La OMS define el agotamiento laboral como un «fenómeno ocupacional» y se caracteriza por el cansancio extremo, el distanciamiento, los sentimientos negativos hacia el trabajo y una eficacia reducida.
Casi 3 de cada 5 estadounidenses afirman tener síntomas que van desde el agotamiento emocional hasta hacer el mínimo esfuerzo en el trabajo.
Sin embargo, el discurso sobre el agotamiento laboral está marcado por el privilegio y se asocia principalmente con trabajadores blancos de clase media y alta.
Abordar el agotamiento laboral exigiría reformar a fondo la cultura laboral y fortalecer las redes de protección social.
El agotamiento laboral es el problema de salud mental que define nuestra época. El personal de enfermería y los médicos se están agotando; también los docentes y los oficinistas y los deportistas de élite y, probablemente, tú y yo. En uno de los ensayos más influyentes de los últimos años, Anne Helen Petersen sostuvo que los millennials, como generación, están agotados por la promesa incumplida del sueño americano. Las búsquedas de agotamiento laboral en Google en Estados Unidos están en un máximo histórico, y casi 3 de cada 5 estadounidenses afirman tener síntomas que van desde el agotamiento emocional hasta hacer el mínimo esfuerzo en el trabajo.
No cabe duda de que el agotamiento laboral es un problema real y de actualidad. También es «un problema estadounidense, un problema de yuppies, una insignia de éxito», como escribió Jill Lepore en The New Yorker el año pasado. Admitir que se sufre agotamiento laboral significa reconocer que uno está pasando por un mal momento. Pero también implica que se ha llegado a ese estado porque se es un trabajador ambicioso y muy entregado, que se preocupa tanto por lo que hace que se ha llevado al límite.
Por eso, hablar abiertamente del agotamiento laboral con el jefe (como ahora la Harvard Business Review anima a los trabajadores a hacer) o compartir las propias experiencias en Twitter o LinkedIn conlleva mucho menos riesgo y estigma que decir que se está deprimido o se siente ansiedad o se atraviesa una crisis existencial o cualquier otro problema mental y emocional. El agotamiento laboral es un problema que el capitalismo provoca y, a la vez, legitima: uno se ha ganado este colapso de salud mental.
Así, el agotamiento laboral se ha convertido en un término comodín para describir desde sentirse exhausto en el trabajo hasta sentirse solo o desesperanzado o sentirse desbordado por la crianza. Hay una buena razón: como el agotamiento solo es posible si antes nos hemos excedido trabajando, alegar que lo padecemos nos permite justificar públicamente tomarnos un descanso, dejar el trabajo o pasar a un puesto con menos responsabilidades de una forma que, por ejemplo, decir simplemente que nos sentimos infelices quizá no permitiría. Decir que se sufre agotamiento laboral equivale hoy a gritar «¡refugio!»
Pero si el agotamiento laboral nos ha dado una forma culturalmente aceptable de admitir que necesitamos ayuda, vale la pena explorar quiénes y qué quedan fuera de ese discurso, y qué significaría imaginar un mundo en el que no tuviéramos que justificar la necesidad de cuidarnos a nosotros mismos y a los demás desde el principio.
¿Qué es el agotamiento laboral?
Como señala Lepore, el agotamiento laboral es un término impreciso. La Organización Mundial de la Salud lo reconoce como un «fenómeno ocupacional», en lugar de una afección médica, y no figura en la edición más reciente del DSM, el compendio estadounidense de diagnósticos psiquiátricos. Los síntomas del agotamiento laboral —cansancio extremo, distanciamiento o sentimientos negativos hacia el trabajo y eficacia reducida— se parecen mucho a los de la depresión. De hecho, las investigaciones sugieren que el agotamiento laboral suele ir de la mano tanto de la depresión como de la ansiedad, e incluso puede confundirse con esas afecciones. Sentirse distante y cínico respecto al trabajo quizá no sea agotamiento laboral propiamente dicho, sino una reacción perfectamente razonable ante un jefe tóxico o un entorno laboral disfuncional, en cuyo caso la solución es renunciar.
