Según los resultados de un estudio reciente, la actividad física altera la actividad de las células inmunitarias del cerebro, lo que reduce la inflamación cerebral.
El estudio reveló que existe una relación entre la actividad física, la reducción de la activación microglial y una mejor función cognitiva en el cerebro humano.
Mantenernos activos a lo largo de la vida es probablemente la mejor forma de prevenir el desarrollo del Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas.
La actividad física es muy importante por diversas razones, entre ellas que ayuda a proteger la estructura y el funcionamiento de nuestro cerebro a medida que envejecemos. Esto puede ser clave para reducir el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer.
Aunque los investigadores conocen desde hace muchos años el efecto protector del ejercicio, todavía no se ha descubierto con exactitud por qué tiene este efecto sobre el cerebro. Sin embargo, un estudio reciente publicado en el Journal of Neuroscience podría arrojar algo de luz sobre este enigma. Según sus conclusiones, la actividad física altera la actividad de las células inmunitarias del cerebro, lo que reduce la inflamación cerebral.
El cerebro contiene una clase especial de células inmunitarias conocidas como microglía, que vigilan constantemente el tejido cerebral en busca de daños o infecciones, y eliminan los restos o las células muertas. La microglía también ayuda a dirigir la producción de nuevas neuronas (células nerviosas del cerebro que se comunican y envían mensajes a otras células) mediante un proceso denominado neurogénesis, que está relacionado con el aprendizaje y la memoria.
Pero, para que la microglía entre en acción y cumpla su función, debe pasar de un estado de reposo a un estado activado. Las señales de patógenos (como un virus) o de células dañadas activan la microglía. Esto modifica su forma y provoca que produzcan moléculas proinflamatorias que les permiten resolver y reparar el daño o la infección.
Sin embargo, la microglía también puede activarse de forma inadecuada a medida que envejecemos, lo que provoca inflamación crónica del cerebro y deteriora la neurogénesis. Se ha sugerido que esta inflamación es una de las razones por las que la función cerebral a menudo disminuye con la edad, y que estos cambios pueden ser aún peores en el caso de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Los estudios realizados en ratones y ratas de laboratorio han demostrado que el ejercicio puede contrarrestar algunos de los efectos perjudiciales de la activación microglial. Sin embargo, este último estudio ha revelado por primera vez una relación entre la actividad física, la reducción de la activación microglial y una mejor función cognitiva en el cerebro humano.
Los investigadores del estudio analizaron a 167 hombres y mujeres que participaron en el Proyecto de Memoria y Envejecimiento de Rush. Se trata de un proyecto a largo plazo de la Universidad Rush de Chicago que busca identificar los factores que contribuyen a la salud cerebral en personas mayores. Los participantes completaron evaluaciones anuales de su actividad física, controlada mediante un rastreador de actividad portátil, junto con evaluaciones de su función cognitiva y su rendimiento motor (como la fuerza muscular y la velocidad al caminar).
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Los participantes también donaron sus cerebros para un análisis post mortem como parte del estudio. Esto permitió a los investigadores analizar el tejido cerebral en busca de pruebas de microglía activada y de signos de enfermedad en el cerebro, como vasos sanguíneos poco saludables o la presencia de placas que contienen la proteína beta-amiloide (un rasgo característico de la enfermedad de Alzheimer). Los investigadores también examinaron los niveles de proteínas sinápticas en los cerebros de los participantes. Las sinapsis son las pequeñas uniones entre las células nerviosas donde se transmite la información, por lo que los niveles de estas proporcionan una indicación general de una función cerebral saludable.
Seguir en movimiento
De media, los participantes tenían 86 años cuando comenzó la monitorización de su actividad física y alrededor de 90 años cuando fallecieron. Aproximadamente un tercio de los participantes no presentaba deterioro cognitivo, otro tercio presentaba deterioro cognitivo leve y el tercio restante había sido diagnosticado con demencia.
Sin embargo, el análisis post mortem reveló que alrededor del 60 % de los participantes presentaba en realidad signos de enfermedad de Alzheimer en el cerebro (como placas amiloides). Esto demuestra que la presencia de signos típicos de la enfermedad de Alzheimer no implica necesariamente que una persona vaya a mostrar síntomas importantes de deterioro cognitivo mientras está con vida.
Como era de esperar, cuanto más jóvenes eran los participantes, más activos físicamente eran y mejor era su función motora. En general, una mayor actividad física se asoció con una menor activación microglial en determinadas regiones cerebrales (como el giro temporal inferior, que interviene en la memoria y el recuerdo), que suelen verse afectadas en las primeras fases del desarrollo del Alzheimer.
Esto se cumplió incluso cuando había signos de Alzheimer en el cerebro. Esto sugiere que la actividad física puede reducir los efectos perjudiciales de la inflamación cerebral, incluso cuando una enfermedad ya ha comenzado a desarrollarse. El estudio también demostró que una mayor activación microglial estaba relacionada con un mayor deterioro cognitivo y con niveles más bajos de proteínas sinápticas.
Estos hallazgos no solo indican que la inflamación cerebral puede afectar de forma significativa a la función cognitiva y podría ser un factor de riesgo para desarrollar la enfermedad de Alzheimer, sino que también muestran que la actividad física puede ayudarnos a desarrollar resiliencia cerebral frente a efectos que, de otro modo, serían perjudiciales.
Si bien estos hallazgos son prometedores, el estudio presenta algunas limitaciones. El análisis post mortem solo puede revelar una única instantánea en el tiempo del estado del cerebro. Esto significa que no podemos determinar con exactitud cuándo aparecieron los signos de la enfermedad en los cerebros de los participantes ni en qué momento la actividad física podría haber marcado la diferencia.
Además, el estudio era solo observacional, lo que significa que observó los cambios en los participantes mientras llevaban a cabo su vida cotidiana, a diferencia de un estudio de intervención en el que distintas personas serían asignadas aleatoriamente a dos grupos diferentes: unos que hacían ejercicio y otros que no. Por ello, no podemos concluir con certeza que la actividad física causara directamente los cambios observados en el tejido cerebral y en la función cognitiva. Estos hallazgos tampoco explican el mecanismo por el que el ejercicio produce estos efectos.
Sin embargo, este estudio añade peso a la creciente evidencia de que la actividad física puede proteger la salud y el funcionamiento del cerebro, incluso en la vejez. Mantenernos activos a lo largo de la vida es probablemente la mejor forma de prevenir el desarrollo del Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas, lo que nos ayuda a vivir una vida larga, saludable e independiente.



