De las preocupaciones por la luz azul a la tensión digital y la sequedad, los titulares de hoy suelen preocuparse por cómo los teléfonos inteligentes y las pantallas de ordenador podrían estar afectando a la salud de nuestros ojos. Pero, aunque la tecnología sea nueva, esta preocupación definitivamente no lo es. Desde la época victoriana, la gente se ha preocupado por cómo las nuevas innovaciones podrían dañar la vista.
En el siglo XIX, el auge de la impresión masiva fue tanto culpado de un aumento de los problemas oculares como responsable de poner en evidencia la falibilidad de la vista. A medida que aumentaban los problemas oculares conocidos, los victorianos predijeron que, sin los cuidados y la atención adecuados, la población de Gran Bretaña acabaría quedándose ciega. En 1884, un artículo del periódico The Morning Post propuso lo siguiente:
La cultura de los ojos y los esfuerzos por mejorar la facultad de ver deben convertirse en asuntos de atenta consideración y práctica, a menos que el deterioro continúe y las generaciones futuras tengan que recorrer el mundo medio ciegas.
El siglo XIX fue la época en que la oftalmología se convirtió en un campo más destacado de la atención sanitaria. Se introdujeron nuevas tecnologías de diagnóstico, como las tablas optométricas y las gafas se convirtieron en un método de tratamiento más viable para una serie de errores de visión. Pero, aunque se trataban de forma eficaz más problemas de visión, este mismo aumento generó alarma y, posteriormente, la percepción de la necesidad de frenar cualquier crecimiento.
En 1889, The Illustrated London News se preguntaba:
¿A dónde nos dirigimos? … Ahora los hombres de ciencia nos informan de que los ojos que tan eficazmente usaron nuestros antepasados no bastarán para nosotros, y de que existe la posibilidad de que Inglaterra se quede ciega.
El artículo continuaba considerando las posibles causas de esta aceleración y concluía que podía explicarse en parte por la evolución y la herencia.
Miopía urbana
Otros comentaristas buscaron la explicación en la “vida moderna” y atribuyeron el llamado “deterioro de la vista” al entorno construido, al auge de la imprenta, a la educación obligatoria y a una serie de nuevas innovaciones, como la máquina de vapor. En 1892, un artículo publicado en The Nineteenth Century: A Monthly Review reflexionaba sobre que los cambios en el espacio de las ciudades victorianas y en las condiciones de iluminación eran un “beneficio incalculable” que debía contraponerse a un “promedio de visión decididamente inferior”. Asimismo, varios otros periódicos informaron sobre este fenómeno, titulándolo “miopía urbana”.
En 1898, un reportaje publicado en The Scottish Review –irónicamente titulado “Las jactancias del progreso moderno”– propuso que la deficiencia visual era “exclusivamente la consecuencia de las condiciones actuales de la vida civilizada”. Destacaba que muchos avances que se debatían en el contexto del “progreso” –entre ellos la prosperidad material, la expansión de la industria y el auge del comercio– tenían un efecto perjudicial sobre el sistema nervioso y la salud visual del organismo.

Otra preocupación de la época –el sedentarismo – también se relacionó con el aumento de los problemas oculares. Las mejores conexiones de transporte y las nuevas actividades de ocio que exigían permanecer sentado hacían que la gente tuviera más tiempo para leer. El trabajo también cambió: los empleos de clase baja se alejaban del trabajo manual y se creía que la palabra escrita había desplazado a la hablada. Mientras que hoy nos centramos en el “tiempo de pantalla”, los periódicos y las publicaciones periódicas destacaban los efectos negativos de la “era de la lectura” (la difusión del libro y de la imprenta popular).
La educación, culpable
De manera similar a lo que ocurre hoy, también se culpó a las escuelas del problema. Los materiales de lectura, las condiciones de iluminación, el espacio de los pupitres y la llegada de la educación obligatoria se relacionaron todos con el aumento de las afecciones diagnosticadas. El oftalmólogo inglés Robert Brudenell Carter, en su estudio patrocinado por el gobierno, Eyesight in Schools, llegó a la conclusión equilibrada de que, aunque las condiciones escolares podían ser un problema, se necesitaban más estadísticas para evaluar plenamente la situación. Aunque Carter no deseaba “desempeñar el papel de alarmista”, varias publicaciones periódicas dramatizaron su cobertura con frases como “Los males de nuestro sistema escolar”.
El problema de todas estas nuevas condiciones ambientales era que se consideraban “artificiales”. Para subrayar este punto, los médicos comparaban con frecuencia sus hallazgos sobre la mala salud ocular con la visión superior de los “salvajes” y con el efecto del cautiverio en la vista de los animales. Esto, a su vez, dio una interpretación más negativa de la relación entre la civilización y el “progreso”, y las conclusiones se usaron para respaldar la idea de que el deterioro de la vista era un acompañamiento del entorno urbano y de las actividades de ocio modernas, características específicas del mundo occidental.
Y, sin embargo, los victorianos no se desanimaron y siguieron con el mismo progreso moderno al que culpaban de los problemas de visión. En cambio, se desarrolló una nueva protección ocular que buscaba proteger el ojo del polvo y de las partículas volantes, así como de las luces intensas de los balnearios costeros y de la iluminación artificial del hogar.
A pesar de sus temores, el país no se volvió “ciego”. Tampoco Gran Bretaña es hoy una “isla llena de ratones de biblioteca encorvados y de ojos legañosos”, como se predijo. Aunque las noticias de hoy tienden a basarse en investigaciones más rigurosas cuando se trata del tiempo de pantalla y la salud ocular, todo ello demuestra que la “modernidad” lleva mucho tiempo siendo motivo de preocupación.


