Los argumentos tradicionales a favor de los acuerdos multilaterales se basan en la premisa teórica de que el equilibrio del libre mercado es eficiente (Irwin 1996). Esta proposición tiene una larga tradición y se basaba originalmente en el supuesto de que los mercados son perfectamente competitivos, de modo que las empresas no tienen poder de mercado y sus precios relativos reflejan perfectamente sus respectivos costes marginales de producción, lo cual es un requisito clave para la eficiencia asignativa del mercado.
Sin embargo, al reconocerse la relevancia del poder monopolístico, los economistas especializados en comercio se alejaron de la competencia perfecta y adoptaron, en su mayoría (por conveniencia analítica), la competencia monopolística, en la que las empresas obtienen poder de mercado gracias a la diferenciación de productos, incluso en ausencia de interacción estratégica (Costinot y Rodriguez Clare 2014). Para su sorpresa, siguieron concluyendo que el libre comercio es la mejor política comercial multilateral, ya que el equilibrio del libre mercado continúa siendo eficiente y, por tanto, no hay margen para mejorar mediante intervenciones de política la asignación de recursos entre empresas y países (Melitz y Redding 2015). Este sorprendente resultado se mantiene bajo el supuesto (más utilizado) de que los márgenes de las empresas son constantes entre ellas, por lo que los precios relativos siguen reflejando los costes marginales relativos. En consecuencia, la idea original de que el libre comercio permite a los gobiernos alcanzar la eficiencia (sujeta a restricciones), independientemente de las diferencias tecnológicas o geográficas entre países, no cambia fundamentalmente por el hecho de que las empresas tengan poder de mercado.
La pregunta es inevitable: ¿Se sostiene la idea de que el libre comercio multilateral es eficiente en un mundo en el que el poder de mercado y los márgenes varían de forma asimétrica entre las empresas grandes y pequeñas? Nuestro nuevo artículo (Nocco et al. 2019) sostiene que la respuesta es «sí y no». Sí, porque en ese mismo mundo, promover la prosperidad mundial requiere una cooperación multilateral aún más sólida. No, porque en ese mundo el libre comercio, aunque sigue siendo mejor que la autarquía, no es necesariamente eficiente.
El libre comercio no es eficiente cuando el poder de mercado varía entre las empresas
En condiciones de competencia monopolística, el libre comercio es ineficiente si se acepta que las empresas más grandes y productivas pueden cobrar márgenes más altos que las más pequeñas y menos productivas. Esto es un efecto secundario de la segunda ley de la demanda de Marshall (MSLD), según la cual la demanda se vuelve más inelástica a medida que aumenta el consumo, una propiedad atractiva tanto desde el punto de vista teórico como empírico (Mrazova y Neary 2013, Mayer et al. 2016). Cuando se cumple la MSLD, las empresas más productivas no trasladan plenamente su ventaja de costes a los precios, de modo que la relación entre sus precios y los de las empresas menos productivas es mayor que la relación entre sus respectivos costes marginales (Melitz y Ottaviano 2008). Por tanto, se vulnera la eficiencia asignativa: en su búsqueda de rentas monopolísticas, las empresas más productivas aceptan dejar a las menos productivas una cuota de mercado mayor que la óptima. Como resultado, una cantidad de recursos productivos superior a la óptima queda «atrapada» en usos de baja productividad.
Esta asignación ineficiente de recursos es más intensa cuando la competencia es menos fuerte. Esto se desprende directamente de las medidas más avanzadas de la intensidad de la competencia. Tomemos, por ejemplo, el «indicador de Boone», definido como la elasticidad de los beneficios con respecto al coste marginal en un mercado determinado (Boone 2008). Cuando se cumple la MSLD, el indicador de Boone es negativo siempre que las empresas con menores costes sean más rentables. Al aumentar la rentabilidad de las empresas con menores costes en relación con las de costes más altos, una competencia más intensa reduce el indicador de Boone (es decir, aumenta su valor absoluto), lo que conduce a una asignación más eficiente de los recursos entre las empresas con costes más altos y más bajos. Esto implica que la ineficiencia del libre comercio es más pronunciada en los países con mercados internos menos competitivos. Se trata de países con mercados nacionales más pequeños, un estado de la tecnología menos avanzado, reflejado en mayores costes de innovación y producción, y una situación geográfica menos favorable, por su mayor proximidad a otros socios comerciales. A estos países los llamamos «desfavorecidos».
