«Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras. De lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo», escribió en cierta ocasión Karl Marx. Mientras se cuestionan la liberalización del comercio y la globalización en general, a los líderes del G20 les convendría tanto interpretar la situación como cambiarla.
No es una tarea fácil para el G20, un grupo diverso de economías desarrolladas y emergentes que representa alrededor del 80% del PIB. Pese al gran éxito que supuso crear un grupo de trabajo sobre comercio e inversión y acordar principios rectores para la formulación de políticas de inversión, los líderes del G20 no abordaron la aparición de voces antiglobalización. Estos son cuatro errores que cometieron y tres maneras de dar un giro a la situación en 2017.
Cuándo tiene sentido el proteccionismo
Esto es lo primero que hicieron mal cuando se reunieron en China: su declaración reafirmó su «oposición al proteccionismo en el comercio y la inversión en todas sus formas». De hecho, esto no solo es jurídicamente inexacto, sino que además excede su mandato político.
En el reglamento de la Organización Mundial del Comercio vigente, ciertas medidas comerciales defensivas son totalmente legítimas. Entre ellas figuran los derechos antidumping y compensatorios, las medidas de salvaguardia y otros instrumentos de política restrictiva destinados a proteger el interés público. La única salvedad es que estas medidas deben aplicarse de manera compatible con las condiciones y metodologías acordadas por todos los miembros.
Oponerse a todas las formas de protección genera innecesariamente temor entre la población y entraña riesgos políticos. Algunas medidas proteccionistas están concebidas para funcionar como válvulas de seguridad indispensables y garantizar que los países tengan derecho a restringir el comercio y la inversión en determinadas condiciones claramente definidas, mientras siguen beneficiándose de la liberalización progresiva del comercio y la inversión. En lugar de condenarse, este tipo de medida de protección comercial debería estar garantizada.
En 2017, los líderes del G20 podrían optar por un enfoque más sensato desde el punto de vista jurídico y más matizado políticamente. Por ejemplo, podrían pedir a todos los miembros que se abstengan de usar medidas ilegales destinadas a restringir el comercio y la inversión. También podrían reiterar que toda medida de protección legal que se adopte debe aplicarse estrictamente de conformidad con las leyes y reglamentos económicos internacionales.
Dejen de insistir en los beneficios de la globalización
El segundo asunto del que hablaron los líderes del G20 en su reunión en China fue la importancia de comunicar «con mayor eficacia al público en general los beneficios del comercio y los mercados abiertos».
¿Es eso lo que hace falta ahora: más sermones de los evangelistas del comercio? Al contrario, sostengo que hasta ahora se han exagerado los beneficios del comercio. La gente no es tonta: conoce bien los beneficios de la globalización, el comercio y los mercados abiertos. Los ve en su último teléfono inteligente, en los electrodomésticos de su cocina y en la ropa de su armario.
Lo que los líderes y responsables de formular políticas no han hecho es comunicar los efectos secundarios inevitables. Como resultado, quienes salen perdiendo se llevan una sorpresa cuando esas consecuencias negativas empiezan a afectarlos. Cuando se quejan, se les desestima en vez de mostrarles la comprensión y la empatía que merecen.
Espero que en 2017 los líderes del G20 hablen abiertamente de estas consecuencias negativas y dejen claro que sus líderes no han abandonado a quienes se han quedado atrás por la globalización.

Repartir los costos y los beneficios
El último asunto del que hablaron los líderes del G20 en China fue la necesidad de aplicar «políticas nacionales adecuadas para garantizar una amplia distribución de los beneficios». De hecho, no solo se distribuyen los beneficios de manera desigual: también ocurre lo mismo con las consecuencias negativas. Cualquier política que pongamos en marcha fracasará si no reconoce esta distinción sutil, pero importante.
En el ámbito nacional, esto exige políticas de redistribución vertical. Las autoridades públicas deberían usar los ingresos fiscales procedentes de quienes ganan con la globalización para empoderar a la parte menos competitiva de la población, que sale perdiendo o gana mucho menos en mercados más abiertos, mediante capacitación específica y redes de protección social. Podría aplicarse un enfoque similar para crear nuevas oportunidades de empleo: por ejemplo, las autoridades podrían usar los ingresos fiscales para aumentar la inversión pública en infraestructura, mejorar la calidad de la educación asequible y reducir los costos administrativos y logísticos de las microempresas y pequeñas empresas.