Todo esto significa que puede ser difícil distinguir en qué se diferencia el agotamiento laboral de otros problemas. En una carta a The New Yorker, el psiquiatra de la Universidad Duke Allen Francis comparó el agotamiento laboral con la neurastenia, un diagnóstico que se popularizó a finales del siglo XIX.
Como explica Francis, la neurastenia, al igual que el agotamiento laboral, se caracterizaba por el cansancio mental y físico, y en su momento se atribuía «a la dificultad que tenían los trabajadores para adaptarse a las nuevas tecnologías» y a las exigencias extenuantes de la era moderna. También como el agotamiento laboral, la neurastenia se entendía como un problema y, en cierta medida, como un cumplido para quienes la padecían: indicaba «la presencia de una mente activa, un carácter competitivo, amor por la libertad; en resumen, el estadounidense por excelencia», según el libro Neurasthenic Nation, citado por Julie Beck en The Atlantic.
¿El agotamiento laboral solo afecta a la clase media?
Otra similitud entre el agotamiento laboral y la neurastenia: ambas son afecciones que las personas privilegiadas han tendido a reivindicar. En el caso de la neurastenia, el racismo y el elitismo se incorporaron deliberadamente al diagnóstico. George Beard, el neurólogo que definió la afección, pensaba que las personas no blancas y de clase baja no eran vulnerables a ella porque, sencillamente, no tenían suficientes logros.
Hoy, muchos expertos en agotamiento laboral sí intentan llamar la atención sobre cómo las personas con identidades marginadas pueden ser especialmente susceptibles a esta afección, al enfrentarse al racismo, la transfobia, el capacitismo y otros prejuicios, además de otros factores de estrés laboral. El ensayo viral de Petersen sobre el agotamiento de los millennials, publicado en BuzzFeed en 2019, sobre el agotamiento de los millennials fue muy criticado por abordar el agotamiento principalmente desde la perspectiva de personas blancas, de clase media y con un alto nivel educativo. Petersen trató de corregirlo en sus reportajes posteriores y en su libro Can’t Even, aunque algunos críticos consideraron que el análisis del libro sobre la raza y la clase como factores que impulsan el agotamiento laboral se quedaba corto.
Pero, en general, en los medios populares, el agotamiento laboral sigue siendo un término asociado en gran medida con las clases media y alta. Es mucho menos probable que oigamos hablar del agotamiento de trabajadores de almacén o asistentes de atención domiciliaria que, por ejemplo, de un director ejecutivo, aunque alguien que intenta averiguar cómo alimentar a una familia con 15 dólares por hora parece sin duda un firme candidato a sentirse sobrecargado de trabajo y desbordado. En 2019, la escritora Tiana Clark escribió lo siguiente sobre el discurso sobre el agotamiento de los millennials : «Me pregunto si este fenómeno tan de moda, este intento de definirnos como la generación agotada y estresada, se ha hecho popular porque los millennials blancos de clase media alta no están acostumbrados a estar cansados todo el tiempo. ¿No están acostumbrados a sentirse hechos polvo, como les ha ocurrido desde hace mucho tiempo a las personas negras y otros grupos marginados?». Del mismo modo, quizá nuestra cultura pase por alto el agotamiento laboral como problema de la clase trabajadora porque se da por hecho que la vida será brutal para quienes no tienen mucho dinero ni capital cultural; lo que resulta sorprendente en el discurso dominante es que el sueño americano no cumpla su promesa de que pertenecer a la clase media significa vivir cómodamente.
Otro problema del discurso privilegiado sobre el agotamiento laboral es que las soluciones habituales —más tiempo libre, horarios más flexibles, cargas de trabajo más razonables y mejores límites entre el trabajo y la vida personal— dependen en gran medida de la colaboración de un empleador dispuesto. Sin embargo, los empleadores suelen estar mucho más interesados en mantener la felicidad y el bienestar de los trabajadores del conocimiento que en apoyar a quienes realizan trabajos supuestamente «no cualificados»trabajos supuestamente «no cualificados», a quienes se clasifica injustamente como prescindibles.
