La Organización Mundial del Comercio prevé una ligera recuperación del comercio internacional en 2017 y 2018, aunque con muchas incertidumbres.
Históricamente, el volumen del comercio mundial de mercancías ha tendido a crecer entre 1,5 y dos veces más rápido que el PIB mundial. Pero desde 2012, el comercio solo ha crecido a un ritmo igual o inferior al del PIB. En 2016, las 20 mayores navieras del mundo facturaron 120.000 millones de dólares, frente a los 200.000 millones de 2012. La desaceleración de la economía china y de otras economías emergentes, así como la contracción de la inversión en Estados Unidos en los últimos años, pueden explicar parte de esta ralentización, pero no toda. Otros factores tecnológicos y políticos podrían indicar una tendencia antiglobalización a largo plazo. Esto daría lugar a un mundo muy distinto del que conocemos.
En primer lugar, el desarrollo tecnológico está acercando la producción y la fabricación al destino final de los productos: el usuario final. El ejemplo más evidente es la energía. Contamos con nuevas tecnologías para extraer petróleo. Estamos avanzando en las energías renovables para combatir el cambio climático. A medida que mejora la tecnología en estos ámbitos, disminuye la dependencia de los consumidores de energía de Estados Unidos y Europa respecto de terceros países. Como resultado, también se reduce la necesidad de transportar millones de barriles de petróleo (el 55 % del comercio mundial en 1970) y toneladas de carbón.
Gracias a las nuevas técnicas de extracción de petróleo de esquisto, Estados Unidos —el principal consumidor de energía del mundo— está alcanzando la independencia energética en petróleo y gas natural. Esto tiene un gran impacto en el comercio mundial y la geopolítica. Dada su creciente independencia energética, Estados Unidos podría reducir su onerosa función de garante de la seguridad marítima. Gran parte de su interés en desempeñar esta función, que mantiene desde 1945, ha consistido en garantizar el transporte de combustibles fósiles hacia Occidente.
Aún en sus inicios, el impacto del desarrollo de la robótica en el comercio internacional es todavía más relevante. A medida que la Cuarta Revolución Industrial y su proceso de automatización extrema se extiendan por nuestras fábricas, y los robots sean más eficientes y asequibles, lo más probable es que disminuyan prácticas como la deslocalización de la fabricación a lugares con mano de obra barata. ¿Por qué trasladar una fábrica a Vietnam o Polonia si puede permanecer en California o Stuttgart con robots fiables, más precisos, capaces de trabajar las 24 horas del día y menos exigentes que los trabajadores humanos? Millones de empleados de Oriente podrían perder sus empleos en las próximas décadas y ser sustituidos por robots en Occidente.
Los avances en las impresoras 3D podrían hacer pronto posible sustituir las grandes fábricas por otras mucho más pequeñas y cercanas al consumidor, donde el proceso de fabricación se simplifica gracias a la reproducción de modelos. Se producirán otros cambios radicales en la inteligencia artificial y la nanotecnología. Podrían fabricarse nuevos materiales cerca del consumidor para sustituir materiales naturales que deben transportarse desde minas y yacimientos lejanos. Estos cambios se harán más evidentes durante la próxima década y también influirán en el proceso de contratación del comercio. Con menos comercio internacional y menos seguridad marítima, el precio del transporte marítimo podría dispararse.
No obstante, los factores políticos también influyen, como demuestran las últimas elecciones en Europa y Estados Unidos y el Brexit. Hay sectores importantes de la población occidental que sienten que la globalización los ha abandonado.
El proceso de globalización acelerada, que comenzó con la entrada de China en la OMC el 11 de diciembre de 2001, ha sido extremadamente positivo para la humanidad en su conjunto. Este modelo de globalización consiste en deslocalizar la fabricación a países según las diferencias de eficiencia de costes, principalmente los costes laborales. Sacó de la pobreza a miles de millones de personas en Asia, América Latina y África, y permitió que los países en desarrollo crecieran significativamente.
Durante los últimos 17 años, China aumentó su PIB de 1,2 billones de dólares a 11 billones, una muestra de un crecimiento sin precedentes históricos para un país de este tamaño. En India, Vietnam y otros países se produjo un fenómeno similar. Este modelo de globalización también ha impulsado el crecimiento de grandes empresas multinacionales que han podido deslocalizar procesos de producción y aumentar los ingresos de sus directivos y accionistas, así como los de sus empleados y proveedores (incluidas las pymes).
Además, ha sido excelente para los consumidores, ya que ha permitido que todo el mundo acceda a una cantidad ilimitada de productos a precios competitivos. Sin embargo, estos beneficios no se perciben en las comunidades industriales del Medio Oeste estadounidense, en las zonas mineras y metalúrgicas de Liverpool y Manchester, ni en las zonas rurales de Francia que antes estaban industrializadas. Los habitantes de estas comunidades, debidamente adoctrinados, están empezando a formar la columna vertebral de las democracias occidentales. Temen un mundo que sienten que se les escapa. Estas personas reclaman aranceles y proteccionismo. Nos guste o no, los dirigentes de cualquier orientación política deben satisfacer sus demandas imponiendo normas comerciales más estrictas (comercio justo), aplicando aranceles o abandonando determinados acuerdos comerciales, aunque algunos pensemos que esto no devolverá los empleos prometidos.
El comercio internacional de bienes basado en la fabricación deslocalizada obviamente continuará, pero tenderá a crecer por debajo del PIB mundial. Las organizaciones internacionales creadas después de la Segunda Guerra Mundial tendrán que centrarse en los nuevos retos que plantea otra forma de globalización. Estos exigirán respuestas coordinadas a otros problemas, como el cambio climático, la migración, las grandes crisis financieras, la protección de las inversiones y la ciberseguridad.





