nuestros adolescentes, para que se opongan a esta clara manipulación de su FOMO (miedo a perderse algo) y su miedo al rechazo. Aprender a afrontar la incertidumbre es esencial para cuidar nuestra salud mental.
La incertidumbre nos hace bien
Las investigaciones que estudian a grupos de personas con enfermedades mentales han documentado que quienes padecen diversos trastornos mentales tienen menos capacidad para convivir con la incertidumbre que quienes no tienen estos diagnósticos. Además, cuanto más intolerante es una persona a la incertidumbre, más probabilidades tiene de recibir diagnósticos de un mayor número de trastornos de salud mental. Esto se ha observado en adultos. Nuestra investigación, aún no publicada, ha encontrado la misma asociación en los niños.
Sabemos que la incertidumbre en ámbitos positivos, como las relaciones nuevas, leer un libro emocionante que va revelando poco a poco su desenlace o recibir un regalo envuelto, intensifica nuestras emociones.
Los juegos de azar, las notificaciones de las aplicaciones y los emojis aprovechan este mecanismo. Imagina la pequeña emoción que sientes cuando recibes un mensaje cariñoso de un amigo que te gusta especialmente. Las notificaciones del teléfono se aprovechan de esta sensación de anticipación. Interfieren con nuestra concentración y vuelven a atraer nuestra atención al dispositivo.
En cambio, la incertidumbre en ámbitos que nos importan personalmente, como temer que quizá no conservemos un trabajo, imaginar que le caemos mal a alguien que nos gusta o temer haber suspendido un examen, desestabiliza a muchos de nosotros. Esto genera el deseo de eliminar rápidamente la incertidumbre, un segundo gancho que puede hacer que volvamos a depender del dispositivo. Los teléfonos inteligentes y las aplicaciones de redes sociales nos permiten contactar fácilmente con otras personas para buscar tranquilidad cuando afrontamos una situación preocupante, en lugar de hacerle frente por nuestra cuenta.
Así, cuando la situación se desarrolla, la persona puede creer que parte de su capacidad para afrontarla se debió a la tranquilidad que quizá recibió, en lugar de haber desarrollado autosuficiencia. También empieza a creer que «necesita» llevar el teléfono consigo para poder afrontarla.
Cómo gestionar la incertidumbre
Sentirse más cómodo con la incertidumbre mejora la capacidad de una persona para afrontar la preocupacióny está estrechamente relacionado con la mejoría de quienes experimentan ansiedad. Al tratar la ansiedad, los psicólogos animan a sus pacientes a tolerar el desconocimiento del resultado de una situación concreta y a aprender a esperar para ver si aquello que temen llega a ocurrir.
Pedimos a nuestros pacientes que aprendan a afrontar las situaciones de su vida cotidiana sin buscar tranquilidad en sus amigos y familiares cercanos. Al convivir con la incertidumbre, una persona aprende poco a poco a distraerse, a dejar de intentar controlar las situaciones y a darse cuenta de que puede soportar la angustia de «no saber» qué ocurrirá.
En la mayoría de los casos, tras esperar, el resultado temido no llega a producirse o resulta tolerable. Este tipo de tratamiento cognitivo-conductual se acepta como la mejor práctica para tratar los trastornos de ansiedad.
Es normal que una persona experimente cierta activación cuando tiene dudas sobre algo que le importa.
Usar el teléfono para trasladar la preocupación a otra persona impide que aprendamos a gestionarla por nuestra cuenta. A menudo no nos damos cuenta de que, al cabo de un rato (y a veces después de distraernos mucho), la sensación desagradable desaparecerá. Recuerda el viejo dicho «no hay noticias, buenas noticias» y resiste la tentación de escribir primero.
Si ocurre algo desagradable, es saludable hablar con alguien y reflexionar sobre una situación que nos afecta, sobre todo si es realmente importante. Sin embargo, no es saludable recurrir a ello como primera opción para gestionar cada duda. Los psicólogos te dirán que la preocupación genera más preocupación y que hablar repetidamente de ella no cambia el resultado.
Ser capaz de esperar y renunciar al deseo de controlar cada situación es una clave fundamental para superar la ansiedad.
Ayudar a los niños a convivir con la incertidumbre
Y, para ayudar a los niños a desarrollar resiliencia, tenemos que mostrarles que podemos convivir con nuestra propia incertidumbre. Reserva momentos del día y de la tarde para apagar completamente el teléfono. Déjalo deliberadamente en casa. Ve ampliando poco a poco estos períodos.
Si tu pareja no deja de mirar su dispositivo, anímala a acompañarte. Da ejemplo de nuevos hábitos familiares cuando visites a otras personas. Organiza días sin teléfono para tus hijos. Todos tenemos que demostrarnos que estamos bien sin nuestros teléfonos.


