Cómo moldeará la política exterior de EE. UU. el «Gran Reinicio»: 12 expertos lo explican

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  • Estados Unidos tendrá que fijar prioridades claras para que sus esfuerzos de política exterior aprovechen sus capacidades y contribuyan a moldear la recuperación mundial.

  • Los miembros del Consejo de Futuros Globales de EE. UU. del Foro Económico Mundial expusieron sus recomendaciones de política exterior para abordar las crisis mundiales actuales en este artículo recopilatorio especial y en un episodio del pódcast The Great Reset.

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El mundo afronta una crisis sanitaria, económica y social de enormes proporciones, y cada país tendrá que recurrir a sus capacidades específicas para ayudar a reconstruir el mundo de cara al Gran Reinicio. Con ese propósito, pedimos a las principales mentes políticas de nuestro Consejo de Futuros Globales de EE. UU. —profesores, analistas, exembajadores y otros— que consideraran cómo una política exterior estadounidense bipartidista durante la próxima década podría contribuir a moldear el Gran Reinicio. Sus recomendaciones —que abarcan desde cuestiones climáticas y cooperación internacional hasta capital humano, entre otros temas— muestran el esfuerzo que deberá realizar cualquier país que quiera aprovechar sus recursos para abordar los complejos problemas que se avecinan.

Sus ideas, reunidas en este artículo y en un episodio especial del pódcast The Great Reset, muestran la amplitud de opciones que aún tienen los líderes para crear nuevas soluciones para la recuperación mundial. Estas son sus reflexiones.

1. Ayudar a construir un mundo nuevo y abierto

Rebecca Friedman-Lissner, profesora adjunta del Departamento de Investigación Estratégica y Operacional, Escuela de Guerra Naval

La COVID ha revelado un sistema internacional al borde del colapso: la cooperación internacional es esquiva, las instituciones internacionales son inadecuadas y las grandes potencias están enfrentadas. Sin embargo, como sostenemos Mira Rapp-Hooper y yo en nuestro libro Un mundo abierto: cómo puede Estados Unidos ganar la pugna por el orden del siglo XXI, gran parte de este daño precedía a la pandemia y nos acompañará durante décadas. Para transformar este momento de destrucción en uno de creación, Estados Unidos debe liderar una amplia coalición comprometida con hacer realidad un mundo abierto.

El futuro del liderazgo estadounidense no se parecerá al pasado. Para liderar, Estados Unidos debe situarse firmemente del lado de la apertura: defender el acceso a los bienes comunes globales, promover la capacidad de los Estados soberanos para tomar decisiones políticas independientes, impulsar un comercio con altos estándares y fomentar la cooperación internacional mediante instituciones internacionales modernizadas. Este enfoque también atraerá a los socios necesarios para su éxito. Estados Unidos sencillamente no puede mantener abierto el mundo por sí solo: necesita movilizar la fuerza de sus aliados, aprovechar las alianzas con socios internacionales en torno a asuntos concretos —algunos de los cuales pueden no ser democracias— y abrir camino a asociaciones innovadoras entre los sectores público y privado que trasciendan las fronteras nacionales. El mundo se encuentra en un momento decisivo y la oportunidad de definir los términos del próximo «gran reinicio» no volverá a presentarse.

2. Adoptar un liderazgo mundial compartido
Ivo Daalder, presidente del Consejo de Chicago para Asuntos Globales

La opinión generalizada, tanto dentro como fuera del país, sostiene que los estadounidenses están cansados de financiar el liderazgo mundial estadounidense y dispuestos a replegarse del mundo. Pero, como tantas veces, esa opinión generalizada es errónea.

La última encuesta del Consejo de Chicago para Asuntos Globales muestra que la mayoría de los estadounidenses sigue prefiriendo una participación activa de EE. UU. y un liderazgo compartido en los asuntos mundiales. De hecho, casi dos tercios de los estadounidenses (62 %) afirman que el brote de COVID-19 ha aumentado la importancia de la coordinación y la colaboración de EE. UU. con otros países para resolver problemas globales. Además, una amplia mayoría (84 %) coincide en que la cooperación internacional es la única manera de resolver grandes desafíos mundiales como las pandemias y el cambio climático.

Siete de cada diez estadounidenses (68 %) afirman que Estados Unidos se beneficiará más si participa activamente en los asuntos mundiales: una de las cifras más altas de casi 50 años. Además, la mayoría de los estadounidenses cree que Estados Unidos debería implicarse aún más en la resolución de problemas globales (52 %), mientras que otro 25 % opina que debería participar tanto como ahora.

