Olvídate de la felicidad: deberías aspirar a la resiliencia

A labourer smiles as he takes a break from shoving coal at a coal dump site outside Kabul December 4, 2012. REUTERS/Omar Sobhani (AFGHANISTAN - Tags: SOCIETY BUSINESS EMPLOYMENT)
Resilience is a vital tool in overcoming the inevitable ups and downs of life.Image: REUTERS/Omar Sobhani
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La felicidad es un asunto serio. Inspiradas por el movimiento de la psicología positiva, las empresas crean puestos de «directores de la diversión» y prestigiosas instituciones como Stanford y Yale ofrecen cursos sobre la felicidad. Pero esta obsesión con los buenos momentos solo está generando confusión sobre lo que significa tener éxito y sobre quéhabilidades necesitamos para prosperar.

La psicóloga Anna Rowley —quien asesora a directivos de Microsoft y otras empresas— evita por completo la palabra «felicidad». Cree que la resiliencia es la habilidad más importante que cultivar, dada la rapidez de los cambios económicos y tecnológicos. Sentirse bien está muy bien, pero dura poco. Aprender a afrontar las dificultades, en cambio, aumenta las probabilidades de volver a sentirse bien. Eso es mucho más útil que aferrarse a una ilusión.

No siempre podemos ser felices. El placer es un estado relativo, que contrasta con la incomodidad y el dolor. Entre los fugaces momentos agradables hay muchos momentos difíciles que hacen que la felicidad sea un alivio. Así que, para ser feliz, primero hay que aprender a ser fuerte: levantarse después de una caída, desprenderse de la tristeza cuando las cosas no salen bien y encontrar la voluntad de perseverar en lugar de deprimirse cuando las cosas se tuercen, como suele ocurrir.

Para experimentar felicidad, hay que encontrar la voluntad de perseverar en lugar de deprimirse cuando las cosas se tuercen. Los psicólogos dicen que la resiliencia es una habilidad que se desarrolla, no un talento de personas excepcionales dotadas de un carácter especial. Cada vez se enseña más a adultos y niños. Por ejemplo, en Silver Spring, Maryland, alumnos de quinto grado con ansiedad asisten a un curso intensivo de formación de 12 semanas llamado Resilience Builder Program. La clase fue creada por la psicóloga Mary Alvord, quien cuenta a NPR: «Creo que es fundamental que los niños sepan que tienen el poder de hacer cambios. Aunque no podemos controlar todo lo que ocurre en nuestras vidas, sí podemos controlar muchos aspectos».

Sostiene que «el mundo entero mejora» cuando los alumnos aprenden resiliencia. En su clase aprenden comunicación, manejo del estrés y resolución de problemas emocionales mediante actividades como yoga, mímica y relatos en pizarras blancas.

Del mismo modo, la United Federation of Teachers ofrece talleres para fomentar la resiliencia de los alumnos. «Nuestros niños llegan a la escuela con tantas cosas pasando entre bastidores, y lo que realmente necesitan es una vía de escape», explica Betty Nieves, profesora de secundaria en IS 240, en Brooklyn, en el blog de la UFT. «Tenemos que encontrar maneras de dar cabida a eso; de lo contrario, no podremos enseñar ni aprender».

Nieves recomienda crear «momentos de atención plena» en el aula que «reconozcan» el estado emocional de los alumnos y, al mismo tiempo, les enseñen a gestionar los sentimientos difíciles y transformarlos. Esto puede consistir en permitir que los niños reflexionen en silencio, se pongan de pie y se estiren, o compartan lo que sienten. Cuando terminan esos momentos de atención plena, a todos les resulta más fácil distanciarse de los estados emocionales difíciles y concentrarse en su trabajo.

Para los adultos, desarrollar resiliencia puede marcar la diferencia entre conservar el empleo y agotarse. Un pequeño estudio de mayo de 2018 realizado por investigadores del Center for Healthy Minds de la University of Wisconsin-Madison y publicado en Frontiers for Psychology, descubrió que bastaban apenas dos semanas de «meditación de la compasión» para que los participantes fueran más resilientes ante el sufrimiento humano; es decir, podían observar las dificultades sin juzgarlas y responder con compasión, en vez de angustiarse ellos mismos.

