Así puedes encontrar sentido a tu vida y seguir siendo feliz

A woman plays with her daughter in an anemones field near Kibbutz Alumim in southern Israel February 7, 2017. REUTERS/Amir Cohen TPX IMAGES OF THE DAY - RTX301JQ
How should we live when it appears that happiness and meaning are competing values?Image: REUTERS/Amir Cohen
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A primera vista, hay muchas situaciones en las que hacer algo que nos hace más felices no logra que nuestras vidas tengan más sentido. Algunos ejemplos recientes de mi vida son: haberme dado una ducha gloriosamente caliente, haber visto varios episodios de la serie de comedia de HBO «Veep» mientras comía helado de chocolate y haber llevado un traje especialmente elegante.

Los filósofos profesionales ilustran este punto con experimentos mentales «fantásticos» o «hipotéticos»: imaginan una vida transcurrida en una máquina de realidad virtual que da a quien la ocupa la vívida impresión de estar haciendo cosas interesantes que en realidad no hace, o una vida dedicada a subir una roca por una colina eternamente, pero disfrutándolo gracias a la forma en que los dioses han estructurado el cerebro de esa persona.

Image: Vox

A la inversa, hay muchas ocasiones en las que hacer algo que da sentido a nuestras vidas parece no hacernos más felices. Pensemos en cuidar de un progenitor anciano y enfermo que necesita atención constante, o en matarse a trabajar en un empleo alienante para mantener a los hijos. Como ejemplos menos frecuentes, pero aún más intensos, pensemos en quienes han luchado contra la injusticia a costa de su propia paz y satisfacción, como Nelson Mandela tras pasar 27 años en prisión en su lucha contra el apartheid, o en los héroes que han dado la vida por los demás, quizá ofreciéndose a ceder su sitio en un bote salvavidas que no podía acoger a todo el mundo.

Intuitivamente, estos son casos de falta de sentido feliz e importancia con infelicidad, respectivamente. Una forma prometedora de entender cómo pueden divergir estos dos valores humanos es pensar en la felicidad en términos de experiencias agradables, y en la significación como aquello que merece gran estima o admiración.

Las grandes religiones del mundo suelen proponer maneras de conciliar la felicidad y el sentido. Una es cumplir el propósito de su Dios y luego entrar en el cielo (monoteísmo). Otra es comprender la unidad propia con todo lo demás en el mundo y superar así la sensación de aislamiento (hinduismo). Estas estrategias dependen fundamentalmente de la existencia de un ámbito espiritual que incluye un alma.

Sin embargo, aunque tengamos fe en una realidad espiritual, pocos creemos tener pruebas sólidas de ella. Si en realidad carecemos de alma, o si de otro modo queremos centrarnos en asuntos terrenales, ¿cómo deberíamos vivir cuando parece que la felicidad y el sentido son valores en competencia?

Cuidar, y luego bailar

Ante la posibilidad de que la felicidad y la significación nos lleven por caminos distintos en una vida terrenal, algunas personas despreocupadas («hedonistas») recomendarían buscar la felicidad y hacer todo lo posible para maximizar el placer a largo plazo, mientras que otras, de espíritu más grave («estoicas»), sostendrían que la felicidad está sobrevalorada y que lo que cuenta es el sentido.

Mi perspectiva es distinta. Creo que la mejor vida, o al menos una realmente buena, incluiría tanto felicidad como significación. Aunque a veces haya que elegir entre estos dos valores, deberíamos aspirar a una vida en la que abunden ambos.

¿Cómo hacerlo? A veces, lo mejor que se puede hacer es alternar la búsqueda de ambos. Puede que los enfermeros y enfermeras que afrontan a diario sufrimientos intensos y la muerte no tengan más opción que dedicar tiempo a «encontrar sentido» y, después, salir a bailar a una discoteca o jugar con el iPad mientras toman una copa de vino.

Otra estrategia, sin embargo, sería buscar una vida que ofreciera felicidad y sentido al mismo tiempo, para no tener que renunciar a uno para obtener el otro. Eso probablemente no debería significar limitarse a tomar una «pastilla de la felicidad» para soportar la monotonía de una cadena de montaje. En cambio, uno podría dedicarse a actividades que merezcan especialmente estima y admiración y que, por su propia naturaleza, tiendan a producir experiencias agradables.

Jardín de flores

Los ejemplos que tengo en mente son aquellos en los que hay felicidad en el esfuerzo y sentido sin sacrificio. Los casos de felicidad que he mencionado hasta ahora han sido pasivos: la persona simplemente «recibe» sensaciones placenteras. En cambio, los casos de sentido han sido aquellos en los que una persona renuncia a mucho por el bien de los demás.

Sin embargo, existen formas más activas de felicidad y tipos de sentido que exigen menos sacrificio personal. Y cuando ambos coinciden, quienes los experimentan suelen considerarlos maneras «cumbre» o «ideales» de vivir, algo que aprecian especialmente en la vida.

Pensemos en trabajar duro para cultivar un jardín de flores para la familia. O en escribir poesía que tenga una buena acogida. O en hacer un descubrimiento intelectual que influya en un campo. O en crear un nuevo dispositivo que contribuya a mejorar la vida de las personas. O en enorgullecerse de haber superado una neurosis. O en hacer ejercicio y observar los progresos en la forma física y la capacidad atlética. O en cuidar de una mascota.

O pensemos en aprender a tocar un instrumento hasta poder interpretar una canción hermosa. O en conversar con los hijos sobre cómo ven el mundo y cómo podrían hacerlo de maneras más reveladoras y productivas. O en ayudar a un grupo de personas a trabajar bien en equipo. O en tener relaciones sexuales con la persona amada. O en escribir un breve ensayo para un público amplio sobre cómo vivir para que se realicen dos valores humanos fundamentales.

No estoy sugiriendo que los enfermeros y enfermeras deban dejar su trabajo ni que uno no deba comer helado de chocolate. Pero si, como yo, quieres obtener tanta felicidad y sentido de la vida como puedas, pasarás bastante tiempo viviendo en ese punto ideal donde ambos se encuentran.

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