El confinamiento es el mayor experimento psicológico del mundo y pagaremos el precio

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  • Con unos 2.600 millones de personas en todo el mundo sometidas a algún tipo de confinamiento, estamos llevando a cabo, posiblemente, el mayor experimento psicológico de la historia;

  • Esto provocará una segunda epidemia de agotamiento y absentismo laboral relacionado con el estrés en la segunda mitad de 2020;

  • Actuar ahora puede mitigar los efectos tóxicos de los confinamientos por la COVID-19.

A mediados de la década de 1990, Francia fue uno de los primeros países del mundo en adoptar un enfoque revolucionario para afrontar las consecuencias de atentados terroristas y desastres. Además de un hospital de campaña o un puesto de triaje médico, la respuesta francesa a las crisis incluye la instalación de una unidad psicológica de campaña, una Cellule d’Urgence Médico-Psychologique o CUMPS.

En ese segundo puesto de triaje, las víctimas y los testigos que no han sufrido daños físicos reciben ayuda psicológica y se evalúa si presentan indicios de necesitar tratamiento postraumático adicional. En esas situaciones, la Organización Mundial de la Salud recomienda protocolos como R-TEP (Protocolo para episodios traumáticos recientes) y G-TEP (Protocolo grupal para episodios traumáticos).

Desde que Francia marcó el camino hace más de 20 años, los manuales internacionales de respuesta ante desastres recomiendan cada vez más este enfoque de dos tiendas: una para los heridos y otra para tratar las heridas invisibles y psicológicas del trauma.

Para hacer frente a la pandemia de COVID-19, el mundo se afana por instalar suficientes tiendas para tratar a quienes están infectados por un virus mortal y muy contagioso. En Nueva York, vemos hospitales de campaña de verdad en pleno Central Park.

Pero no estamos instalando la segunda tienda para ofrecer ayuda psicológica, y pagaremos el precio entre tres y seis meses después del fin de este confinamiento sin precedentes, justo cuando necesitaremos a todas las personas capaces de ayudar a que la economía mundial se recupere.

El coste psicológico de la cuarentena y el confinamiento

Actualmente, se estima que 2.600 millones de personas —un tercio de la población mundial— viven bajo algún tipo de confinamiento o cuarentena. Este es, posiblemente, el mayor experimento psicológico jamás realizado.

Tamaño estimado de los confinamientos en todo el mundoImage: Statista

Por desgracia, ya tenemos una buena idea de cuáles serán sus resultados. A finales de febrero de 2020, justo antes de que los países europeos impusieran distintas formas de confinamiento, The Lancet publicó una revisión de 24 estudios que documentaban el impacto psicológico de la cuarentena («la restricción de movimiento de personas que podrían haber estado expuestas a una enfermedad contagiosa»). Los hallazgos ofrecen un atisbo de lo que se está gestando en cientos de millones de hogares de todo el mundo.

En resumen, y quizá sin que sorprenda, es muy probable que las personas en cuarentena desarrollen una amplia variedad de síntomas de estrés y trastornos psicológicos, como bajo estado de ánimo, insomnio, estrés, ansiedad, ira, irritabilidad, agotamiento emocional, depresión y síntomas de estrés postraumático. El estudio señala que el bajo estado de ánimo y la irritabilidad destacan por ser muy frecuentes.

En China, estos efectos previstos en la salud mental ya se están notificando en los primeros artículos de investigación sobre el confinamiento.

Cuando los padres estaban en cuarentena con sus hijos, el impacto en la salud mental fue aún mayor. En un estudio, nada menos que el 28% de los padres en cuarentena cumplía los criterios para recibir un diagnóstico de «trastorno de salud mental relacionado con un trauma».

Entre el personal hospitalario en cuarentena, casi el 10% declaró tener «síntomas depresivos intensos» hasta tres años después de la cuarentena. Otro estudio sobre los efectos a largo plazo de la cuarentena por el SARS entre los trabajadores sanitarios detectó un riesgo prolongado de abuso del alcohol, automedicación y conducta persistente de «evitación». Esto significa que, años después de haber estado en cuarentena, algunos trabajadores hospitalarios siguen evitando el contacto estrecho con los pacientes, simplemente no presentándose a trabajar.

