¿Necesita replantearse su definición del éxito?

The question is—how do we respond to that disappointment?Image: REUTERS/Andrea Comas
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La sociedad contemporánea tiene ideas muy equivocadas sobre lo que constituye el éxito. La opinión popular sostiene que quien estudió en Harvard es más inteligente y mejor que alguien que asistió a la Universidad Estatal de Ohio; que un padre que se queda en casa con sus hijos aporta menos a la sociedad que un hombre que trabaja en una empresa de Fortune 500; y que una mujer con 200 seguidores en Instagram debe valer menos que una mujer con dos millones.

Esta noción del éxito no es solo elitista y desacertada: perjudica activamente a quienes creen en ella. Para mi libro, El poder del sentido, hablé con muchas personas que definían su identidad y su autoestima a partir de sus logros académicos y profesionales. Cuando tenían éxito, sus vidas les parecían significativas y eran felices. Pero, cuando fracasaban o pasaban apuros, desaparecía lo único que daba valor a sus vidas, y caían en la desesperación, convencidas de que no valían nada.

Escribir mi libro me enseñó que ser una persona exitosa no consiste en alcanzar logros profesionales ni en tener más juguetes que nadie. Consiste en ser una persona buena, sabia y generosa. Mi investigación demostró que cultivar estas cualidades aporta a las personas una profunda y duradera sensación de plenitud, que a su vez les ayuda a afrontar los reveses con resiliencia y a encontrarse con la muerte en paz. Estos son los criterios que deberíamos usar para evaluar nuestro propio éxito en la vida y el de los demás, especialmente el de nuestros hijos.

Redefinir el éxito

Según el gran psicólogo del siglo XX Erik Erikson, para llevar una vida significativa, los seres humanos deben dominar cierto valor o habilidad en cada etapa de su desarrollo. En la adolescencia, por ejemplo, crear un sentido de identidad es el principal desafío del desarrollo. En la juventud, el objetivo primordial es forjar vínculos íntimos con otras personas. Y, en la edad adulta, la tarea más importante es desarrollar la generatividad, es decir, cultivar a la siguiente generación o ayudar a otras personas a alcanzar sus metas y desarrollar su potencial.

En el libro El ciclo vital completado, Erikson cuenta un chiste sobre un anciano moribundo para transmitir una idea profunda sobre la generatividad:

Mientras yacía allí con los ojos cerrados, su esposa le susurraba al oído, nombrando a cada miembro de la familia que estaba allí para desearle shalom. «¿Y quién —preguntó de pronto, incorporándose bruscamente—, quién está al frente del negocio?». Esto expresa el espíritu de la edad adulta que los hindúes llaman «el mantenimiento del mundo».

En otras palabras, uno es un adulto exitoso cuando supera el egoísmo natural de la infancia y la juventud, cuando se da cuenta de que la vida ya no consiste en trazar su propio rumbo, sino en ayudar a los demás, ya sea criando hijos, orientando a colegas o creando algo nuevo y útil para el mundo. Las personas generativas se ven como parte de un tapiz más amplio y procuran preservarlo, por humildemente que sea, para las generaciones futuras. Ese legado da sentido a sus vidas.

Hoy, Anthony Tjan —empresario, inversor y autor del nuevo libro Buena gente— es un buen ejemplo de generatividad. Pero no siempre fue así. En 2000, Tjan acababa de graduarse de la Escuela de Negocios de Harvard y dirigía una empresa de servicios de internet llamada ZEFER, valorada en 100 millones de dólares y en rápido crecimiento, uno de los emblemas del auge de las puntocom. Tjan estaba a punto de sacar la empresa a bolsa, un hito emocionante que le reportaría una cuantiosa ganancia.

Pero el día previsto para la salida a bolsa de la empresa, el NASDAQ registró su mayor caída de la historia. La burbuja de las puntocom estaba estallando. Tjan y sus colegas se vieron obligados a cancelar la oferta pública inicial y, finalmente, a reestructurar la empresa con tres rondas de despidos.

Tjan quedó destrozado. La salida a bolsa había sido su obsesión: la veía como el mayor logro de su joven carrera. En privado, había calculado cuántos millones ganaría con ella. Ahora esos sueños se habían esfumado y se sentía humillado y desmoralizado.

Al afrontar las consecuencias del fracaso de la salida a bolsa, Tjan se dio cuenta de que su definición del éxito lo había llevado por el camino equivocado. En aquel momento, suponía que el éxito significaba, en sus palabras, «ganar». Escribe: «Habíamos definido nuestro éxito por lo que una oferta pública inicial podía aportarnos, en vez de por alguno de los papeles significativos o las innovaciones que habíamos creado, o por su impacto en el mundo». Con el tiempo, se dio cuenta de que el verdadero éxito consiste, según dijo, en «poner tus fortalezas al servicio de una vocación superior», es decir, en la generatividad.

