La neurociencia sobre cómo motivar a un adolescente

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Puede que quienes hereden la Tierra no sean los mansos, sino las personas poco saludables. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 81% de los jóvenes no hace suficiente ejercicio, el 18% tiene obesidad y el 75% de los problemas de salud mental ya se habrá manifestado antes de los 24 años.

La generación Z ha encendido la mecha de una bomba de relojería sanitaria cuyo coste inmediato aumentará exponencialmente de generación en generación. La OMS reconoce que esto es un importante motor de inversión en la salud adolescente.

Las inversiones en la salud adolescente generan un triple dividendo de beneficios para los adolescentes de hoy, para su vida adulta futura y para la siguiente generación. Su salud y bienestar son motores de cambio en el esfuerzo por crear comunidades más saludables y sostenibles. Las inversiones en la salud adolescente reducen los costes sanitarios presentes y futuros, y refuerzan el capital social.

— Organización Mundial de la Salud

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La ciencia nos dice que la adolescencia brinda una oportunidad única para motivar a los jóvenes a adoptar estilos de vida más saludables. Neurocientíficos como la Dra. Frances Jensen afirman que «el cerebro adolescente es nada menos que milagroso» como «máquina de aprendizaje». Sin embargo, como añade la Dra. Jensen, los cerebros adolescentes «responden con intensidad a las cosas buenas, pero también a los estímulos negativos». Entonces, ¿cómo podemos guiarlos hacia lo saludable y alejarlos de lo perjudicial?

Los jóvenes necesitan sentirse motivados para cambiar. Veamos un ejemplo. Los datos de Troo Life Coach, un chatbot de IA para jóvenes que lancé, mostraron que el 57% de los jóvenes eligió como alimentos preferidos la comida rápida o práctica y los dulces, mientras que para el 54% las frutas y verduras ocupaban el último lugar. ¿Cómo podemos animar a los jóvenes a cambiar ese equilibrio? Científicos de universidades de Chicago, Texas, Durham y California concluyeron que los enfoques tradicionales fracasan debido a una comprensión deficiente de la motivación adolescente.

Sugerimos que una razón fundamental del fracaso de las intervenciones anteriores es su tendencia abrumadora a basarse en la suposición (por lo general implícita) de que los adolescentes ya están motivados por el deseo de tener mejor salud en un futuro lejano. En consonancia con esta suposición, los programas han tendido a centrarse en ayudar a los participantes a comprender las repercusiones de sus elecciones alimentarias para la salud o en enseñarles las habilidades cognitivas necesarias para perseguir el supuesto objetivo de gozar de buena salud en el futuro. Sin embargo, esta suposición sobre la motivación es cuestionable incluso en el caso de los adultos, y los hallazgos de la ciencia del desarrollo indican que es aún menos adecuada para los adolescentes.

— Christopher J. Bryan y otros, PNAS, 2016, vol. 113, n.º 39

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Entonces, ¿qué marcará la diferencia cuando, según indican los datos de TLC, tres de cada cinco jóvenes quizá literalmente «no estén de humor» para tomar decisiones más saludables?

Una vez más, la neurociencia puede arrojar luz sobre cómo motivar a los jóvenes. La Dra. Juliet Davidow, de Harvard, señala en su artículo Una ventaja de la sensibilidad a las recompensas que «los adolescentes tienen fama de realizar conductas en busca de recompensas». En concreto, numerosos estudios en el campo de la salud conductual indican que las recompensas más eficaces para motivar a los adolescentes están vinculadas a alcanzar metas inmediatas, sencillas y reforzadas socioculturalmente.

Esto abre la puerta a enfoques de salud pública basados en ideas de la economía conductual que hacen hincapié, como publicó recientemente Michael Hallsworth en Nature, en «ganancias marginales que requieren poco o ningún esfuerzo». Así lo indican los primeros hallazgos de TLC, por ejemplo, donde se anima a los jóvenes a adoptar prácticas más saludables y se recompensa su participación mediante un sistema de puntos gamificado. Casi cuatro de cada cinco adolescentes que probaron técnicas sencillas para reducir el estrés, ya disponibles en YouTube, y recibieron recompensas por usarlas, consideraron que estos enfoques eran muy o bastante útiles para ayudarles a gestionar el estrés.

Una investigación pionera de Ruttle y otros, de la Universidad Concordia y el Centro de Investigación en Desarrollo Humano, concluyó que «ahora tenemos pruebas de que los problemas de conducta en los niños están vinculados a la salud mental y física. Adoptar una actitud de “esperar a ver qué pasa” quizá no sea lo adecuado». La tecnología ofrece un medio sin precedentes para intervenir pronto y a gran escala. Más del 75% de los jóvenes tiene un teléfono inteligente que brinda la oportunidad de detectar «señales de peligro» y también de motivarlos mediante estímulos y recompensas para que tomen decisiones más saludables.

Por tanto, parece que tenemos la investigación y la tecnología al alcance de la mano para desactivar la bomba de relojería sanitaria de la generación Z. La tecnología permite hacerlo con un coste bajo y mediante enfoques que fomentan pequeños cambios diarios en favor de una salud duradera. Ahora quizá solo haga falta que los responsables de formular políticas y los comisionados de salud tengan el valor de aplicar las pruebas, para que quienes gozan de buena salud hereden la Tierra.

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