Al mismo tiempo, pocos estadounidenses quieren que Estados Unidos lidere en solitario. Una amplia mayoría (68 %) prefiere que Estados Unidos desempeñe un papel de liderazgo compartido. Solo el 24 % prefiere que Estados Unidos ejerza un liderazgo dominante, y muy pocos dicen que no debería tener ningún papel de liderazgo mundial (6 %).

La pandemia de COVID-19 ha alterado todos los aspectos de la vida de los estadounidenses. Sin embargo, no los ha alejado del mundo. Al contrario, la mayoría cree que su seguridad y prosperidad se protegen mejor manteniéndose activos en el mundo y colaborando con otros, especialmente con nuestros aliados, para superar los problemas globales.

El papel de EE. UU. en los asuntos mundialesImage: Consejo de Chicago para Asuntos Globales

3. Aprovechar al máximo una ventaja única para combatir el cambio climático
Ryan Costello, director gerente, Americans for Carbon Dividends

El cambio climático —y la respuesta de otros países— influirá cada vez más en el comercio y la competencia entre las principales economías del mundo. Al adoptar una estrategia climática estadounidense coherente, Estados Unidos puede garantizar que sus fabricantes y trabajadores salgan ganando a medida que el mundo transita hacia la energía limpia.

Las normas comerciales actuales subvencionan de hecho la fabricación intensiva en carbono en el extranjero e impiden que los fabricantes estadounidenses obtengan todos los beneficios económicos de sus operaciones más limpias. Esta situación perjudica tanto a los trabajadores estadounidenses como al avance mundial en materia climática.

Un estudio sin precedentes destaca la notable ventaja de Estados Unidos en eficiencia de carbono frente a la mayoría de sus principales socios comerciales. Por ejemplo, los bienes fabricados en EE. UU. generan un 80 % menos de emisiones de carbono que el promedio mundial. La ventaja de EE. UU. en materia de carbono triplica la de China y casi cuadruplica la de India.

Al aprovechar esta ventaja mediante una política climática bien diseñada, Estados Unidos puede mejorar la competitividad de sus fabricantes, fomentar el retorno al país de cadenas de suministro importantes e impulsar una mayor ambición climática en todo el mundo. Una tasa nacional sobre el carbono, combinada con un ajuste fronterizo del carbono, puede generar estos beneficios.

4. Adaptar el comercio para invertir en los trabajadores estadounidenses y su poder económico
Glenn Hubbard, decano emérito y profesor Russell L. Carson de Finanzas y Economía, Escuela de Negocios de Columbia

Todo lo que te explicó tu profesor de economía de la universidad sobre el comercio es cierto: la ventaja comparativa es un concepto importante. El comercio genera importantes beneficios medios gracias a bienes más baratos y variados y a una mayor productividad de las empresas nacionales, fruto de una competencia más intensa. También es cierto algo que te explicó el profesor, pero que a menudo no se dice con suficiente énfasis ni siquiera tienen en cuenta los responsables políticos: como los beneficios son grandes, quienes salen ganando pueden compensar a quienes salen perdiendo, y el comercio beneficia a todos. La idea no es que una persona que «gana» con el comercio le escriba un cheque a alguien que «pierde». La sociedad debe destinar recursos tanto a preparar a las personas como a ayudarlas a volver a conectarse con el empleo y las oportunidades en una economía que atraviesa cambios estructurales debidos a la globalización y, aún más importante, al cambio tecnológico. Si no lo hace, surgen llamamientos a levantar muros, físicos o metafóricos. Es fácil hacer esos llamamientos políticos y tranquilizar a quienes se han quedado atrás diciéndoles que podemos volver a las cosas como eran. Eso, por supuesto, es mentira. La alternativa consiste en construir puentes hacia las oportunidades que realmente existen: invertir en centros universitarios comunitarios para preparar a los trabajadores jóvenes y retener a los de más edad, ofrecer ayudas mucho mayores para el trabajo mediante el Crédito Tributario por Ingreso del Trabajo y replantear las políticas del mercado laboral para centrarse tanto en los cambios estructurales como en los cíclicos. Tanto los economistas como los responsables políticos deben dar un paso al frente para definir y promover esos puentes. De lo contrario, mientras algunos economistas cercanos a la Casa Blanca repiten los argumentos fallidos de Thomas Mun, estos siguen resultando atractivos para muchos. Nada menos que Adam Smith se enfrentó a Mun: el ideal de los economistas clásicos de una «prosperidad generalizada» se hace más alcanzable en una economía abierta, donde las personas están mejor preparadas para los cambios que escapan a su control.

