Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.
Casi todos hemos experimentado la soledad en algún momento. Es el dolor que sentimos tras una ruptura, quizá tras la pérdida de un ser querido o al mudarnos lejos de casa. Somos vulnerables a sentirnos solos en cualquier etapa de la vida.
La soledad suele utilizarse para describir un estado emocional negativo que se experimenta cuando existe una diferencia entre las relaciones que uno desea tener y las que percibe que tiene.
Las sensaciones desagradables de la soledad son subjetivas; los investigadores han descubierto que no depende de la cantidad de tiempo que una persona pasa con otras personas o a solas. Está relacionada más con la calidad de las relaciones que con su cantidad. Una persona solitaria siente que los demás no le comprenden y puede no considerar que mantiene relaciones significativas.
En algunas personas, la soledad puede ser temporal y aliviarse con facilidad (por ejemplo, cuando un amigo cercano se muda o un cónyuge regresa a casa tras un viaje de trabajo). En otras, la soledad no puede resolverse fácilmente (como ocurre con la muerte de un ser querido o la ruptura de un matrimonio) y puede persistir cuando la persona no tiene acceso a personas con las que relacionarse.
Desde un punto de vista evolutivo, nuestra dependencia de los grupos sociales ha garantizado nuestra supervivencia como especie. Por ello, la soledad puede interpretarse como una señal para conectar con otros. En este sentido, no es muy distinta del hambre, la sed o el dolor físico, que señalan la necesidad de comer, beber o buscar atención médica.
En las sociedades modernas y prósperas, sin embargo, desactivar las señales de alarma de la soledad resulta más difícil que satisfacer el hambre, la sed o la necesidad de acudir al médico. Para quienes no están rodeados de personas que se preocupan por ellos, la soledad puede persistir.
Los investigadores han descubierto que el aislamiento social es un factor de riesgo de enfermedad y de muerte prematura. Los hallazgos de una reciente revisión de múltiples estudios indican que la falta de conexión social supone un riesgo de muerte temprana similar al que representan indicadores físicos como la obesidad.
La soledad es un factor de riesgo de numerosos problemas de salud física, desde el sueño fragmentado y la demencia hasta un menor gasto cardiovascular.
Algunas personas también podrían ser biológicamente vulnerables a sentirse solas. Las evidencias procedentes de estudios con gemelos indican que la soledad podría ser parcialmente hereditaria.
Múltiples estudios se han centrado en cómo la soledad puede ser consecuencia de determinados tipos de genes combinados con ciertos factores sociales o ambientales (como el apoyo parental).
La soledad ha sido en gran medida ignorada como un problema de interés en salud mental. Los investigadores aún no comprenden plenamente el alcance de cómo la soledad afecta a la salud mental. La mayoría de los estudios sobre soledad y salud mental se han centrado únicamente en su relación con la depresión.
Aunque la soledad y la depresión están parcialmente relacionadas, son distintas. La soledad se refiere específicamente a sentimientos negativos sobre el mundo social, mientras que la depresión alude a un conjunto más general de sentimientos negativos.
En un estudio que midió la soledad en adultos mayores durante un período de cinco años, la soledad predijo la depresión, pero no ocurrió a la inversa.
Abordar la soledad
Es posible que la soledad se confunda con un síntoma depresivo, o quizá se asume que desaparecerá una vez tratados los síntomas depresivos. Por lo general, a las personas “solitarias” se les anima a unirse a un grupo o a hacer un nuevo amigo, bajo el supuesto de que la soledad desaparecerá sin más.
Aunque crear oportunidades para relacionarse con otros proporciona una plataforma para la interacción social, aliviar el dolor social no es tan sencillo. Las personas solitarias pueden tener reticencias respecto a las situaciones sociales y, como resultado, mostrar conductas de rechazo. Estas pueden interpretarse erróneamente como falta de amabilidad, y quienes rodean a la persona solitaria responden en consecuencia. Así es como la soledad puede convertirse en un ciclo persistente.
Un estudio examinó la eficacia de distintos tipos de tratamientos destinados a abordar la soledad. Los resultados indicaron que los tratamientos centrados en cambiar el pensamiento negativo sobre los demás eran más eficaces que aquellos que proporcionaban oportunidades de interacción social.
Otra vía prometedora para afrontar la soledad es mejorar la calidad de nuestras relaciones, en concreto, construyendo intimidad con quienes nos rodean. El uso de un enfoque de psicología positiva, centrado en aumentar las emociones positivas dentro de las relaciones o en incrementar las conductas sociales, puede favorecer conexiones más profundas y significativas con los demás.
De hecho, incluso personas diagnosticadas con enfermedades mentales graves han referido mejoras en su bienestar y en sus relaciones tras compartir emociones positivas y realizar más actividades positivas con otras personas. Sin embargo, la investigación que aplica un enfoque de psicología positiva a la soledad todavía se encuentra en una fase incipiente.
Seguimos subestimando la letalidad de la soledad como un grave problema de salud pública. Las herramientas contemporáneas, como las redes sociales, si bien parecen promover la conexión social, favorecen las interacciones breves con numerosos conocidos frente al desarrollo de unas pocas relaciones, pero más significativas. En este contexto, el desafío consiste en abordar la soledad y centrarse en construir vínculos significativos con quienes nos rodean.
La creciente evidencia científica que destaca las consecuencias negativas de la soledad para la salud física y mental ya no puede ignorarse.
La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Michelle H Lim, docente y psicóloga clínica, Swinburne University of Technology.
Imagen: Las huellas térmicas de personas que esperan un autobús quedan marcadas en la escarcha matutina sobre el cristal de una parada de transporte en Vancouver, Columbia Británica. REUTERS/Andy Clark


