Las crisis económicas tienen un efecto de 'cicatriz' en la salud mental de los jóvenes.
Mediante modelización informática, podemos representar cómo es probable que la COVID-19 deje un legado de problemas de salud mental.
Las intervenciones e inversiones adecuadas pueden aplanar la curva.
En medio de una pandemia y una recesión mundial, ¿qué precio pagarán las naciones en potencial humano perdido? ¿Qué contribuciones a la sociedad civil, a las artes, a la ciencia y la tecnología, a la economía y a la humanidad se perderán a medida que aumenten las penurias en las comunidades y las trayectorias de los jóvenes se vean obstaculizadas por la reducción de oportunidades? Quizá nunca logremos cuantificar la verdadera magnitud de esta pérdida, pero el concepto de 'riqueza mental' constituye un punto de partida importante.
La riqueza mental de una nación se define como el conjunto de recursos cognitivos y emocionales de sus ciudadanos. Incluye el capital mental junto con la salud mental y el bienestar. La forma en que una nación fomenta el capital mental, la salud mental y el bienestar mediante la educación, la seguridad económica, la vivienda, la atención sanitaria, la seguridad cultural y el acceso equitativo a las oportunidades tendrá un efecto significativo en su competitividad y prosperidad económicas, así como en el bienestar colectivo y la resiliencia de las comunidades.
Según un informe de la Comisión Europea ocho años después de la Gran Recesión, casi un tercio de los jóvenes seguía en riesgo de pobreza o exclusión social, enfrentándose al desempleo de larga duración o al subempleo. Australia, un país que, durante este periodo, tuvo mejores resultados que la mayoría de las economías avanzadas en casi todos los indicadores pertinentes, informó de repercusiones similares de 'cicatriz' en los jóvenes, con una 'década perdida' de crecimiento de los ingresos, un descenso de las opciones profesionales, de la calidad y la cantidad del empleo y una mayor exposición a futuras crisis económicas.
A ello se suman las consecuencias de la propia pandemia: el aislamiento social y la incertidumbre crónica, que agravan el malestar psicológico y los problemas de salud mental entre personas previamente sanas y personas con afecciones preexistentes. ¿Qué puede hacerse para mitigar los efectos de la pandemia y la recesión en la riqueza mental nacional y encaminarnos hacia la mejor vía de recuperación?
Cómo aborda Australia la salud mental
Al principio de la pandemia, los esfuerzos australianos para mitigar las repercusiones en la salud mental se centraron, de forma natural, en la respuesta del sector sanitario. Se realizaron inversiones nacionales para aumentar la capacidad de las líneas de ayuda telefónica, prestar apoyo familiar para reducir la violencia doméstica, ampliar la telemedicina y reforzar el apoyo psicológico mediante recursos en línea. Pero ¿será suficiente? En la última década, las tasas de enfermedad mental y suicidio en Australia no han disminuido. Ante tanta inercia, ¿cómo podemos aspirar a responder eficazmente a esta crisis actual?
El problema es complejo: existen múltiples factores de riesgo asociados a una salud mental deficiente, una amplia gama de intervenciones presentadas como buenas inversiones y escaso consenso sobre el mejor camino a seguir.
Esta complejidad ha dado lugar a un enfoque que promueve estrategias amplias, basadas en la premisa de que, si se financian más iniciativas basadas en la evidencia, el impacto es simplemente aditivo. Esta perspectiva simplista de que 'más es mejor' se refleja en la gran variedad de acciones prioritarias que se observan en planes gubernamentales anteriores. Este tipo de planes estratégicos 'no estratégicos' no ofrecen estimaciones de la magnitud del impacto que probablemente tendrán y podrían, de hecho, socavar el efecto de las inversiones al repartir los recursos disponibles de forma amplia e ineficaz. Esto no es una crítica a las agencias gubernamentales; es simplemente una respuesta natural y bienintencionada cuando faltan las herramientas para una inversión y un enfoque precisos.
¿Qué podemos aprender de otros sectores?
Para comprender y gestionar la complejidad, otros campos recurren a las técnicas analíticas de la ciencia de los sistemas complejos. Disciplinas tan diversas como la física, la teoría de la información, la informática, la ecología, la meteorología, la sociología y la biología han aprovechado la modelización y la simulación de sistemas complejos para comprender mejor fenómenos complejos, desde el clima de la Tierra hasta el cerebro humano, pasando por el comportamiento de las multitudes, la congestión del tráfico y la segregación racial.
En los sectores empresarial, de ingeniería y financiero, la modelización de sistemas se ha empleado para respaldar la planificación estratégica, reducir la inestabilidad de las cadenas de suministro, mejorar la eficiencia operativa y de asignación, y reforzar la seguridad pública.
En cambio, las políticas de los sectores sanitario y social carecen en gran medida de estas herramientas sofisticadas. La falta de uso de la modelización y la simulación de sistemas para orientar la toma de decisiones condena a los países a actuaciones tardías, decisiones equivocadas, ineficiencia y falta de agilidad en nuestra respuesta a un mundo que cambia rápidamente.
Sin estas herramientas, ¿en qué base toman los gobiernos sus decisiones sobre cómo responder a la crisis de salud mental? ¿Qué combinación de iniciativas o reformas debería priorizarse? ¿Qué impactos cabe esperar? ¿Habrá efectos de rebote cuando las retiremos? ¿Habrá consecuencias no deseadas? Sin estas herramientas, avanzamos a tientas en la oscuridad, intentando tomar decisiones estratégicas importantes que afectarán de manera fundamental la vida de las personas.
El Brain and Mind Centre de la Universidad de Sídney ha reunido conocimientos especializados en matemáticas, bioestadística, epidemiología, psicología, psiquiatría, ciencias sociales, políticas públicas y economía para construir modelos de sistemas capaces de orientar la coordinación de la atención clínica, la planificación y las políticas de salud mental, y la reforma del sistema. Hemos desarrollado el primer modelo de sistemas nacional sobre COVID, salud mental y suicidio que incorpora las retroalimentaciones entre la economía, la salud mental y las respuestas políticas, y que pronostica el impacto en los principales resultados de salud mental.
El coste acumulado proyectado de la pérdida de productividad asociada al malestar psicológico, las hospitalizaciones y el suicidio durante el periodo 2020 - 2025 se estima en $114 000 millones, de los cuales $11 300 millones corresponden a pérdida de productividad entre los jóvenes. Esta pérdida de productividad no se contabiliza tradicionalmente en los análisis económicos.
Esta trayectoria no es inevitable. El objetivo principal del modelo es proporcionar un entorno seguro para probar una serie de estrategias y determinar la mejor combinación que podría ayudar a evitar esta trayectoria (Figura 2). De las intervenciones simuladas, los programas de empleo (JobKeeper) fueron la estrategia individual más eficaz para mitigar los efectos adversos de la crisis de la COVID-19 en la salud mental; sin embargo, interrumpir este programa demasiado pronto en la trayectoria de la recuperación económica reduce su impacto (se proyecta que mantener JobKeeper durante 2 años salvaría unas 390 vidas (Figura 3). Algunas iniciativas, según las previsiones, empeorarán las cosas (Figura 4).
Quedan muchas preguntas sin respuesta, pero la ciencia interdisciplinar de los sistemas complejos está arrojando luz sobre la oscuridad. Parafraseando a colegas científicos de sistemas de EE. UU., aunque todavía podamos estar avanzando a tientas con poca luz… es la luz tenue del amanecer.