Si las diferencias en el tamaño del mercado, la tecnología y la geografía son grandes (pequeñas), la desigualdad de bienestar entre los países desfavorecidos y los favorecidos es ineficientemente grande (pequeña) con el libre comercio. En particular, mostramos que el libre mercado es menos selectivo de lo óptimo, por lo que el número de productores en cada país y el de bienes vendidos localmente son demasiado elevados. Esto también se aplica a las exportaciones, especialmente en los países desfavorecidos, ya que son los menos eficientes. Además, el libre mercado ofrece una combinación de productos con menos variedades de bajo coste de las que serían óptimas. Esta ineficiencia del libre comercio se ve agravada por niveles de consumo excesivos de bienes producidos en lugares lejanos, en comparación con los bienes producidos cerca o localmente. Como los países desfavorecidos están más alejados de sus socios comerciales, esta ineficiencia es más pronunciada en su caso.
Se necesita una cooperación multilateral más sólida cuando el poder de mercado varía entre las empresas
Estos hallazgos implican que la cooperación multilateral puede mejorar el resultado del libre mercado. Sin embargo, las políticas multilaterales eficientes son bastante complejas, pues se necesitan instrumentos específicos para cada empresa y ubicación para aumentar (reducir) las ventas de las empresas de bajo (alto) coste a todos los países, pero especialmente a los desfavorecidos, y reducir la entrada de empresas en todos los países, pero sobre todo en los desfavorecidos. En concreto, se necesitan dos tipos de instrumentos de política. Se requieren subsidios (impuestos) o aranceles por unidad acordados multilateralmente para promover (restringir) las ventas de las empresas de bajo (alto) coste, especialmente las ubicadas en la periferia de la red comercial. Al mismo tiempo, hacen falta impuestos de suma fija sobre los beneficios, acordados multilateralmente, para desincentivar la entrada excesiva de empresas cuando se introducen subsidios, en particular en los países desfavorecidos. Curiosamente, la intervención de política multilateral puede mejorar el resultado del libre comercio incluso cuando no se dispone de esos instrumentos precisos, como suele ocurrir, por ejemplo, cuando un país solo puede aplicar un subsidio comercial por unidad común a todas las empresas que venden en su mercado y un impuesto de suma fija sobre los beneficios común a todos sus productores.
En cualquier caso, se necesitan con urgencia acuerdos multilaterales vinculantes, ya que los países suelen tener incentivos para apartarse unilateralmente de las políticas multilaterales eficientes con el fin de mejorar sus términos de intercambio (Bagwell et al. 2016). Por un lado, cada país tiene incentivos para introducir un impuesto de suma fija sobre los beneficios con el fin de reducir el número de sus productores y permitirles exportar a precios de monopolio. Este impuesto es más alto en los países favorecidos. Por otro lado, cada país también tiene incentivos para utilizar subsidios por unidad a fin de inducir la fijación de precios según el coste marginal en las importaciones y las ventas nacionales. El subsidio medio es más alto en los países desfavorecidos.
Observaciones finales
Que el libre comercio sea la política comercial multilateral eficiente es un principio fundamental de la economía internacional. Esta conclusión podría no sostenerse en un mundo en el que el poder de mercado sea asimétrico entre las empresas grandes y pequeñas. Sin embargo, en ese mundo existen políticas multilaterales que, al tener en cuenta la geografía, el tamaño del mercado y la tecnología de los socios comerciales, pueden aumentar el bienestar mundial con respecto al resultado del libre comercio. Estas políticas promueven las ventas de las empresas de bajo coste y reducen las de las empresas de alto coste, en particular en los países desfavorecidos. Parafraseando la famosa ocurrencia de Paul Krugman (Krugman 1987), aunque el libre comercio es una idea que ha perdido irremediablemente su inocencia al pasar de ser una solución óptima a una regla práctica razonable, no puede decirse lo mismo del multilateralismo.
Nota de los autores: Las opiniones expresadas aquí son las de los autores y no representan en modo alguno a la Comisión Europea.





