Estamos en 2030. Ajay vive en India. Durante su adolescencia sufrió un episodio de depresión, por lo que, al comenzar sus estudios universitarios, quiso inscribirse en un servicio de atención a la salud mental cuando se le ofreció la posibilidad. Ajay eligió un servicio que utilizaba tecnologías de telefonía móvil e internet que le permitían gestionar cuidadosamente su información personal.
Más adelante desarrollaría una depresión clínica, pero detectó que algo no iba bien desde el principio, cuando los comentarios de su aplicación de atención a la salud mental pusieron de manifiesto cambios en su sociabilidad. (Enviaba menos mensajes y solo salía de su habitación para ir al campus.) Poco después, recibió un mensaje en su teléfono en el que le invitaban a ponerse en contacto con un terapeuta de salud mental; el mensaje también ofrecía la posibilidad de elegir los canales a través de los cuales podía hacerlo.
Ahora, a mediados de sus 20 años, la depresión de Ajay está bien controlada. Ha aprendido a reconocer cuándo está demasiado ansioso y empieza a sentirse desanimado, puede practicar las técnicas que ha aprendido mediante herramientas en línea y tiene un acceso fácil a asesoramiento de alta calidad. El seguimiento de los escasos episodios depresivos que todavía experimenta se realiza de forma minuciosa. Si no responde al tratamiento inicial de autocuidado que se le ha prescrito, puede ser derivado rápidamente a un profesional médico. La experiencia de Ajay se repite en todo el mundo, en países de ingresos bajos, medios y altos, ya que servicios similares de prevención, predicción y tratamiento de enfermedades mentales con apoyo tecnológico están disponibles para todos.

Volvamos ahora a la realidad actual, que no podría ser más distinta. Los trastornos de salud mental se cuentan entre las principales causas de morbilidad y mortalidad en todo el mundo y podrían costar a la economía mundial unos 16 billones de dólares para 2030. Hoy en día, se estima que 300 millones de personas en todo el mundo padecen depresión, mientras que el suicidio es la segunda causa principal de muerte entre los jóvenes.
La mayoría de las enfermedades mentales son tratables. Todas las personas tienen derecho a una buena salud mental y, sin embargo, en todo el mundo, algunas estimaciones sugieren que alrededor de dos tercios de las personas que experimentan un problema de salud mental no reciben apoyo. Un estudio realizado en el Reino Unido con más de 500 adultos reveló que una cuarta parte de las personas con problemas de salud mental esperaron más de tres meses para ser atendidas por un especialista del NHS en salud mental; el 6 % había esperado al menos un año. En las zonas más pobres, el aislamiento, las dificultades económicas y la imposibilidad de acceder incluso a un tratamiento limitado son habituales.
Sin embargo, una experiencia como la de Ajay no es tan utópica como podría parecer a primera vista. La rápida expansión de aplicaciones para teléfonos inteligentes, sensores, chatbots, redes sociales, asistentes de voz digitales y avatares virtuales, junto con herramientas de inteligencia artificial (IA) de aprendizaje profundo basadas en la nube y de aprendizaje automático (ML), ofrece nuevas oportunidades para ampliar el acceso a la atención de la salud mental. Las empresas emergentes de tecnología del ámbito de la salud mental han triplicado su financiación en los últimos cinco años, alcanzando un récord de 602 millones de dólares en 2018. En resumen, la tecnología ya se utiliza ampliamente en la atención de la salud mental. Los consumidores están abiertos a ello: el 65 % de los trabajadores de un estudio realizado en el Reino Unido (y el 75 % de los más jóvenes) se mostraron favorables al papel de la tecnología en la gestión de su salud mental.
Está claro que la tecnología ya tiene mucho que ofrecer en cuanto a la provisión y la mejora del acceso a una mejor atención de la salud mental. Por tanto, es razonable preguntarse por qué aún no se ha hecho más para aprovechar estas herramientas. Los obstáculos tradicionales a su adopción, como la falta de financiación, influyen, pero también existe una percepción en el sector de que un mayor uso de tecnologías nuevas y existentes en este ámbito exige que los responsables de políticas y los profesionales naveguen por una compleja red de dilemas éticos, especialmente en ámbitos como la privacidad de los datos y los derechos de las personas. El recelo general que rodea a este proceso es comprensible, pero ha dado lugar a una reticencia a desarrollar y ampliar iniciativas basadas en la tecnología que podrían mejorar, y salvar, la vida de un gran número de personas.

A la vista de estos hallazgos, es fundamental que los gobiernos, los responsables de políticas, los líderes empresariales y los profesionales den un paso al frente y aborden los obstáculos que impiden que los tratamientos eficaces lleguen a quienes los necesitan. Principalmente, estos obstáculos son consideraciones éticas y la falta de investigaciones mejores y basadas en pruebas. Muchas aplicaciones centradas en la salud mental no presentan pruebas procedentes de ensayos clínicos controlados revisados por pares que respalden su eficacia y, aun en el caso de las que sí lo hacen, los rápidos avances tecnológicos pueden dejar obsoletas las investigaciones. Además, la ausencia de un marco consensuado, armonizado a escala mundial, ético y de big data ha llevado a las empresas a adoptar sus propias políticas de consentimiento, transparencia, privacidad y datos.
El Consejo Global del Futuro sobre Tecnología para la Salud Mental examinará los puntos fuertes y las limitaciones de las tecnologías emergentes, especialmente la IA y el ML, para las aplicaciones en la atención de la salud mental. Destacará el trabajo necesario para ampliar la adopción de la tecnología, de manera justa y basada en pruebas, a fin de garantizar que todas las personas, en cualquier lugar, que sufran problemas de salud mental puedan obtener la ayuda que buscan.