En el confinamiento abundan los motivos de estrés: existe el riesgo de contagio, el temor a enfermar o a perder a seres queridos, así como la posibilidad de sufrir dificultades económicas. Todo esto, y mucho más, está presente en la pandemia actual.

La segunda epidemia y la instalación en línea de la segunda tienda

Ya vemos un fuerte aumento del absentismo en los países sometidos a confinamiento. La gente tiene miedo de contagiarse de COVID-19 en el trabajo y evita ir a trabajar. Veremos una segunda ola de esto dentro de tres a seis meses. Justo cuando necesitemos a todas las personas capaces de contribuir a la recuperación de la economía, podemos esperar un fuerte aumento del absentismo y el agotamiento.

Lo sabemos por muchos ejemplos, desde el absentismo en unidades militares después de desplegarse en zonas de riesgo y empresas cercanas a la Zona Cero del 11-S hasta los profesionales sanitarios en regiones afectadas por brotes de ébola, SARS y MERS.

Justo antes del confinamiento, realizamos una encuesta de referencia a una muestra representativa de la población belga. En ella vimos que el 32% de la población podía clasificarse como muy resiliente («verde»). Solo el 15% de la población indicó niveles tóxicos de estrés («rojo»).

Cómo afecta a los belgas el estrés durante el confinamiento

En nuestra encuesta más reciente, realizada tras dos semanas de confinamiento, la proporción «verde» se redujo al 25% de la población. La proporción «roja» aumentó 10 puntos porcentuales, hasta alcanzar el 25% de la población.

Estas son las personas con alto riesgo de ausentismo laboral prolongado por enfermedad y agotamiento. Aunque sigan trabajando, una investigación de Eurofound informa de una pérdida de productividad del 35% en estos trabajadores.

En general, sabemos que los grupos con riesgo de sufrir problemas de salud mental a largo plazo serán los trabajadores sanitarios que están en primera línea, los jóvenes menores de 30 años y los niños, las personas mayores y quienes se encuentran en situaciones precarias, por ejemplo, debido a una enfermedad mental, una discapacidad o la pobreza.

Nada de esto debería sorprender a nadie; en el campo de la psicología del trauma, desde hace décadas se reconocen los conocimientos sobre los daños a largo plazo que causan los desastres.

Las fases de la respuesta ante desastresImage: Cuando ocurre un desastre, Beverly Raphael, 1986

Aunque estos conocimientos no son nuevos, sí lo es la magnitud descomunal de estos confinamientos. Esta vez, el epicentro no es una aldea, un pueblo o una región en cuarentena; un tercio de la población mundial está haciendo frente a estos intensos factores de estrés. Debemos actuar ahora para mitigar los efectos tóxicos de este confinamiento.

¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial ante el brote de coronavirus?

Qué pueden y deben hacer hoy los gobiernos y las ONG

Existe un amplio consenso entre los académicos sobre la atención psicológica tras desastres e incidentes graves. Estas son algunas pautas generales:

  • Asegurarse de que haya intervenciones de autoayuda capaces de atender las necesidades de grandes grupos de población afectados;

  • Informar a las personas sobre el impacto psicológico y las reacciones al trauma que cabe esperar, si desean recibir esa información. Asegurarse de que entiendan que una reacción psicológica es normal;

  • Poner en marcha un sitio web específico para abordar cuestiones psicosociales;

  • Asegurarse de que las personas con problemas agudos puedan encontrar la ayuda que necesitan

En Bélgica, hace poco pusimos en marcha Everyone OK, una herramienta en línea que intenta ofrecer ayuda a la población afectada. Utilizando protocolos e intervenciones existentes, pusimos en marcha nuestra herramienta digital de autoayuda en tan solo dos semanas.

En lo que respecta a ofrecer apoyo psicológico a sus poblaciones, la mayoría de los países reaccionan tarde, como también reaccionaron tarde ante el nuevo coronavirus. Más vale tarde que nunca.

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