«El mundo se encuentra en un momento decisivo y la oportunidad de definir los términos del próximo “gran reinicio” no volverá a presentarse».

Rebecca Friedman-Lissner, profesora adjunta del Departamento de Investigación Estratégica y Operacional, Escuela de Guerra Naval, EE. UU.

5. Apoyar políticas que impulsen los mercados libres y las sociedades libres
Danielle Pletka, vicepresidenta sénior de Estudios de Política Exterior y Defensa, American Enterprise Institute for Public Policy Research

Desde antes de su fundación, Estados Unidos ha defendido los principios de la libertad. Aunque la expresión de esos valores ha evolucionado, la idea fundamental de que la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad no son privilegios reservados únicamente a los estadounidenses siempre ha guiado la política exterior de EE. UU. Si creemos en las personas libres y los mercados libres, y entendemos que esas libertades han propiciado una prosperidad mundial sin parangón, también debemos estar dispuestos a respaldar esas ideas con nuestro poder diplomático, económico y militar. Aunque no le corresponde a Estados Unidos librar al mundo del mal, nuestros líderes tienen la responsabilidad de promover esos mismos valores al proteger la seguridad nacional de todos los estadounidenses, pues un mundo más libre es un mundo más seguro. La pregunta siempre es «cómo»: siempre habrá que hacer concesiones para atender intereses inmediatos de seguridad nacional. Pero expresar los valores que están en el núcleo de la política de seguridad nacional de EE. UU. —y nuestra convicción en la primacía de la libertad— debería ser una prioridad en cada interacción. Si Estados Unidos no promueve esos valores, podemos tener la certeza de que ninguna otra nación llenará el vacío.


6. Hacer el bien mientras se hacen las cosas bien
Daniel Drezner, profesor de Política Internacional, Escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher

La aprobación internacional de EE. UU. descendió durante la COVID, según una encuesta de Pew sobre la respuesta y la reputación. Sin embargo, esas impresiones no son inmutables. Incluso en el punto álgido de la impopularidad del Gobierno de Bush tras la invasión de Irak, su respuesta al tsunami de 2004 en Asia Oriental —comparada con los esfuerzos de China— mejoró la percepción positiva de Estados Unidos en la región. Cuanto antes asuma Estados Unidos el liderazgo de la recuperación mundial tras la pandemia de coronavirus, antes podrá remontar sus mínimos históricos actuales.

Hay motivos para el optimismo. El récord anterior para desarrollar una vacuna, desde las pruebas hasta su distribución, era de cuatro años; con la COVID-19, es probable que las empresas farmacéuticas estadounidenses lo hagan en menos de un año. La infraestructura logística de las fuerzas armadas de EE. UU. otorga al país una ventaja comparativa para distribuirla rápidamente. Con un mínimo de planificación estratégica y atención a las necesidades mundiales, Estados Unidos aún puede hacer las cosas bien y hacer el bien en su respuesta a la pandemia.

Clasificación de la valoración favorable de EE. UU., encuestaImage: Pew Research

7. Mantener la diversidad del talento para resolver más tipos de problemas
Jenna Ben-Yehuda, presidenta y directora ejecutiva, Truman National Security Project

Los nuevos enfoques de contratación y retención en el Departamento de Estado ayudarán a impulsar el necesario «reinicio» del capital humano y garantizarán que nuestros diplomáticos representen mejor a la población en general y estén más preparados para ayudar a resolver una mayor variedad de problemas. Si los altos cargos centraran su atención en la contratación y la retención en toda la organización, revitalizarían la atribulada agencia y generarían innovación en tres áreas clave: formación, flexibilidad y una cultura de aprendizaje.

  • Formación: los funcionarios del Departamento de Estado deberían dedicar el 15 % de sus carreras a la formación, tanto en el servicio exterior como en la función pública, al igual que sus homólogos militares. Este continuo formativo incluye cursos obligatorios básicos de presupuestación y planificación, que han contribuido a estrechar los vínculos entre las funciones de planificación y de formulación de políticas, sobre todo en las primeras etapas de desarrollo.