Abordar el agotamiento laboral en todos los estratos sociales exigiría no solo reformar a fondo la cultura laboral, sino también adoptar medidas políticas y fortalecer la red de protección social, para garantizar que todas las personas tengan acceso a prestaciones como vacaciones pagadas y cuidado infantil asequible. Jaime-Alexis Fowler, fundadora de la organización sin fines de lucro Empower Work, escribió hace poco en LinkedIn: «Si queremos construir un futuro laboral que realmente funcione para todos, no podemos centrarnos en soluciones al agotamiento laboral que requieran privilegios sociales y económicos para acceder a ellas». Pero el agotamiento laboral está tan arraigado culturalmente como fenómeno propio de las personas privilegiadas que quizá ni siquiera sea un marco útil o suficiente para hablar del sufrimiento evitable de la clase trabajadora. La perspectiva de la justicia económica—que parte del principio fundamental de que las instituciones y las políticas deben diseñarse para que todas las personas tengan acceso a vivienda, atención médica, educación y un salario digno— es mucho más inclusiva.
¿Qué viene después del agotamiento laboral?
Nada de esto pretende negar el impacto del agotamiento laboral en la salud mental y física de las personas. Vivir y trabajar durante una pandemia mundial resulta ser estresante, además de tener que desenvolverse en una sociedad que desde hace mucho anima a los estadounidenses a medir su valía personal según su productividad.
Pero el reinado del agotamiento laboral quizá sea pasajero como explicación general de los problemas de nuestra forma de vivir y trabajar.
En este momento, la cultura estadounidense está en una encrucijada. La pandemia ha llevado a muchas personas a reconsiderar la conveniencia de una cultura del esfuerzo constante que nos pide sacrificar la salud y la felicidad por el éxito profesional (por no hablar del beneficio de nuestros empleadores). Pero también es difícil sacudirse la influencia, de siglos de antigüedad, de la ética protestante del trabajo, que nos dice que debemos expresar incluso nuestras vulnerabilidades y dificultades en términos de productividad. Por eso, las conversaciones sobre el agotamiento laboral suelen girar en torno a la idea de que es importante recuperarse por el bien de nuestra carrera y nuestra salud, para poder volver a rendir al máximo, aunque con un mejor equilibrio entre la vida laboral y la personal.
Pero ¿quién dice que tenemos que trabajar en exceso para aprender a trabajar menos, o que el objetivo de recuperarnos del agotamiento laboral debería ser alcanzar un nivel óptimo de productividad? Está surgiendo un nuevo tipo de conversación sobre el trabajo, desde el foro antitrabajo de Reddit hasta las tendencias chinas de «tumbarse» y «tocar peces», que animan a la gente a no asumir los valores culturales que conducen al agotamiento laboral desde el principio. En TikTok, los usuarios de la generación Z declaran con orgullo que «no sueñan con trabajar»; en el libro La pereza no existe, el autor Devon Price insta a los lectores a dejar de medir su valía personal por sus logros. «Los logros son efímeros», escribe Price. «Nunca pueden darnos una satisfacción verdadera. En cuanto cruzas la meta y recoges el trofeo, se acaba la alegría de correr la carrera».
Esta forma más radical de pensar no consiste en gestionar el agotamiento laboral, y sus soluciones tampoco dependen de que los empleadores mejoren las condiciones de trabajo por pura bondad. Se trata de estar hartos de la premisa de que nuestros empleos determinan gran parte de nuestra identidad y del valor que se nos atribuye, por no hablar de si tenemos acceso aatención sanitaria y planes de jubilación, para empezar. Después de la era del agotamiento puede llegar la era del revolucionario holgazán, impulsada por personas dispuestas no solo a rechazar el trabajo tal como lo conocemos, sino también a cambiar fundamentalmente nuestras ideas culturales sobre cómo pueden ser la felicidad y el éxito. Están listas para construir algo nuevo.


