China, Estados Unidos y comercio: ¿qué viene ahora?

A ship is loaded with containers at Sydney's Port Botany container terminal March 4, 2013. Australia's trade deficit shrank by much more than expected in February to its smallest in 14 months thanks to higher prices for resource exports, a likely boost to profits and incomes that also gave the local dollar a lift. Wednesday's figures from the Australian Bureau of Statistics showed exports climbed 3.3 percent overall to a seasonally adjusted A$25.64 billion, the highest total in eight months. Earnings from farm goods, coal, metals and iron ore all increase in the month thanks in part to rising prices. Picture taken March 4, 2013. REUTERS/David Gray (AUSTRALIA - Tags: BUSINESS) - RTXY7G5
A trade war between China and the US can only do economic damage to both countries.Image: REUTERS/David Gray
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China exporta más a Estados Unidos de lo que Estados Unidos exporta a China. Esto enfurece al presidente estadounidense Donald Trump, hasta el punto de que podría estar dispuesto a iniciar una guerra comercial por ello.

Trump ha lanzado duras amenazas proteccionistas contra China. Mientras intenta consolidar su presidencia, es poco probable que se retracte. Además, dado que el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China se celebrará en Pekín en noviembre, es improbable que los dirigentes chinos cedan ante la presión de Estados Unidos.

Sin duda, una guerra comercial perjudicaría a ambas partes. Pero hay motivos para creer que Estados Unidos tiene más que perder. En todo caso, los chinos parecen saber exactamente con qué armas cuentan.

China podría dejar de comprar aviones estadounidenses, imponer un embargo a los productos de soja de Estados Unidos y deshacerse de bonos del Tesoro estadounidense y otros activos financieros. Las empresas chinas podrían reducir su demanda de servicios empresariales estadounidenses, y el Gobierno podría persuadir a las compañías para que no compren productos estadounidenses. Hoy en día, China genera la mayor parte de las ventas anuales de numerosas empresas de Fortune 500, y estas ya se sienten cada vez menos bienvenidas.

Además de ser el segundo socio comercial más importante de Estados Unidos, China es su principal proveedora de empleo. Por tanto, una guerra comercial podría costarle a Estados Unidos millones de puestos de trabajo. Si China cambiara Boeing por Airbus, por ejemplo, Estados Unidos perdería unos 179.000 empleos. La reducción de los servicios empresariales estadounidenses costaría otros 85.000 puestos. Las regiones productoras de soja —por ejemplo, en Misuri y Misisipi— podrían perder alrededor del 10 % de los empleos locales si China suspendiera las importaciones.

Además, aunque Estados Unidos exporta menos a China que a la inversa, China controla componentes clave de las cadenas de suministro y las redes de producción mundiales. Pensemos en el iPhone. Aunque China aporta solo el 4 % del valor añadido, suministra a Apple los componentes básicos a bajo precio. Apple no puede fabricar un iPhone desde cero en Estados Unidos, por lo que tendría que buscar proveedores alternativos, lo que elevaría considerablemente sus costes de producción. Esto daría a las empresas chinas de teléfonos inteligentes la oportunidad de arrebatar cuota de mercado a los principales competidores.

Hoy, el 80 % del comercio mundial corresponde a cadenas de suministro internacionales. La reducción de los costes comerciales ha permitido a las empresas dividir geográficamente sus líneas de producción, procesando los productos y añadiéndoles valor en varios países a lo largo de la cadena. Si China echara arena en los engranajes de estas cadenas, podría interrumpir redes de producción enteras y causar graves daños a Estados Unidos (y, de hecho, a todos los países que participan en esas redes).

Una guerra comercial cada vez más intensa, en la que ambas partes levantaran barreras simétricas a las importaciones, avivaría las presiones inflacionistas en Estados Unidos y podría llevar a la Reserva Federal a subir los tipos de interés más y más rápido de lo que lo haría en otras circunstancias. Eso, junto con unas perspectivas de crecimiento más débiles, deprimirá los mercados de renta variable; la caída del empleo y de los ingresos de los hogares podría provocar una pérdida considerable del PIB tanto en Estados Unidos como en China.

Sin embargo, un escenario más probable es que ambos países inicien disputas en sectores específicos, en particular en industrias manufactureras tradicionales como la producción de hierro y acero. Mientras tanto, Trump seguirá acusando a China de manipular su tipo de cambio, haciendo caso omiso de la reciente presión bajista sobre el renminbi (que indica que la moneda estaba, en realidad, sobrevalorada), por no mencionar el simple hecho de que muchos gobiernos intervienen para gestionar sus tipos de cambio.

Japón y Suiza han intervenido directamente en los mercados de divisas en los últimos años, y es muy posible que Estados Unidos se sume a ellos cuando el efecto del dólar fuerte sobre la competitividad de sus exportaciones se vuelva insostenible. En cualquier caso, es probable que China tenga que olvidarse de obtener el «estatus de economía de mercado» conforme a las normas de la Organización Mundial del Comercio hasta que Trump deje la Casa Blanca.

La confrontación comercial entre Estados Unidos y China también afectará a los flujos de inversión bilaterales. Estados Unidos podría invocar motivos de seguridad nacional para bloquear las inversiones chinas. También podría dejar de realizar compras gubernamentales a empresas chinas como Huawei y obligar a empresas e individuos adinerados chinos a reducir las inversiones que hasta ahora han sostenido los precios de los activos estadounidenses.

Un tratado bilateral de inversión de alta calidad entre Estados Unidos y China establecería condiciones equitativas para las empresas estadounidenses y les daría un mejor acceso al gran mercado chino. Pero esas negociaciones se aplazarán inevitablemente, mientras se reavivarán las disputas sobre los derechos de propiedad intelectual y la ciberseguridad.

Por ahora, los dirigentes chinos parecen convencidos de que tienen pocos motivos para ceder ante la presión estadounidense. Por un lado, Trump parece más preocupado por otras prioridades, como derogar la Ley de Atención Médica Asequible de Estados Unidos, reformar el sistema tributario e invertir en infraestructura.

Los dirigentes chinos suponen que, aunque estalle una guerra comercial, probablemente no se prolongará mucho, dadas las pérdidas de ingresos y empleos que sufrirían ambas partes. En cualquier caso, no tienen intención de dar muestras de debilidad ante un líder tan empeñado en poner a prueba los límites de los demás.

Durante los últimos cinco años, China ha intentado establecer un modelo de crecimiento menos dependiente de las exportaciones y más basado en el consumo interno. Pero China suele necesitar una crisis o una conmoción externa para impulsar las reformas. Quizá Trump sea esa conmoción. Aunque sus políticas perjudicarán a China a corto plazo, también podrían darle el impulso que necesita para dejar de subvencionar las exportaciones y perpetuar las distorsiones de su economía interna. Si eso ocurre, China podría salir de la era Trump en realidad mejor que antes.

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