En todo el mundo, casi mil millones de personas sufren un trastorno de salud mental, y más del 75 % de las personas en países de ingresos bajos no reciben tratamiento.
La salud mental es una parte clave de la estrategia del Banco Mundial para ayudar a los países a acelerar los avances hacia la cobertura sanitaria universal (CSU).
Estas son seis lecciones sobre cómo invertir en una buena salud mental tiene sentido económico.
La salud mental es una de las áreas de la salud más desatendidas a nivel mundial. Esto ya era así antes de la COVID-19 (coronavirus), pero la pandemia ha empeorado aún más la situación de la salud mental.
Hay varias razones por las que la salud mental ha sido ignorada. La primera es el estigma asociado. La segunda es la percepción de los trastornos de salud mental como un “bien de lujo”, en lugar de como enfermedades reales. Entre las demás causas principales figuran un modelo de servicios fragmentado y obsoleto. Algunas de ellas son la prestación de servicios de salud mental principalmente en hospitales psiquiátricos, la grave falta de servicios preventivos de salud mental, la lentitud en los cambios de políticas y también la escasez de recursos humanos.
La salud mental en cifras
Las cifras son asombrosas. Hoy en día, casi mil millones de personas viven con un trastorno mental y en los países de ingresos bajos, más del 75 % de las personas con el trastorno no reciben tratamiento. Cada año, cerca de 3 millones de personas mueren por consumo de sustancias. Cada 40 segundos, una persona muere por suicidio. Alrededor de el 50 % de los trastornos de salud mental comienzan antes de los 14 años.
Se estima que más de 160 millones de personas necesitan asistencia humanitaria debido a conflictos, desastres naturales y otras emergencias. Las tasas de trastornos mentales pueden duplicarse durante estas crisis. 1 de cada 5 personas afectadas por conflictos se estima que padece una afección de salud mental.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la pandemia de COVID-19 ha interrumpido o, en algunos casos, paralizado servicios críticos de salud mental en el 93 % de los países del mundo, mientras que la demanda de atención de salud mental va en aumento. Dada la naturaleza crónica de la enfermedad, esto se traduce en un impacto económico significativo a nivel mundial. Los países destinan menos del 2 % de sus presupuestos sanitarios a la salud mental. Se prevé que en los próximos diez años la depresión suponga una carga mayor para las naciones que cualquier otra enfermedad.
El Banco Mundial y la salud mental
La estrategia prioritaria del Banco Mundial para ayudar a los países a acelerar los avances hacia la cobertura sanitaria universal (CSU) incluye tanto la salud física como la mental. De hecho, la salud mental no puede abordarse de forma aislada, pues no es solo un asunto del sector sanitario. Su impacto se extiende a todos los sectores de la economía de un país.
Esto significa que también está estrechamente vinculada a la agenda socioeconómica. Los programas de salud mental forman parte desde hace tiempo de los proyectos de desarrollo del Banco Mundial. Esto sigue siendo así en nuestra prestación de asistencia de emergencia a los países que luchan contra la COVID-19. En los primeros 100 días del brote, el Banco Mundial puso en marcha proyectos en más de 100 países.
A pesar de tener que centrarse en las necesidades más inmediatas y urgentes de la pandemia, muchos países decidieron incluir la asistencia en salud mental en sus programas , reconociendo el valor de una buena salud mental en tiempos de crisis. Por ejemplo, en países como Camboya, Guatemala, Lesoto, Liberia, Malí, Islas Marshall, Marruecos, Níger, Nigeria, República del Congo y Sri Lanka, los proyectos del Banco respaldan intervenciones psicosociales para ayudar a las personas a afrontar los efectos psicológicos negativos de factores estresantes como los confinamientos, el aislamiento y la cuarentena, el temor a la infección, la información insuficiente, la pérdida de empleo e ingresos, y el estigma y la discriminación.
Perspectivas para la salud mental en 2021
Invertir en salud mental tiene un buen sentido económico. Al comenzar 2021, quisiera reflexionar sobre algunas lecciones aprendidas:
La pandemia de COVID-19 puso de manifiesto las vulnerabilidades de los sistemas sanitarios a nivel mundial. Para que los sistemas sanitarios sean sostenibles, es esencial una atención primaria de salud sólida. Los servicios de atención primaria solo pueden considerarse sólidos si abordan ambos componentes de la salud: el físico y el mental. Por tanto, los servicios de salud mental deben integrarse en los sistemas sanitarios, en lugar de prestarse de forma aislada. Deben incluirse en los paquetes básicos de prestaciones de atención sanitaria.
Según la OMS, cada dólar invertido en salud mental genera un rendimiento de 4 dólares. En Ucrania, por ejemplo, se estima que, para el período comprendido entre 2017 y 2030, el país podría ahorrar 2 dólares en productividad recuperada y valor económico añadido si invierte 1 dólar en el tratamiento de los trastornos mentales comunes.
Invertir en salud mental requiere un enfoque multisectorial e integrado. Implica un “enfoque de sociedad en su conjunto”, con la participación de la comunidad, junto con servicios de atención primaria, salud pública, protección social, empleo y educación.
Los gobiernos deben asignar recursos de la asistencia para el desarrollo y de los presupuestos sanitarios nacionales para poner en marcha programas comunitarios de salud mental y reforzar el tratamiento general de los trastornos mentales. En Perú, el gobierno utilizó un modelo de financiación basado en resultados como una nueva forma de apoyar los servicios de salud mental a través de centros comunitarios de salud mental (CBMH). Al convertir el enfoque en ley, Perú garantizó que los recursos no pudieran desviarse hacia otras actividades. Esto contribuyó a aumentar las inversiones en salud mental un 400 % (de 25 a 104 millones de dólares). El número de CBMHC aumentó de 22 a 154 centros a finales de 2019, y se planificaban otros 60 más.
Dar prioridad a las necesidades psicosociales de los grupos vulnerables, incluidas las personas desplazadas, es fundamental para la inversión de un país en salud y capital humano.
Para que los programas de salud mental sean sostenibles, se necesita colaboración y rendición de cuentas entre varias ramas del gobierno. Es necesario que todos los líderes se pronuncien al respecto. Este respaldo a la salud mental debe ser político, financiero e intersectorial.
Alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030
Intensificar y acelerar la atención a las enfermedades mentales es esencial para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de garantizar vidas saludables y el bienestar para todos en todas las edades para 2030. De no hacerlo, las consecuencias socioeconómicas podrían ser devastadoras. Invertir en salud genera beneficios tanto dentro como fuera del sector sanitario.
Estamos presenciando cómo la crisis de salud mental se desarrolla al mismo tiempo que la pandemia. Los datos ponen de relieve las consecuencias que enfrentará el mundo si la salud mental pasa a un segundo plano. Llegamos a una conclusión sencilla: en pocas palabras, ¡no hay salud sin salud mental!



