Dónde trazar la línea entre vigilar y proteger es un dilema ético de larga data, y uno que se percibe con especial intensidad en el ámbito de la salud mental.
En los últimos años han surgido diversas soluciones tecnológicas para contribuir al bienestar y a la salud mental. Por ejemplo, hoy en día es técnicamente posible evaluar el estado mental de una persona mediante el seguimiento de sus publicaciones en Facebook o Twitter.
Pero ¿cuándo sería aceptable que los servicios de emergencia acudan o que un médico o consejero intervenga?
Estas cuestiones se abordan en un informe presentado en el Encuentro Anual de los Nuevos Campeones del Foro Económico Mundial, celebrado en Dalian (China).
Se trata de un tema apremiante, ya que una de cada cuatro personas en el mundo se verá afectada por trastornos mentales o neurológicos en algún momento de su vida, y alrededor de 450 millones de personas padecen actualmente este tipo de afecciones.
«La mayoría de las enfermedades mentales son tratables, sin embargo, a nivel mundial, algunas estimaciones sugieren que alrededor de dos tercios de las personas que atraviesan un problema de salud mental no reciben apoyo», escribieron en el informe los copresidentes del Consejo Global del Futuro del Foro sobre Neurotecnologías, Elisha London y Murali Doraiswamy.
«Incluso en países ricos como Estados Unidos y el Reino Unido, más del 50 % de las personas podría no recibir ninguna atención. Estas grandes brechas en el diagnóstico y la atención exigen con urgencia soluciones novedosas».
Si bien el informe aboga por ampliar el acceso a la atención de la salud mental mediante teléfonos inteligentes, sensores portátiles y herramientas de inteligencia artificial de aprendizaje profundo basadas en la nube, también propone un marco ético para abordar cuestiones como la privacidad, la confianza y la gobernanza, que podrían frenar la adopción de este tipo de iniciativas.
El uso de tecnologías nuevas y existentes «plantea una compleja red de dilemas éticos», señala el informe, especialmente en lo relativo a la privacidad de los datos y los derechos de las personas.
Un ejemplo es el aprovechamiento de los macrodatos. Utilizar la IA para analizar los datos y detectar patrones que podrían orientar el tratamiento podría ofrecer numerosos beneficios, entre ellos una mejor prevención, diagnóstico y predicción. Sin embargo, esto debe hacerse respetando la privacidad, lo que exige la desidentificación y la anonimización de los datos.
Por otro lado, el informe señala que existen algunas ocupaciones –por lo general, las que conllevan un alto riesgo para otras personas– en las que podría haber fundamentos éticos para recopilar y almacenar datos y llevar a cabo evaluaciones de salud mental con el fin de proteger al público. Por ejemplo, a los pilotos de líneas aéreas no se les evalúa de forma rutinaria en cuanto a enfermedades mentales, aunque ya existen evaluaciones preventivas para su salud física.

Según la Organización Mundial de la Salud, una buena salud mental permite a las personas desarrollar su potencial, afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y contribuir a sus comunidades.
Se prevé que el coste económico mundial de los trastornos de salud mental aumente hasta 6 billones de dólares en 2030, frente a los 2,5 billones de dólares registrados en 2010, según un estudio publicado por el Foro Económico Mundial y la Escuela de Salud Pública de Harvard.
Con tanto en juego y tan grandes posibilidades sobre la mesa, encontrar nuevas formas de abordar la salud mental podría resultar enormemente beneficioso.


