La regulación del comercio internacional está bajo el foco como nunca antes. Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, una negociación conflictiva del Brexit, la reformulación del TLCAN y el estancamiento de la Organización Mundial del Comercio (OMC) ponen de relieve los desafíos actuales y la importancia de la regulación jurídica para mantener en marcha el comercio y la inversión mundiales.
Sin marcos jurídicos acordados, se impone la ley del más fuerte: los países más poderosos aprovechan su posición para favorecerse a costa de los demás. Por desgracia, nos encaminamos en esa dirección. El inesperado retorno del mercantilismo —en particular en Estados Unidos bajo la presidencia de Trump— se basa en la premisa falsa de que un país solo puede obtener beneficios económicos a expensas de otro. Según esta idea, todo acuerdo tiene un ganador y un perdedor, y nada puede beneficiar a ambas partes.
El uso de los aranceles como arma y el empeño por eliminar los déficits comerciales de cada país se basan en teorías desacreditadas hace mucho tiempo, anteriores a la globalización y a la banca central moderna. Entre ellas figuran las premisas de que la riqueza y el crecimiento disponibles en el mundo son limitados y de que el Estado nación es la mejor unidad para organizar la actividad económica y arrebatar a otros países una porción mayor de este pastel fijo.
Esto es absurdo, pero no por ello menos peligroso. Si los países dejan de respetar un marco regulatorio acordado para el comercio, no habrá un sistema internacional operativo que rija una economía mundial que durante décadas ha crecido gracias a la globalización y a un enfoque multilateral del comercio. Este último se ha sustentado en un marco normativo de la OMC que establece que, si se ofrece algo a un país, debe ofrecerse a todos.
La idea de que es problema de China que Estados Unidos compre más productos chinos de los que vende es tan desacertada como la premisa de que la UE tiene la culpa de vender más coches en Estados Unidos de los que los fabricantes estadounidenses venden en la UE. Examinar los déficits de cada país carece de sentido. Parafraseando a un economista: tengo un déficit terrible con mi peluquero; le doy dinero cada pocas semanas y él nunca me ha dado ni una moneda. Parte del debate sobre el Brexit es igual de simplista, y varios políticos británicos hacen afirmaciones objetivamente incorrectas sobre las normas de la OMC.
Todas las pruebas apuntan a que algunos líderes mundiales no han entendido la función del comercio y de la OMC. Ignoran las normas, para su propio perjuicio y en detrimento de toda la economía mundial. Un gobierno que se equivoque en esto puede hundir su economía. Cuesta sostener que ahora sea un buen momento para invertir si no se sabe si se aplicarán aranceles a las importaciones o exportaciones, qué tasas tendrán ni a qué productos afectarán.
En un sentido más positivo, las nuevas normas de control de la inversión extranjera propuestas o aplicadas en Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, la UE y otros lugares son, en general, una evolución positiva, aunque a veces se las agrupe erróneamente con las barreras arancelarias como políticas proteccionistas. Es posible que algunas economías hayan estado más abiertas de lo debido a la inversión estratégica de terceros países.
Contar con normas sensatas que atiendan no solo a las preocupaciones de seguridad nacional, sino que también regulen las condiciones en las que terceros países pueden comprar activos estratégicos y tecnológicos, protege tanto los principios del libre mercado como a cada Estado nación. El acceso recíproco a los mercados también es necesario para garantizar condiciones equitativas.
Nuestro reciente Global Transactions Forecast con Oxford Economics muestra por qué es importante contar con un marco normativo operativo que rija el comercio mundial. Predecimos que una guerra comercial mundial reduciría en un tercio la actividad transaccional mundial y eliminaría acuerdos por valor de 1 billón de dólares. Es una perspectiva aleccionadora que todos debemos tomar en serio.







