La soledad no solo es una experiencia negativa; los expertos la han caracterizado como una enfermedad que aumenta el riesgo de sufrir una serie de trastornos físicos y psicológicos. Algunas estimaciones nacionales de prevalencia de la soledad son alarmantes. Aunque pueden ser tan bajas como el 4,4 % (en Azerbaiyán), en otros países (como Dinamarca) hasta un 20 % de los adultos afirma sentirse moderada o gravemente sola.
Sin embargo, no existe una forma establecida de identificar la soledad. La mayoría de los métodos de diagnóstico la tratan como un constructo unidimensional: aunque puede variar en grado, una persona está “sola” o no lo está. Un nuevo enfoque, expuesto en un artículo publicado recientemente en Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, sugiere que, en realidad, la soledad debería dividirse en tres subtipos, dos de los cuales están asociados con una mala salud mental.
Philip Hyland, del Trinity College Dublin, y sus colegas estudiaron una muestra representativa a nivel nacional de 1.839 adultos estadounidenses de entre 18 y 70 años, todos los cuales habían experimentado al menos un acontecimiento traumático a lo largo de su vida. (Esto permitió al equipo buscar también asociaciones entre el trauma infantil o adulto y la soledad). La mayoría estaba casada o vivía con una pareja.
Los participantes completaron una escala de seis ítems que medía los sentimientos de “soledad social” (centrada en la percepción de la cantidad de las relaciones sociales de una persona) y “soledad emocional” (centrada en la percepción de la calidad de las relaciones de una persona). También completaron cuestionarios para evaluar los niveles de trauma infantil y adulto, depresión y ansiedad, y su bienestar psicológico.
Siguiendo la convención, el 17,1 % de los participantes que obtuvo una puntuación de soledad superior en cierta medida a la media de la muestra (en más de una desviación típica) se clasificó como “solo” – una cifra comparable a la encontrada anteriormente en muchos otros países.
Sin embargo, los investigadores también utilizaron una técnica estadística para buscar diferencias cualitativas entre las respuestas de soledad de los participantes, y esto reveló cuatro clases distintas.
La primera clase –a la que llamaron “soledad baja”– se caracterizaba por puntuaciones bajas en ambos tipos de soledad, social y emocional. Algo más de la mitad de los participantes se incluyó en esta categoría. La segunda clase –“soledad social”– representaba el 8,2 % de la muestra y agrupaba a personas con baja soledad emocional, pero alta soledad social. La tercera clase –“soledad emocional”– representaba algo más de una cuarta parte de la muestra total y se caracterizaba por el patrón opuesto: alta soledad emocional, pero niveles bajos de soledad social. Las personas de la cuarta y última clase, “soledad social y emocional”, que representaban el 12,4 % de la muestra, puntuaron alto en ambos tipos de soledad.
Los investigadores encontraron un claro gradiente de angustia psicológica entre las clases. Las personas de la clase de soledad baja fueron, como era previsible, las menos angustiadas, seguidas por las de la clase “soledad social”, después por la “soledad emocional” y, por último, por la “soledad social y emocional”. De hecho, las personas de estas dos últimas clases presentaban niveles de síntomas de depresión, ansiedad y bienestar psicológico negativo que reflejaban un trastorno psiquiátrico.
En otras palabras, la calidad de las relaciones parece ser más importante para la salud mental que la cantidad de ellas.“Estos resultados indican que, si bien la experiencia de la soledad social se asocia con leves disminuciones en la salud mental general, en comparación con la clase de soledad baja, la experiencia de la soledad emocional tiene un impacto sustancialmente mayor y más negativo en el estado general de salud mental”, escriben los investigadores. “La combinación de soledad social y emocional se asocia con el peor estado de salud mental”, señalan.
Las personas que pertenecían a la clase de soledad emocional tenían más probabilidades de ser mujeres, más jóvenes que la media del grupo, no tener pareja y haber sufrido un mayor número de traumas infantiles. (Cada experiencia traumática infantil aumentó las probabilidades de pertenecer a la clase de soledad emocional en un 28 %.) Las mismas asociaciones se dieron en la clase de soledad “social y emocional”, salvo que también se caracterizaba por un mayor número de traumas adultos.
Con un 39,0 %, el porcentaje total de participantes que se incluyeron en las dos clases de soledad caracterizadas por niveles de angustia psicológica clínicamente relevantes fue muy superior al 17,1 % de soledad obtenido con el enfoque unidimensional convencional. “Este hallazgo indica que, al reconocer subtipos de soledad que se presentan de forma natural, el número de personas que experimentan una forma… que probablemente tenga relevancia clínica es más del doble del número identificado cuando la soledad se conceptualiza como un constructo unidimensional”, señalan los investigadores.
El estudio sugiere que, al evaluar la soledad, ya sea en una persona o a nivel nacional, es importante reconocer que existen distintos subtipos. También respalda los hallazgos de otros estudios según los cuales lo que realmente importa es la calidad, y no la cantidad, de las relaciones. Como concluyen los investigadores: “Desde una perspectiva social, y con el fin de reducir la carga de la angustia psicológica, deberían hacerse esfuerzos para mejorar la calidad de las conexiones sociales en lugar de promover las ventajas de redes sociales más amplias.”