  • Flexibilidad: las cuotas de puestos con un 30 % de trabajo a tiempo parcial y un 30 % de trabajo totalmente a distancia han mejorado las cifras de retención de padres jóvenes y ampliado las opciones de vivienda asequible. La posibilidad de alternar entre organismos gubernamentales, junto con opciones adicionales de permisos sabáticos en el sector privado para el personal con experiencia, ha aportado nuevas perspectivas a la organización.

  • Cultura de aprendizaje: el Instituto de Lecciones Aprendidas ofrece gratuitamente servicios de evaluación de programas a las oficinas y difunde periódicamente las mejores prácticas. Unos sólidos sistemas de incentivos han aumentado el intercambio de información y reducido los compartimentos estancos.

8. Reforzar el apoyo a la democracia dentro y fuera del país
Michael McFaul, director del Instituto Freeman Spogli de Estudios Internacionales, Universidad de Stanford

Tras catorce años consecutivos de retroceso democrático, los líderes de EE. UU. deben comprender las causas de esta tendencia y, después, adoptar nuevas estrategias para revertirla. Tres factores impulsan el retroceso democrático mundial: (1) el auge de dos autocracias poderosas, (2) el colapso de algunas democracias nuevas y (3) el auge del populismo y el antiliberalismo en muchas democracias consolidadas. Para revertir estas tendencias, los líderes estadounidenses deben comprometerse, ante todo, a fortalecer la democracia en su país. Hoy, pocos en el mundo se sienten inspirados por la práctica democrática estadounidense o por los resultados económicos y sociales que ofrece el Gobierno de EE. UU. En segundo lugar, en coordinación con otras democracias, los líderes estadounidenses deberían centrarse más en ayudar a consolidar democracias nuevas, como las de Túnez y Ucrania, y menos en promover cambios de régimen en dictaduras. En tercer lugar, los líderes estadounidenses deben seguir una estrategia sofisticada que combine la contención y el compromiso con las autocracias. Sin embargo, cuando negocien con esos regímenes para lograr resultados de interés mutuo, los diplomáticos estadounidenses no tienen por qué dejar sus valores en la puerta. En cuarto lugar, los líderes de EE. UU. deben volver a asumir el liderazgo mundial: primero, profundizando las alianzas con las democracias y, segundo, promoviendo los valores liberales en las instituciones multilaterales, especialmente en lo referente a las normas sobre regulación digital y derechos humanos. Por último, los líderes estadounidenses deben fomentar una mayor conexión y solidaridad entre los demócratas de base de todo el mundo, independientemente de las relaciones entre Estados.

«La capacidad de evaluar rápidamente datos de múltiples fuentes y obtener una ventaja de primer movimiento en el entorno de recuperación será el sello distintivo del éxito de las políticas en el siglo XXI».

Heather A. Conley, vicepresidenta sénior para Europa, Eurasia y el Ártico, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales

(CSIS)

9. Agilizar las operaciones para responder con rapidez
Heather A. Conley, vicepresidenta sénior para Europa, Eurasia y el Ártico, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS)

Las estructuras de seguridad nacional de EE. UU. sienten la presión de desafíos transnacionales cada vez mayores y dinámicas regionales complejas que no encajan fácilmente en los compartimentos regionales o funcionales existentes. El último gran esfuerzo de reorganización de la seguridad nacional estadounidense —producto de las repercusiones de los atentados del 11 de septiembre— tuvo lugar hace casi 20 años y consistió en superponer un mecanismo de coordinación a las estructuras existentes para combatir el terrorismo mundial, en vez de renovarlas de verdad.

Las estructuras estadounidenses deberían evolucionar rápidamente hacia redes de políticas ágiles y flexibles que integren conocimientos funcionales y regionales, pero permitan que otras partes interesadas, como la sociedad civil, el sector privado y los socios de coalición, se incorporen y colaboren con ellas. Estas redes podrían desarrollarse inicialmente en torno a iniciativas regionales y específicas, como las del Ártico o el Mediterráneo oriental. Si aprovechan las oportunidades tácticas y los rápidos acontecimientos sobre el terreno dentro de una estrategia clara, las políticas estadounidenses y las estructuras que las respaldan estarán bien posicionadas para dar forma a los resultados políticos deseados. Aprovechar nuevas oportunidades de política será especialmente importante en un entorno dinámico de recuperación tras la COVID-19. La capacidad de evaluar rápidamente datos de múltiples fuentes y obtener una ventaja de primer movimiento en el entorno de recuperación será el sello distintivo del éxito de las políticas en el siglo XXI. Las estructuras burocráticas lentas y excesivamente engorrosas que tenemos hoy —por muchos enviados especiales o «departamentos de complejidad» que cree un Gobierno— no pueden competir con éxito con otros actores estatales y no estatales que también buscan ventajas en materia de políticas.

