La crisis de salud mental de Estados Unidos se ha agravado tanto que la esperanza de vida está disminuyendo, aunque su capacidad para combatir sus mayores asesinos históricos, el cáncer y las enfermedades cardíacas, mejora. Detrás de los descensos de la esperanza de vida en los dos últimos años de datos notificados están los aumentos en el número de muertes por suicidio y por lesiones no intencionales, que incluyen la sobredosis de drogas.
Podríamos estar camino de un nuevo descenso cuando se publique el próximo informe, en diciembre. Si la esperanza de vida media volviera a caer, sería la primera vez en más de un siglo que EE. UU. sufre un descenso de la esperanza de vida tres años consecutivos.

Con la proximidad del Día Mundial de la Salud Mental, el 10 de octubre, es importante centrarse en por qué Estados Unidos se enfrenta a esta macabra posibilidad. La respuesta es sencilla: tratamos la salud mental como algo separado de la física y, desde luego, no le damos la misma importancia. Sin embargo, casi todos los desafíos a los que nos enfrentamos con nuestro sistema sanitario, excesivamente caro y sobrecargado, se multiplican por varias veces en el caso de la salud mental. Ninguno de los dos sistemas en crisis puede repararse sin atender simultáneamente al otro.
La buena noticia es que, si dejamos de gestionar dos sistemas sanitarios (uno para la salud física y otro para la mental), podríamos revertir el descenso de la esperanza de vida y volver a verla aumentar. Si la salud mental se convierte en una parte integral de la atención primaria, podemos empezar a tratar los problemas de salud mental del mismo modo que tratamos el tabaquismo, la diabetes y el asma, como afecciones que pueden prevenirse y tratarse mediante una combinación de intervenciones médicas y cambios de conducta.
La cobertura de seguros para el tratamiento de la salud mental (un aspecto importante de la Ley de Atención Asequible, junto con otras leyes estatales y federales) fue una parte necesaria de la solución, pero no suficiente. Si de verdad nos tomamos en serio mejorar la salud de los estadounidenses a largo plazo, debemos poner fin a nuestro enfoque actual de “separado y desigual” en la atención a la salud mental.
El vínculo entre la salud mental y la física
Algunos sugieren que la solución a los desafíos de salud mental del país pasa por ampliar el número de psiquiatras y psicólogos. Cerca de 124 millones de personas (casi el 40 % de los estadounidenses) viven en zonas que el gobierno federal ha designado como zonas con escasez de profesionales de salud mental. Más del 60 % de los condados de EE. UU. no tienen ni un solo psiquiatra dentro de sus límites.
Estas cifras han motivado llamamientos a ampliar la formación en salud mental de las facultades de medicina de EE. UU. y a crear programas que ofrezcan incentivos a los especialistas para ejercer en zonas desatendidas. Pero la verdad es que podemos, y necesitamos, ir más allá.
¿Cómo sería un sistema sanitario más integrado? Empieza por ampliar la definición de atención primaria. Con los incentivos y flujos de trabajo adecuados, un médico de atención primaria que puede hablar con un paciente sobre la necesidad de dejar de fumar también podría ofrecer asesoramiento básico en salud mental y evaluar el riesgo de suicidio.
Una enfermera que hace un seguimiento tenaz de si un paciente se ha realizado una colonoscopia podría ser igual de persistente para asegurarse de que el paciente cumpla el asesoramiento prescrito. Las clínicas de farmacias locales podrían ofrecer “revisiones de salud mental” junto con las vacunas contra la gripe.
Los hospitales podrían invertir tanto en grupos de apoyo para madres primerizas con depresión posparto como invierten en clases de preparación al parto y visitas guiadas al hospital para futuras madres. Y los médicos podrían incorporar la terapia cognitivo-conductual y la fisioterapia en su práctica como tratamientos de primera línea para el dolor crónico, en lugar de depender únicamente de los opioides.
Posibilidades digitales
Con los recientes avances en soluciones de salud digital, la prestación de determinados servicios sanitarios, incluido el tratamiento de la salud mental, cuando y donde las personas los necesitan se está convirtiendo gradualmente en una realidad. En el Reino Unido, el Servicio Nacional de Salud (NHS) se ha asociado con la empresa de inteligencia artificial Babylon para ofrecer una “atención primaria digital primero”, que permite a los miembros del NHS evaluar su salud las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y determinar si deben buscar atención y dónde. Esta tecnología puede incorporar con facilidad exámenes de salud mental y terapia básica, lo que a la vez derriba barreras tradicionales a la atención de la salud mental, como el acceso y el estigma.
Aquí, en EE. UU., la empresa de monitorización de salud móvil Livongo ha convertido la atención a la diabetes en un proceso continuo y discreto, al proporcionar a los pacientes datos digitales en tiempo real sobre su afección y ofrecerles asesoramiento digital a través de una sencilla aplicación móvil, respaldada por servicios clínicos de alta calidad. Existen enfoques similares para tratar y gestionar las afecciones de salud mental.
Proveedores de telesalud como AbleTo y Ginger.io abordan los desafíos de acceso mediante la terapia virtual a través de teléfonos inteligentes, mientras que empresas como Mindstrong Health van un paso más allá, al permitir que los consejeros contacten con los pacientes en sus teléfonos inteligentes a partir de datos en tiempo real. Y innovadores como Annum Health ofrecen una alternativa a los centros de rehabilitación hospitalaria por abuso de sustancias mediante una combinación de terapia virtual, coaching y tratamiento farmacológico.
Pero, para lograr un uso generalizado de las herramientas digitales, su coste debe cubrirse de la misma forma que una visita al médico de familia o una receta de insulina. Hoy en día, muchos de los tratamientos de salud mental más innovadores y potencialmente importantes siguen siendo prestaciones especiales que solo pagan los empleadores con visión de futuro o, como “pilotos”, algunos planes de salud innovadores. Eso tiene que cambiar.
Hacer realidad una atención sanitaria integrada
Si vamos a crear un sistema sanitario verdaderamente integrado, los gobiernos, las aseguradoras y los empleadores deben establecer los incentivos adecuados. Más del 40 % de los estadounidenses afirma sentirse solo, una condición que, según los estudios, se traduce en un riesgo un 30 % mayor de morir en los siete años siguientes. Sin embargo, una “tasa de soledad” rara vez, por no decir nunca, aparece en el panel de resultados de salud de un sistema sanitario.
Los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS), que administran Medicare y Medicaid, deberían vincular el reembolso a los proveedores de atención primaria con la reducción de la soledad, del mismo modo que vinculan los pagos hospitalarios a la reducción de las tasas de infecciones adquiridas en el hospital. Si el CMS hiciera eso, los directivos de los sistemas sanitarios empezarían enseguida a prestar atención a la salud mental.
En 1965, el 42 % de los adultos de EE. UU. fumaba. Hoy, esa cifra es del 15 %. ¿Cómo lo logramos? Reconocimos que fumar afectaba a la esperanza de vida y lo convertimos en una prioridad máxima de salud pública. Dimos a todos los agentes del sistema incentivos para cambiar, desde zanahorias en forma de nuevos tipos de descuentos en seguros y otras recompensas hasta palos en forma de impuestos, demandas judiciales e incluso nuevas leyes que impiden fumar en oficinas y otros espacios públicos.
No hay ninguna razón por la que una movilización similar a gran escala no pueda revertir las afecciones de salud mental que literalmente nos acortan la vida.


