Decían que era una locura; y, en realidad, el plan de mil millones de euros de la Comisión Europea para construir un modelo informático del cerebro humano parece haber sido demasiado ambicioso. Pero, tras años de controversia y disputas, muchos neurocientíficos creen que el Proyecto Cerebro Humano quizá ya no esté condenado al fracaso.
No solo se han reformado los mecanismos de gobernanza del proyecto, sino que el programa científico está en proceso de reorientarse. Se espera que el proyecto renovado sea un centro de información para neurocientíficos, que proporcione a los investigadores herramientas computacionales y modelos matemáticos para comprender los procesos cerebrales.
El Proyecto Cerebro Humano fue concebido originalmente por el carismático neurocientífico Henry Markram, quien expuso célebremente su visión de construir un cerebro en una supercomputadora en 2009. La idea cobró impulso rápidamente y, en 2013, Markram se convirtió en director de un proyecto emblemático de la UE cuyo objetivo era «integrar datos de investigación de la neurociencia y la medicina para comprender el cerebro humano mediante simulaciones».
El proyecto se financiaría con mil millones de euros repartidos a lo largo de una década y, según se esperaba, ayudaría a respaldar el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer.
Pero la respuesta de muchos neurocientíficos fue poco entusiasta. Un investigador descartó el objetivo declarado de crear un modelo informático del cerebro humano, calificándolo de «una locura» ; otro, más tajantemente, lo describió como «una porquería».
En julio de 2014, varios cientos de científicos que podían recibir financiación a través del proyecto lo criticaron en una carta abierta. Entre ellos estaban dos de los galardonados el año pasado con el Nobel de Fisiología o Medicina: Edvard y May-Britt Moser.
La carta afirmaba que, si no se atendían las preocupaciones de los firmantes, estos boicotearían la iniciativa. La carta arremetía contra el enfoque «estrecho» del proyecto y lo acusaba de «deficiencias sustanciales» en materia de apertura y gobernanza. En respuesta, se puso en marcha un proceso de mediación y, en marzo de este año, el comité presentó su informe, en el que coincidía con gran parte de las críticas. Concluyó que el proyecto, aunque era «visionario» y «guiado por la ciencia», era «demasiado ambicioso en lo relativo a la simulación de todo el cerebro humano y a los posibles resultados sanitarios».
Sin embargo, el comité respaldó plenamente el desarrollo continuo de las plataformas de neuroinformática del proyecto, que proporcionan a los científicos herramientas computacionales y modelos matemáticos para comprender los procesos cerebrales. También reconoció las preocupaciones expresadas hasta entonces sobre la transparencia y la gobernanza, y acordó seguir las recomendaciones de los investigadores.
La junta directiva del proyecto ha aprobado varias de estas recomendaciones, incluida la abolición del comité ejecutivo de tres personas del que formaba parte Markram. El informe también catalizó la reescritura del «acuerdo marco de asociación». Este acuerdo crucial definirá en qué medida cambiarán los objetivos del proyecto y está previsto que se publique más adelante este año.
Piezas fundamentales
Una de las razones por las que el proyecto es tan controvertido es su enfoque «ascendente» de la simulación cerebral. Consiste en tomar las piezas fundamentales más simples de un sistema complejo, simular mecánicamente cada parte y observar cómo surgen comportamientos más complejos. Este método ha tenido mucho éxito en numerosas disciplinas científicas, pero, al aplicarlo al cerebro, surgen problemas de inmediato.
Por ejemplo, ¿cuán simples deben ser las piezas fundamentales por las que se empieza? Los átomos son extremadamente básicos, pero habría que tener en cuenta cien billones de ellos solo para simular una neurona. ¿Y las neuronas? El cerebro humano contiene alrededor de cien mil millones; quizá fuera posible simularlo a ese nivel, pero en ese caso podrían quedar fuera datos clave.
Además, carecemos de datos experimentales suficientes sobre cómo se conectan las neuronas entre sí y cómo cambian dinámicamente esas conexiones con el tiempo. Por último, aunque supongamos que la simulación tiene éxito, no está claro que tengamos la comprensión teórica necesaria para interpretar el significado de los resultados.
Eso no quiere decir que no valga la pena simular el cerebro con un enfoque ascendente. Se trata, más bien, de aceptar que para muchos problemas neurocientíficos hay mejores maneras de comprender lo que ocurre, como los modelos descendentes y las técnicas sofisticadas de análisis de datos. Por tanto, no deberíamos estrechar el enfoque, sino ampliarlo, para que los neurocientíficos puedan realizar simulaciones pertinentes para su trabajo.
Aquí es donde mejor encaja el Proyecto Cerebro Humano. Christof Koch, director científico del Allen Institute for Brain Science, ha descrito la neurociencia como «un campo fragmentado». Los laboratorios de todo el mundo siguen caminos distintos, con una desconcertante variedad de herramientas, especies animales y conductas, lo que equivale a un «Big Bang sociológico».
El Allen Institute, con sede en Seattle, ha intentado abordar este problema mediante bases de datos estandarizadas a gran escala, como un atlas de expresión génica de todo el cerebro del ratón. Sin embargo, la neurociencia aún carece de un «centro de información» donde se organicen y analicen de manera uniforme los datos de todo el mundo. Es imprescindible que el Proyecto Cerebro Humano trabaje para convertirse en ese centro, de modo que puedan descubrirse nuevos conocimientos a partir de estos datos.
Señales positivas
Que el proyecto se esté adaptando para responder a las preocupaciones planteadas es, sin duda, una señal positiva. Pero la clave está en la ejecución. Si la sobrevalorada simulación cerebral ascendente sigue siendo la pieza central del proyecto, es probable que este continúe sumido en la controversia. En cambio, si mantiene el nuevo rumbo de crear las herramientas necesarias para gestionar grandes cantidades de datos neurocientíficos, podría gozar de aceptación.
Desde esta perspectiva, tiene el potencial de complementar otro megaproyecto: la iniciativa BRAIN de la Casa Blanca, anunciada por la administración Obama en 2013. Su objetivo es mejorar radicalmente las tecnologías utilizadas para registrar datos en el cerebro. Si el Proyecto Cerebro Humano puede mejorar radicalmente las tecnologías utilizadas para analizar y modelar esos datos, algún día la controversia podría convertirse en motivo de felicitación.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Sanjeevan Ahilan es estudiante de doctorado en Neurociencia en UCL.
Imagen: Modelos craneológicos de yeso de cabezas que muestran distintas partes del cerebro. REUTERS/Chris Helgren


