Si una camiseta cuesta 2 o 200 dólares, ¿cómo podemos garantizar que el comercio sea justo?

Seamstresses work at TAL garment factory in Vinh Phuc province, Vietnam May 23, 2017. Picture taken May 23, 2017. REUTERS/Kham - RC1E5C295DD0
Seamstresses at a factory in Viet NamImage: REUTERS/Kham
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Oímos hablar mucho de los disruptores del comercio, desde China hasta Donald Trump, el principal disruptor del mundo. Pero hay un concepto que está transformando progresivamente las cadenas de suministro y que tiene el potencial de cambiar el comercio: la transparencia.

A Asia-Pacífico se la suele llamar la potencia económica del mundo, y con razón. El crecimiento demográfico, el aumento de la clase media y la explosión de la actividad económica están reconfigurando la región, mientras gobiernos y empresas reconocen su papel como epicentro mundial del desarrollo y de los posibles beneficios comerciales.

El comercio es fundamental en esta historia económica. Puede ser una fuerza para el bien, o no.

Este tren expreso del desarrollo económico tiene un precio. Se estima que 600 millones de personas de Asia-Pacífico viven en la pobreza: más de la mitad de las personas pobres del mundo. Más de 490 millones padecen desnutrición y otros 30,5 millones están atrapados en la esclavitud moderna.

En el umbral de la transparencia

Pero se acerca un punto de inflexión. Una serie de factores interconectados, desde el cambio climático y el crecimiento demográfico hasta la rápida urbanización y el aumento de la clase media, están alterando las ideas tradicionales, los modelos de negocio, las sociedades y las normas sociales.

Toda una nueva generación de consumidores exige más de nuestras marcas y de las empresas que las respaldan. Cuando se puede comprar una camiseta por 2 o 200 dólares, la gente empieza a pedir garantías de que los productos se fabriquen, obtengan y vendan de manera justa.

El derrumbe de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh en 2013, que causó la muerte de 1.134 trabajadores de la confección, hizo que muchos reconsideráramos los costos reales de nuestros hábitos de compra. Cuando una camiseta cuesta 2 dólares, es probable que alguien en algún punto de la cadena haya pagado el precio: ya sea la persona esclavizada que cosecha el algodón, la costurera que la confecciona en condiciones de explotación o la comunidad que afronta los daños ambientales causados durante su fabricación.

Asia-Pacífico es ahora la fábrica de prendas de vestir del mundo: más de 40 millones de trabajadores producen la moda rápida que consumimos a un ritmo cada vez mayor. La mayoría nunca gana lo suficiente para salir de la pobreza junto con sus familias.

Pero hay otra manera. Pensemos en Etiko, una marca de moda que ha obtenido una calificación A+ por su producción ética en el Ethical Fashion Report de Baptist World Aid Australia durante los últimos cinco años. Como resultado, la reputación y las ventas de Etiko están creciendo.

La transparencia —en particular, las historias de las personas que fabricaron el producto— puede convencer a los consumidores de que un producto no solo tiene buen aspecto, sino que también contribuye a hacer el bien. Esto es algo que Etiko y muchas otras empresas certificadas por Fairtrade hacen bien.

Y, pese a ser una pequeña empresa familiar, la ropa y el calzado de Etiko se venden al mismo precio que los de muchas grandes marcas. Etiko demuestra «a otras empresas y consumidores que los productos con certificación orgánica y Fairtrade no tienen por qué ser lujos exclusivos de la clase media», afirma Nick Savaidis, fundador y director de la empresa.

Image: fairtrade.net

De tener buen aspecto a hacer el bien

¿Qué significa realmente «hacer el bien» para las personas que están al final de la cadena de suministro?

En esencia, el movimiento Fairtrade promueve alianzas comerciales basadas en el respeto, la equidad y la transparencia. Cultiva relaciones que contribuyen al desarrollo sostenible al garantizar mejores condiciones comerciales para todos: desde los trabajadores de la confección hasta los productores de algodón y café, y desde los agricultores de bananas hasta quienes cosen balones de fútbol.

Pensemos en Highlands Organic Agriculture Cooperative (HOAC), una cooperativa cafetera situada en una zona remota de la provincia de las Tierras Altas Orientales de Papúa Nueva Guinea. Desde que obtuvo la certificación Fairtrade en 2005, este colectivo ha invertido en una serie de proyectos transformadores para mejorar la vida de 60.000 personas de toda la comunidad.

La Prima Fairtrade ha ayudado a HOAC a invertir en herramientas y capacitación que han aumentado su capacidad de producción. Ha crecido la cantidad de café de alta calidad, ha aumentado la productividad y los agricultores han adquirido nuevas habilidades transferibles.

Pero los beneficios de Fairtrade van mucho más allá de los cafetales. Hace poco, HOAC financió un proyecto de abastecimiento de agua para la comunidad local por un valor superior a 65.000 dólares. Se han construido escuelas, las cuotas de participación de las mujeres en la toma de decisiones han mejorado sus vidas y hay programas que apoyan la resiliencia climática a largo plazo. Esta labor contribuye a varios Objetivos de Desarrollo Sostenible: desde combatir la pobreza y el hambre hasta mejorar la igualdad de género y actuar frente al cambio climático.

La historia de HOAC es solo un ejemplo de transformación. Nuestro desafío es reproducirla en toda la región.

Hoy se usa tanto el término «disrupción» que se ha convertido en un cliché, pero en el caso del comercio transparente, es acertado. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, ha dicho que la desigualdad es la mayor amenaza para el crecimiento económico y la estabilidad política, y uno de los «azotes de nuestra época». Toda nación que aspire a un futuro estable y pacífico entiende que el crecimiento inclusivo que saca a las personas de la pobreza es tan importante para los países más ricos como para los más pobres.

Incorporar la transparencia al comercio mundial exige replantearnos radicalmente nuestras prácticas empresariales y los supuestos que las sustentan. Significa abordar las injusticias del comercio convencional, la inestabilidad de los mercados mundiales y los desequilibrios de poder en las relaciones comerciales. Pero es posible.

Fairtrade tiene pruebas que lo demuestran. Esperamos un mundo en el que el comercio transparente no sea disruptivo, sino simplemente lo habitual.

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