Buena parte de las críticas dirigidas hoy contra la globalización se relaciona con la idea de que enriquece a unos pocos y deja atrás a muchas personas.
Una condena tan generalizada, planteada por quienes abogan por abandonar por completo la globalización, pone en riesgo la propia existencia de una agenda internacional.
El aumento del riesgo geopolítico (que se manifiesta en el ascenso de políticos populistas y el brexit) y los persistentes vientos económicos en contra (por ejemplo, el estancamiento de las tasas de crecimiento mundial y el desempleo persistente) hacen que la globalización se encuentre en un momento decisivo.
Sin embargo, según la teoría económica, una forma pura de globalización podría lograr una prosperidad más compartida. En esencia, el problema no es la idea de la globalización en sí, sino que su aplicación no ha llegado lo suficientemente lejos.
Dos fuerzas que debilitan la globalización
La pregunta fundamental en este debate es si realmente se puede poner en práctica un sistema verdaderamente globalizado (con libre circulación del comercio, el capital y la mano de obra).
En este sentido, la respuesta es que establecer una forma pura y más eficaz de globalización será difícil, a menos que los responsables de formular políticas puedan superar dos tendencias que la han debilitado: la miopía y la mentalidad de suma cero.
En cuanto a la miopía, los responsables de formular políticas tienen un punto ciego ante los verdaderos costos y consecuencias que traerán mañana las decisiones políticas que toman hoy. Atados al electorado nacional y al deseo de ganar y conservar el cargo, tienden a adoptar una mentalidad de suma cero: la idea de que, en las decisiones políticas clave y en su aplicación práctica, las naciones se definen como ganadoras o perdedoras.
El devastador impacto de la lucha contra la globalización
Estas dos características no solo enturbian la formulación de políticas, sino que también reducen la eficacia de la agenda de globalización y de la libre circulación del comercio (de bienes y servicios), el capital transfronterizo y la mano de obra.
Consideremos, por ejemplo, las iniciativas comerciales que hoy socavan la globalización: programas proteccionistas de miles de millones de dólares —como la Política Agrícola Común de la UE (unos 60 000 millones de euros al año) y las subvenciones agrícolas de Estados Unidos (alrededor de 20 000 millones de dólares al año)— sostienen a los productores nacionales a expensas de las economías emergentes.
Estas prácticas comerciales injustas no solo son contrarias a los ideales de la globalización, sino que también tienen un efecto devastador en los ingresos y el nivel de vida de los agricultores de América del Sur, África y Asia, que no pueden competir con sus rivales subvencionados de Occidente.
El resultado es una caída drástica de los ingresos comerciales disponibles para invertir en infraestructura, educación y otros bienes públicos tan necesarios. Esto ha frenado el crecimiento en todo el mundo en desarrollo, donde vive más del 80 % de la población mundial.
El proteccionismo va en aumento
En términos más generales, el proteccionismo va en aumento.
Según Global Trade Alert, el G20, encabezado por Estados Unidos, impuso 644 medidas comerciales discriminatorias a otros países en 2015.
Tras el endurecimiento de los controles de capital a los bancos, los flujos transfronterizos de capital han disminuido.
Los préstamos internacionales, medidos por los créditos bancarios transfronterizos del Banco de Pagos Internacionales, han caído casi 2,6 billones de dólares —casi un 10 %— desde 2014.
Además, según el Instituto de Finanzas Internacionales, en 2015 salieron de los mercados emergentes unos 548 000 millones de dólares, la mayor salida desde 1988.
Consecuencias imprevistas
Estas políticas comerciales son miopes porque los responsables de formular políticas parecen ignorar que las políticas comerciales que aplican hoy tendrán enormes costos y consecuencias para sus propias economías en el futuro.
Dicho de otro modo, las políticas comerciales adoptadas hoy en Occidente generan inestabilidad económica y política en otros lugares, y esa incertidumbre prepara el terreno para la próxima ola de migrantes —económicos o políticos— hacia el Occidente desarrollado.
Ya hoy, la migración mundial alcanza su nivel más alto desde que existen registros: aproximadamente 60 millones de personas desplazadas por la guerra o la persecución y más de 750 000 migrantes que llegaron a Europa en 2015.
La crisis migratoria mundial nos demuestra que, en un mundo verdaderamente globalizado, los responsables de formular políticas deben comprender plenamente los efectos de primer orden que tienen las políticas comerciales en la agitación económica y política del resto del mundo.
Pero, igual de importante, los responsables de formular políticas a escala global deben reconocer los efectos de segundo orden y las externalidades que repercuten en sus propias economías en forma de una migración masiva creciente y desordenada.
En última instancia, lo que ocurre aquí tiene consecuencias importantes —y a menudo negativas— en otros lugares. Del mismo modo, lo que ocurre allí seguirá afectando, cada vez más, lo que ocurre aquí.

Hacer que la globalización funcione
Para alcanzar una forma de globalización que pueda tener éxito, se necesita un grado de cambio difícil de poner en marcha. En su forma actual, nadie se responsabiliza del interés económico «global». En cambio, está dirigida por líderes «mundiales» cuyos incentivos dependen de los electorados nacionales y que buscan su apoyo.

Para superar los problemas del interés propio y dar una oportunidad a una globalización real y eficaz, los gobiernos nacionales deben ceder poder y autoridad reales a las instituciones globales. Por supuesto, existen organismos internacionales con el mandato de regir los principios fundamentales de la globalización; por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio se ocupa del comercio y el Fondo Monetario Internacional supervisa los flujos internacionales de capital.
Pero incluso estas instituciones deben rendir cuentas ante los gobiernos nacionales, cuyas agendas políticas prevalecen sobre ellas, por lo que les cuesta aplicar una agenda verdaderamente global que beneficie a todos. Estas autoridades deben poder regular los flujos de capital, mano de obra, bienes y servicios.
Mientras los Estados nación conserven estos poderes, la causa de la globalización seguirá siendo imperfecta y, en última instancia, fracasará.
Por tanto, la globalización debe ser todo o nada.