Hoy, Tjan es socio de la firma de inversión Cue Ball, donde intenta estar a la altura de su nueva definición del éxito, y parece que lo está logrando. Uno de sus proyectos favoritos es MiniLuxe, una cadena de salones de manicura que fundó para transformar el sector, donde las manicuristas suelen recibir salarios bajos y ser explotadas. En MiniLuxe, las manicuristas reciben un salario justo y prestaciones de jubilación, y los clientes, manicuras y pedicuras más higiénicas.

«No quiero que mis hijos piensen en el éxito en términos de ganar y perder», me dijo Tjan. «Quiero que busquen la plenitud».

Ser útil

En el modelo de desarrollo de Erikson, lo opuesto a la generatividad es el «estancamiento»: la persistente sensación de que la vida carece de sentido porque uno no sirve para nada y nadie lo necesita.

Para prosperar, las personas necesitan sentir que tienen un papel que desempeñar en sus comunidades y que se juegan algo en la vida. Esto queda de manifiesto en un clásico estudio de psicología sobre el desarrollo adulto, que siguió durante 10 años, en la década de 1970, a 40 hombres a lo largo de sus vidas.

Uno de esos hombres, un novelista, había atravesado una mala racha profesional. Pero, cuando recibió una llamada para ofrecerle dar clases de escritura creativa en una universidad, dijo que era «una especie de confirmación de mi utilidad».

Otro hombre vivió la experiencia opuesta. Llevaba más de un año desempleado cuando les dijo a los investigadores: «Me encuentro con un gran muro en blanco. Siento que no sirvo para nada, que no soy bueno para nadie… La idea de que no puedo cubrir las necesidades básicas, de que no hay dinero y de que no podemos conseguirle a mi hijo lo que necesita, me hace sentir como un tonto, como un cabrón».

Para el primer hombre, la oportunidad de ser generativo le dio un propósito. Para el segundo, que se le negara esa oportunidad fue un golpe amargo. Y para ambos —como para la mayoría de las personas—, el desempleo no era solo un problema económico, sino también existencial. Las investigaciones demuestran que, a lo largo de la historia, las tasas de desempleo y suicidio aumentan a la par. Esto se debe a que, cuando las personas sienten que no tienen nada valioso que hacer, pierden el rumbo.

Pero el trabajo no es la única manera de ser útil a los demás. John Barnes, otro hombre de ese estudio longitudinal, aprendió esta lección por las malas. Barnes, biólogo de una universidad, era un hombre extremadamente ambicioso y exitoso según los parámetros convencionales. Había obtenido prestigiosas becas, como la beca Guggenheim; fue elegido por unanimidad jefe de departamento en su universidad de la Ivy League y era vicedecano de su facultad de medicina.

Y, sin embargo, en la mitad de su vida se consideraba un fracasado. No tenía ningún objetivo que considerara valioso. Y las cosas que más le gustaba hacer —«estar en un laboratorio y estar en un barco»—, según sus propias palabras, no «contribuían ni una maldita cosa a los demás». Se sentía a la deriva. Toda su vida lo había impulsado un «intenso deseo de recibir elogios». Por encima de todo, quería que lo reconocieran como un científico de primer nivel. Pero entonces comprendió que su ansia de reconocimiento reflejaba un vacío espiritual: «A uno debe faltarle algo en su interior», dijo, «si necesita que lo sostengan los comentarios elogiosos».

En la mediana edad, es natural que las personas oscilen entre la generatividad y el estancamiento, entre preocuparse más por los demás y preocuparse más por sí mismas. Para Erikson, la señal de un adulto exitoso y en crecimiento es resolver esta lucha.

Y eso fue lo que Barnes terminó haciendo. Cuando los investigadores volvieron a contactarlo unos años después, descubrieron que estaba menos centrado en progresar profesionalmente y recibir elogios. En cambio, había encontrado maneras significativas de servir a los demás: siendo un padre más presente para su hijo, desempeñando una función administrativa en su universidad y orientando a estudiantes de posgrado en su laboratorio. Quizá sus investigaciones seguirían siendo poco conocidas; quizá nunca sería considerado una eminencia en su campo. Pero había reescrito su relato sobre el éxito. Había dejado atrás su búsqueda de «elogios». Ahora dedicaba su tiempo a ser útil no solo en el trabajo, sino también en casa, con su familia.

En muchos sentidos, muchos de nosotros nos parecemos a John Barnes. Quizá no tengamos tantas ansias de reconocimiento ni hayamos avanzado tanto en nuestras carreras. Pero, como Barnes, la mayoría tenemos sueños que no se harán realidad. La pregunta es: ¿cómo respondemos a esa decepción? Podemos concluir, como hizo Barnes al principio, que somos unos fracasados y que nuestras vidas carecen de sentido. O podemos adoptar una definición distinta del éxito, basada en la generatividad: en hacer el silencioso trabajo de cuidar nuestros «negocios» en nuestros pequeños rincones del mundo y asegurarnos de que alguien se ocupe de ellos cuando ya no estemos. En última instancia, esa es la clave para llevar una vida significativa.

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