Los 24 participantes fueron asignados al azar a practicar a diario una «meditación de la compasión» de 30 minutos o a realizar un ejercicio para reinterpretar emociones personales negativas. Quienes practicaban la meditación de la compasión aprendieron a visualizarse a sí mismos y a otras personas sufriendo, y a pensar en personas con las que habían tenido conflictos, sin juzgar sus estados emocionales perturbados: simplemente aceptaban y afrontaban sus emociones y les deseaban lo mejor. Al cabo de dos semanas, ambos grupos observaron imágenes neutras y fotografías de personas sufriendo —como un niño agonizante o una persona con quemaduras— mientras se les hacían escáneres cerebrales. Los investigadores siguieron sus movimientos oculares y les preguntaron qué pensaban.

Las personas que habían practicado la meditación de la compasión pudieron observar el sufrimiento en las imágenes negativas y mostraron menos actividad en la amígdala, la ínsula y la corteza orbitofrontal, zonas del cerebro que se activan durante la angustia emocional. Quienes meditaban no solo estaban más tranquilos, sino que también sentían más compasión por las personas de las fotos que el otro grupo, que tendía a reinterpretar las situaciones con ideas como: «Esta persona no está sufriendo; solo es un actor».

Puedes superar los estados negativos y rebelarte contra la parte de ti que te sabotea. Los investigadores concluyen que la meditación parece desarrollar la resiliencia en quienes la practican, un rasgo fundamental para quienes trabajan en profesiones de ayuda, como la medicina y las fuerzas del orden. Afirman que los resultados indican que la compasión es como un músculo que se puede desarrollar y ejercitar, lo que vuelve a las personas más resilientes y, en última instancia, más capaces de afrontar los desafíos.

Aunque tu trabajo no consista en ayudar a otras personas, todos los días te enfrentas a obstáculos, decepciones y frustraciones, tanto en el ámbito social como en el profesional. Pueden distraerte, pero recuperarte es una victoria, aunque solo tú veas esos pequeños logros cotidianos. La recompensa que nadie reconoce es que sigues adelante.

«La resiliencia es un acto personal de desafío», escribe el autor Jesse Sostrin, quien dirige el programa de formación en liderazgo ejecutivo de la firma de auditoría PwC. Al tomar conciencia de las emociones, del diálogo interno y del papel que desempeñan en tus acciones, puedes superar los estados negativos y rebelarte contra la parte de ti que te sabotea.

Según Sostrin, la resiliencia «lo afecta todo», incluidas las habilidades para resolver problemas, el bienestar físico, mental y emocional, y la innovación. «La resiliencia es como una supercompetencia que influye en muchas otras habilidades y capacidades relacionadas que necesitas poner en práctica para trabajar, gestionar y liderar bien».

Recuperarse importa más que la felicidad porque la vida es dura. Todo el mundo cae o recibe un golpe. Pero no todo el mundo se queda en el suelo.

Pensemos en el caso de Hari Budha Magar. Es la primera persona con amputación bilateral por encima de la rodilla que alcanza la cima de una montaña de más de 19.000 pies, y tiene previsto escalar el monte Everest en 2019. Magar, antiguo soldado del ejército nepalí, perdió las piernas en una explosión en Afganistán. Como es natural, quedó devastado. «Después de la explosión, no sabía qué hacer, cómo vivir ni qué vendría después […] Había perdido la mitad del cuerpo y, en ese momento, no me importaba que también se fuera la otra mitad», cuenta a Tricycle.

Desde entonces, dice Magar, ha descubierto que «la capacidad está en mi mente, no en mis piernas», e incluso afirma que no ha «perdido mucho». Las limitaciones se crean y se destruyen en la mente, sostiene Magar. «Claro, necesito puertas y baños más grandes y tengo que depender de una silla de ruedas y de pasamanos, pero la vida consiste en adaptarse», explica. «Cuando algo no funciona como esperamos, encontramos otras maneras de hacer las cosas».

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