También se necesitan cambios en el ámbito internacional. Hasta ahora ha sido muy difícil lograrlos, en gran medida debido a la enorme polarización entre los países ricos y los pobres. Cuando los trabajadores de los países desarrollados oyen hablar de liberalización del comercio, piensan en la deslocalización y en la pérdida de empleos en lugares como China, México o Vietnam. Cuando quienes viven en países en desarrollo oyen el término, piensan en las multinacionales, que parecen beneficiarse más de su mano de obra barata que ellos mismos. Es necesario atender ambas preocupaciones.
2017: ¿un momento para cambiar?
En 2017, Alemania asumirá la presidencia del G20. En un video en el que expuso su visión, la canciller Angela Merkel habló de la necesidad de «dar forma a un mundo interconectado», lograr que la globalización funcione para todos, intensificar la cooperación internacional y oponerse al aislacionismo y a cualquier retorno al nacionalismo. Llamativamente, evitó el término ambiguo «proteccionismo».
Para lograrlo, los líderes del G20 deberían tener en cuenta tres puntos importantes.
Comercio, no guerra
En primer lugar, aunque los líderes deben dejar de centrarse tanto en los beneficios de la globalización —que, como hemos dicho, el público ya conoce—, deberían recordar el valor estratégico de los regímenes de comercio abierto para la paz y la prosperidad internacionales.
«Si pudiéramos aumentar los intercambios comerciales entre las naciones reduciendo las barreras comerciales y arancelarias y eliminar los obstáculos internacionales al comercio, avanzaríamos mucho hacia la eliminación de la guerra misma», escribió en sus memorias el exsecretario de Estado de EE. UU. Cordell Hull tras dos devastadoras guerras mundiales.
El GATT, predecesor de la Organización Mundial del Comercio, fue una idea original de muchos de aquellos estadistas de tiempos de guerra. Su objetivo era garantizar un entorno comercial abierto, no discriminatorio y previsible. Sabían muy bien que, cuando las mercancías no cruzan las fronteras, lo hacen los soldados.
El poder de escuchar
En segundo lugar, la liberalización del comercio por sí sola no basta para garantizar la paz internacional y el bienestar económico. Deben aplicarse otras políticas internacionales y nacionales si queremos aprovechar todos los beneficios del comercio y abordar algunos de sus efectos secundarios perjudiciales.
Antes de diseñar políticas contundentes, los líderes políticos y de opinión deberían adoptar un enfoque más conciliador. Podrían empezar por intentar comprender mejor las dificultades internas de los demás y apoyar políticas que puedan aliviar estos problemas y, por tanto, ayudar a salvaguardar el comercio abierto.
Nosotros contra los robots
Por último, los líderes del G20 deben prepararse para un nuevo mundo en el que las computadoras y la automatización sustituyan los puestos de trabajo.
Esto ya ha alterado el panorama comercial. Según un nuevo estudio, alrededor del 88% de las pérdidas de empleo en los sectores manufactureros de EE. UU. se debieron a la automatización y a otros factores internos, en lugar de al comercio internacional.
Si hemos de creer a los académicos de la Oxford Martin School, esta tendencia continuará durante las próximas dos décadas, y la automatización acabará con el 47% de todos los puestos de trabajo.
Ningún país escapará a este futuro, así que nos corresponde a todos trabajar juntos. Podemos hacerlo compartiendo las mejores prácticas para garantizar que nuestros ciudadanos adquieran habilidades que ni siquiera los robots puedan replicar, o para reforzar las leyes y normativas que protegen el poder de negociación de los trabajadores. También deberíamos procurar aumentar la armonización de las políticas entre países en materia de fiscalidad y empleo.
Es hora de actuar
Los argumentos económicos a favor del comercio no dejan lugar a dudas; sin embargo, el comercio y la globalización están cada vez más cuestionados. Que el balance total de los beneficios y los inconvenientes del comercio sea positivo no depende únicamente del comercio. El desarrollo sostenible también exige mejorar la educación, la infraestructura y la innovación en cada país, así como alcanzar entendimientos mutuos y armonizar las políticas de empleo, fiscalidad y otros factores ajenos al comercio.
Comerciar o no comerciar no es una cuestión. Pero si queremos asegurarnos de aprovechar los beneficios que ofrece, en 2017 los líderes del G20 no deben limitarse a pronunciar buenos discursos: deben empezar a actuar para proteger un sistema comercial abierto en el que nadie se quede atrás.
Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no representan necesariamente a la organización a la que pertenece.





