Hay muchas columnas de consejos, libros de autoayuda, y personas de veintitantos con una espiritualidad poco definida dedicadas a ensalzar las virtudes de vivir el presente. El consejo pretende ser un antídoto contra una vida dedicada a desplazarse distraídamente por Twitter o a planificar el próximo fin de semana, sin apreciar cada experiencia momentánea.
Aunque sin duda tiene buenas intenciones, la frase hecha por sí sola ofrece poca orientación. Al fin y al cabo, una vida dedicada por completo a asegurarse de que el momento presente sea agradable no llegaría a ninguna parte; nadie se sometería, por ejemplo, al metro de Nueva York. Y la neurociencia sugiere que, aunque quizá no esté de moda, la capacidad humana de transportarnos mentalmente al futuro es una de las características distintivas clave de nuestra especie.
Dean Buonomano, profesor de neurociencia conductual en UCLA y autor de la obra publicada recientemente Tu cerebro es una máquina del tiempo, afirma que el cerebro humano es un órgano intrínsecamente temporal. «No solo nos indica la hora, también nos permite proyectarnos mentalmente al pasado y al futuro», dice.
Hasta cierto punto, todos los animales tienen una capacidad básica para predecir y prepararse para el futuro. Incluso los gusanos tienen ritmos circadianos y, por instinto, saben cuándo hay luz del día y cuándo es más probable que haya aves depredadoras cerca. Pero los humanos tenemos una capacidad mucho más sofisticada para concebir el futuro: «esculpir y crear futuros que imaginamos», dice Buonomano.
«Lo que es bastante singular en los humanos es este aspecto de proyectarnos mentalmente al pasado o al futuro: el grado en que podemos participar en lo que llamamos viajar mentalmente en el tiempo», explica.
No todas las actividades orientadas al futuro dependen de esta proyección; los humanos tenemos hábitos innatos, igual que los demás animales. El sexo, por ejemplo, puede tener consecuencias futuras importantes; como dice Buonomano, «nos involucramos en conductas bastante complejas sin pensar en lo que ocurrirá dentro de nueve meses».
Pero nuestra capacidad más elaborada para imaginar el futuro es clave para la mayoría de los logros humanos. Construir casas, cultivar la tierra, estudiar y ahorrar para la jubilación son actividades que se realizan con la vista puesta en el futuro.
«Es un concepto extraño que alguien plante una semilla y vuelva años después. Esto requiere nuestra capacidad de vincular acontecimientos separados por días, semanas y meses», dice Buonomano. Sin esta capacidad, afirma, el homo sapiens (en latín, «hombres sabios») sencillamente no sería sapiens: «es lo que nos hace sabios».
No está claro exactamente qué partes del cerebro hacen posible esta actividad tan propia de los humanos. Sin duda interviene la corteza prefrontal, responsable de las funciones cognitivas de nivel superior. Pero el proceso de pensamiento es tan complejo —implica concebir el pasado, imaginar el futuro y comprender el tiempo de forma sofisticada— que inevitablemente depende de muchas funciones cerebrales.
Pero, aunque la capacidad de conectar la actividad presente con los resultados futuros es exclusiva de los humanos, no siempre se nos da bien. «En el siglo XX, 100 millones de personas murieron por causas relacionadas con el cigarrillo», dice Buonomano. «Si fumar causara cáncer una semana después de que alguien empezara a hacerlo, eso nunca habría ocurrido. A la gente le habría resultado fácil creer en esa relación». Las consecuencias del cambio climático son otro ejemplo importante de cómo los seres humanos no logran centrarse lo suficiente en el futuro.
Otra desventaja, bien conocida por quienes se centran en vivir el presente, es que viajar mentalmente en el tiempo puede ser agotador. «Pasar demasiado tiempo reviviendo el pasado, centrándonos en agravios o en los motivos de nuestro enfado, no es productivo», dice Buonomano.
El neurocientífico afirma que la atención plena tiene sin duda beneficios (esta práctica meditativa cuenta con una larga historia que no puede reducirse a un simple eslogan). Según él, vivir el presente puede ser una invitación valiosa a centrarnos en disfrutar de las actividades actuales, incluso cuando las realizamos pensando en sus resultados futuros. Y la atención plena debe incluir ser conscientes de nuestra actividad mental, para saber cuándo proyectarnos hacia el futuro es productivo y cuándo resulta perjudicial.
En otras palabras, es perfectamente saludable centrarse en disfrutar del momento presente. Pero no invertir en el futuro sencillamente no sería propio de los humanos.