10. Buscar socios para evitar vacíos de poder
Mike Doran, investigador sénior, Hudson Institute

Para responder a la persistente demanda del electorado de reducir los compromisos en el extranjero, la idea de retirarse de Oriente Medio resulta tentadora. Sin embargo, una retirada total produciría el efecto contrario al buscado. Se abriría un vacío de poder y muchos expertos en seguridad nacional de EE. UU. creen que otros países, como China, competirían por llenarlo. Esto brindaría a otros países la oportunidad de usar Oriente Medio como base para extender su influencia por Europa y África; el equilibrio mundial de poder podría inclinarse drásticamente en contra de Estados Unidos. Por eso, Washington debería considerarse el equilibrador de último recurso y utilizar su poderío militar para fortalecer a los aliados que, en conjunto, puedan servir de contrapeso. Hay tres socios clave: Israel, Arabia Saudí y Turquía. Las relaciones con los dos primeros están en buen estado, pero las relaciones con Turquía son tensas. Contener a Turquía, además de a varios otros adversarios regionales, sería una misión imposible. Por tanto, reparar las relaciones con Ankara es una prioridad urgente.

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11. Reforzar la resiliencia y la defensa nacionales
Christine Wormuth, directora del Centro de Política de Seguridad y Defensa Internacional; investigadora sénior de RAND

Las amenazas de otros Estados al territorio nacional de EE. UU. son importantes, van en aumento y no se comprenden suficientemente. Durante los últimos 20 años, Estados Unidos se centró en combatir amenazas terroristas lejos de sus costas, pero ahora se enfrenta a la competencia estratégica de países que han modernizado sistemáticamente sus fuerzas armadas. Aunque la amplitud y profundidad de las infraestructuras críticas de Estados Unidos aportan cierta resiliencia inherente frente a amenazas externas, el país tiene muchos más activos críticos de los que podrían defenderse frente a las amenazas de misiles de crucero avanzados, armas antisatélite y ciberataques sofisticados. Defender el territorio nacional estadounidense en una era de competencia entre grandes potencias probablemente exigirá un enfoque de varias vertientes que combine la defensa eficaz de los activos nacionales verdaderamente críticos, el refuerzo de otros activos importantes, una mayor resiliencia de nuestras funciones nacionales esenciales y cambios en nuestra política declarativa para afianzar la disuasión. Si Estados Unidos entra en guerra en el futuro, es poco probable que su territorio salga indemne.

12. Dar prioridad al apoyo a los Estados frágiles
Nancy Lindborg, presidenta y directora ejecutiva, Fundación David y Lucile Packard

Los Estados frágiles son el denominador común de una larga lista de desafíos económicos, de seguridad y morales para Estados Unidos y sus aliados: extremismo violento, tráfico ilícito, flujos migratorios descontrolados, conflictos violentos y pobreza extrema. Estos Estados, caracterizados por sociedades fragmentadas y una confianza quebrantada entre la ciudadanía y el Gobierno, son los menos capaces de resistir los efectos de fenómenos meteorológicos más extremos y los más vulnerables a las depredaciones de otras potencias. En el contexto actual de la COVID-19, además, son agujeros en la red mundial de seguridad sanitaria.

Casi una cuarta parte de la población del planeta y un tercio de los niños del mundo viven en estos Estados, por lo que redunda profundamente en el interés de Estados Unidos hacer de la fragilidad una prioridad central de su política exterior. La Ley de Fragilidad Global de EE. UU., aprobada con apoyo bipartidista en diciembre de 2019, refuerza este argumento al exigir que todas las partes del Gobierno estadounidense coordinen estrategias para prestar ayuda exterior más eficaz en países frágiles.

Más de una década de duras lecciones demuestra el potencial de mantener los avances del desarrollo y reducir la fragilidad si situamos una gobernanza inclusiva, responsable y receptiva en el centro de nuestros esfuerzos; ahora es imperativo coordinar las burocracias para impulsar esta prioridad urgente.

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