Este artículo forma parte de la plataforma de geoestrategia
Entre los numerosos asuntos en juego en las actuales tensiones económicas y comerciales entre Estados Unidos y China figuran cuestiones de capacidad tecnológica e innovación.
Dos de las principales quejas recogidas en el informe de Estados Unidos de la Sección 301 eran que se había obligado a empresas estadounidenses a transferir tecnología a China y que habían sido objeto de ciberespionaje. La exposición de los asuntos en este informe ha sido cuestionada, pero detrás de ello subyace la preocupación en Estados Unidos de que la capacidad innovadora y tecnológica de China esté alcanzando a la estadounidense, en parte gracias al respaldo de las políticas estatales establecidas en la iniciativa Made in China 2025.
Una característica importante del paquete de medidas anunciado por Estados Unidos el mes pasado es que se diseñó tanto para contener el desarrollo tecnológico de China como para reducir el déficit comercial, aunque este último haya sido el foco de la retórica del presidente Donald Trump.
(Algunos han puesto en duda esta visión de la innovación china y sugieren que China se parece más a un «dragón tecnológico obeso» cuyos enormes aportes a la investigación y el desarrollo no se traducen en una capacidad innovadora real.)
El problema del debate que compara la capacidad tecnológica china y estadounidense es que no comprende o tergiversa el carácter globalizado de la innovación en el mundo actual.
Contrariamente a la retórica nacionalista económica que emana principalmente de Washington y, en menor medida, de Pekín, Estados Unidos y China no son dos economías separadas que compiten por la hegemonía económica. Como parte de la globalización de la manufactura y la producción durante los últimos 40 años y de la globalización más reciente del consumo, también han cambiado la forma y la estructura de la innovación.
La innovación se logra de forma más eficaz y eficiente cuando quienes participan en ella están conectados no solo dentro de las fronteras nacionales, sino también a través de ellas.
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Como sostenemos en un nuevo artículo,la clave para entenderlo es concebir la innovación como una actividad que se lleva a cabo mediante redes globales o transnacionales que conectan a los actores económicos, y no dentro de economías separadas. La fase reciente de la globalización ha demostrado que la innovación se logra de forma más eficaz y eficiente cuando quienes participan en ella están conectados no solo dentro de las fronteras nacionales, sino también a través de ellas.
China se ha integrado en estas redes globales de innovación de maneras que reflejan sus fortalezas y debilidades relativas en investigación y desarrollo. Su extenso ecosistema manufacturero ha permitido a sus empresas destacar en la innovación relacionada con la producción y orientada a la eficiencia. Además, el rápido crecimiento de su amplio y dinámico mercado de consumo ofrece un terreno fértil para la innovación relacionada con el consumo, tanto para las empresas chinas como para las de inversión extranjera. El rápido aumento del talento disponible en China también aporta capital humano adicional para la innovación y la tecnología.
Además del mayor énfasis de las empresas chinas en la innovación, las multinacionales también han intensificado sus esfuerzos de investigación y desarrollo (I+D) en China. Estos constituyen ahora una parte significativa del panorama de I+D del país y son un componente cada vez más importante de la innovación global de las multinacionales.
Por supuesto, las cosas están cambiando. La capacidad innovadora general de China está mejorando, y en Estados Unidos y Europa existe preocupación por que la política china esté retrocediendo hacia la promoción de la «innovación autóctona» —o innovación autosuficiente— y alejándose de la apertura. En otras palabras, quizá estemos viendo una China más «tecnonacionalista» y también unos Estados Unidos más proteccionistas.
China también ha recibido críticas por la protección insuficiente de los derechos de propiedad intelectual, aunque la creación de tribunales especiales para resolver estos litigios demuestra el compromiso de mejorar; además, los derechos de las empresas chinas también necesitan cada vez más protección.
A medida que se cuestionan cada vez más los beneficios de la globalización y aumenta cierto grado de presión política nacionalista tanto en Occidente como en China, eliminar las fronteras nacionales en materia de innovación no será posible ni políticamente deseable. Al mismo tiempo, el grado de globalización de las empresas y los consumidores implica que la innovación plenamente «autóctona» no es posible, aunque fuera políticamente deseable.
Las relaciones de innovación entre la UE y China,así como las relaciones entre Washington y Pekín, necesitan, por tanto, una gestión cuidadosa. Sin embargo, tanto estadounidenses como europeos deberían confiar más en su capacidad innovadora, dadas las fortalezas y debilidades relativas de la innovación china.
Los estadounidenses y los europeos deberían reconocer y promover las oportunidades que ofrecen los procesos de innovación conectados en redes globales. Aprovechar la ventaja comparativa de todos los participantes en estas redes implica colaborar con China como socio en innovación.
Los debates sobre la capacidad de innovación pasan por alto hasta qué punto Estados Unidos y China están interconectados, Dr. Tim Summers y K. C. Kwok





