Convertirse en padre está lleno de contradicciones: es una etapa de la vida en la que el amor, el sentido y la alegría chocan de frente con la preocupación y el agotamiento, hasta el punto de que algunos padres primerizos tienen dificultades para mantener su propia identidad. Un nuevo estudio realizado en los Países Bajos sugiere que esto es especialmente cierto en el caso de las madres.
Dirigidos por investigadores de la Universidad de Tilburg, varios psicólogos analizaron datos de encuestas recopilados entre 1999 y 2008 de más de 84.000 mujeres noruegas. Las mujeres respondieron encuestas en dos momentos de su primer embarazo y en tres ocasiones después del nacimiento de sus hijos; la última, 36 meses después del parto. Algunas también respondieron las mismas encuestas antes y después del nacimiento de su segundo, tercer y cuarto hijo.
Los investigadores observaron un patrón constante: la autoestima de las mujeres disminuía durante el embarazo y luego aumentaba en los seis meses posteriores. Sin embargo, después volvía a disminuir y seguía cayendo. Cuando sus hijos cumplían tres años, la autoestima de las mujeres aún estaba por debajo de su nivel inicial. Como no siguieron recopilando datos, los investigadores no saben si el descenso duró aún más, pero sí saben que no fue permanente: las mujeres que volvieron a responder la encuesta al tener otro hijo habían recuperado su nivel inicial cuando el proceso comenzó de nuevo.
Los investigadores señalaron varias posibles razones del descenso de la autoestima durante el embarazo, entre ellas los cambios físicos del cuerpo, las hormonas desatadas, el estrés por el desarrollo del bebé y la preocupación por el futuro.
Tras el parto, el panorama se vuelve más complejo, y otra pista podría estar en el otro hallazgo importante del estudio. En los mismos intervalos clave, los investigadores también pidieron a las mujeres que evaluaran sus relaciones. Observaron que la valoración que las mujeres hacían de sus parejas sentimentales se mantenía bastante estable durante el embarazo, pero caía drásticamente justo después del nacimiento del bebé. El mismo efecto también se observó, en menor medida, tras el nacimiento de los hijos posteriores.
Por supuesto, no todas las mujeres experimentaron una pérdida de autoestima ni efectos negativos en sus relaciones, lo que permitió a los investigadores identificar una correlación: las mujeres que declararon tener una menor valoración de sí mismas también tendían a señalar un deterioro de sus relaciones. Es imposible afirmar si una cosa causó la otra, pero está claro que tener una relación problemática y sentirse peor con una misma son experiencias relacionadas, y que ambas tienden a agravarse al tener hijos.
La investigación se publicará próximamente en la revista Journal of Personality and Social Psychology. Estudios anteriores encontraron que, en general, la autoestima sigue una trayectoria a lo largo de la vida: es alta en la infancia, disminuye durante la adolescencia, aumenta en la edad adulta y vuelve a caer en la vejez. El nuevo estudio aporta matices. Aunque no contempla las experiencias de los padres, la crianza se perfila como uno de los grandes desafíos a la hora de valorarse.



