Este mes, 12 países a ambos lados del Pacífico ultimaron el histórico acuerdo comercial de la Asociación Transpacífica . El alcance del TPP es enorme. Si se ratifica y se aplica, tendrá un impacto monumental en el comercio y los flujos de capital a lo largo de la cuenca del Pacífico. De hecho, contribuirá a la transformación en curso del orden internacional. Por desgracia, si esto ocurrirá sigue siendo incierto.
La economía del comercio y las finanzas que sustentan los cimientos del TPP es bastante sencilla y se conoce desde que el economista político británico David Ricardo la describió en el siglo XIX. Al permitir que los países aprovechen al máximo sus ventajas comparativas, la liberalización del comercio y de la inversión genera beneficios económicos netos, aunque puede perjudicar a determinados grupos que antes se beneficiaban de la protección arancelaria.
Pero la política de la liberalización comercial (es decir, la forma en que los países avanzan hacia la aceptación del libre comercio) es mucho más compleja, en gran medida por esos grupos concretos a los que perjudica. Para ellos, los beneficios económicos globales de la liberalización comercial importan poco si sus intereses particulares se ven socavados. Aunque estos grupos sean relativamente pequeños, la disciplina y la unidad con que combaten la liberalización comercial pueden amplificar considerablemente su influencia política, sobre todo si una figura política poderosa asume su causa.
Eso es lo que ocurre ahora en Estados Unidos. La exsecretaria de Estado Hillary Clinton comprende sin duda la economía del TPP, al que en su día calificó de “estándar de oro” en los acuerdos comerciales. Pero ahora que está en campaña presidencial, ha cambiado de opinión. La razón es evidente: ha considerado que no puede permitirse perder el apoyo de sindicatos estadounidenses como el United Automobile Workers, cuyos afiliados temen una reducción de los aranceles sobre automóviles y camiones.
Este giro puede tener sentido político, pero es una pésima economía. En realidad, el TPP es un gran negocio para EE. UU. Las concesiones que contiene sobre productos manufacturados, como los automóviles, son mucho menores que las relativas, por ejemplo, a los productos agrícolas, que supondrán sacrificios profundos para otros países del TPP, como Japón. Después de todo, los niveles arancelarios vigentes para los bienes manufacturados ya son mucho más bajos que los de la agricultura o los productos lácteos.
En resumen, con el TPP, EE. UU. está pescando un pez grande con un cebo pequeño. Pero el aumento de los flujos comerciales y de inversión que provocará la ratificación y la aplicación del TPP beneficiará incluso a los países que deben hacer sacrificios mayores.
Japón, por ejemplo, comprobará que el TPP potencia el “Abenomics”, la estrategia de revitalización económica de tres vertientes introducida por el primer ministro Shinzo Abe en 2012. El tercer componente, o “flecha”, del Abenomics, las reformas estructurales, pretende restablecer el crecimiento mediante el aumento de la productividad. Pero incrementar la eficiencia en una gran variedad de sectores, como debe hacer Japón, puede ser un proceso largo, difícil y fragmentario, ya que implica modernizar prácticamente todas las tecnologías y procesos.
Al conectar más estrechamente las industrias japonesas con las de otros países, el TPP puede acelerar considerablemente este proceso. Además, puede impulsar una reforma administrativa más rápida. En pocas palabras, el TPP supondrá un poderoso viento de cola para el Abenomics.
Cabe señalar que la liberalización sí implica algunas contrapartidas económicas, ya que la protección puede, en algunos ámbitos, cumplir una función importante. Como señala el economista Jagdish Bhagwati , mantener mayores protecciones para, por ejemplo, la propiedad intelectual puede fomentar la investigación y la innovación. Al mismo tiempo, sin embargo, una protección excesiva de la propiedad intelectual puede frenar la difusión del conocimiento existente y el desarrollo de productos de alta tecnología. En el caso de los fármacos, por ejemplo, esta contrapartida puede ser difícil de gestionar. No obstante, Bhagwati sostiene que, en lo que respecta al comercio general y a los movimientos de capital, cuanto más libre, mejor.
Dado todo lo anterior, cabe esperar que la oposición de figuras políticas como Clinton se quede en nada, un resultado del todo plausible en el caso de Clinton, porque el TPP debería entrar en vigor antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2016. Esto estaría, en cierta medida, en línea con el proceso de negociación del TPP, en el que los desafíos políticos asociados a la liberalización comercial se han gestionado de forma notablemente buena. Parece que involucrar a tantos sectores en tantos países facilitó realmente superar la resistencia, ya que diluyó la oposición e impidió que un solo interés específico se impusiera.
Por supuesto, eso no significa que las negociaciones fueran fáciles. Al contrario, los representantes comerciales tuvieron que mostrar una paciencia y una resistencia impresionantes, durante más de cinco años en algunos países. Para avanzar, la confidencialidad fue fundamental (a pesar de las afirmaciones de los negociadores estadounidenses de que las deliberaciones fueron totalmente transparentes).
No ratificar el TPP en los 12 países sería una gran decepción, no solo por el enorme esfuerzo que se ha invertido en él, sino también (y lo que es más importante) por las enormes ventajas económicas que aportaría a todos los países implicados. En Japón, mientras la mayor parte del gobernante Partido Liberal Democrático siga firme en su apoyo al TPP, debería ratificarse. Pero la situación en el Congreso de Estados Unidos es más dudosa. Cabe esperar que los líderes estadounidenses no pierdan una oportunidad de oro para dar a las empresas estadounidenses (y, por tanto, a la economía de EE. UU.) un impulso significativo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Koichi Hamada es asesor económico especial del primer ministro japonés Shinzo Abe, además de catedrático emérito de Economía en la Universidad de Yale y en la Universidad de Tokio.
Imagen: Un barco cargado de contenedores. REUTERS/David Gray.





